El ciempiés humano

Por Rubén Sánchez Trigos.

Un joven espectador de 2010 que acceda por primera vez a La matanza de Texas original de 1973, alentado por la aureola más o menos mítica que sitúa este film entre los precursores más impactantes del gore cinematográfico, quedará justamente defraudado. La película de Tobe Hooper es un típico American Gothic sorprendentemente bien rodado, que dosifica sus golpes de efecto con mano maestra, y cuya fuerza –a mí parecer, aún hoy intacta- proviene de lo ajustado de su planificación y de lo cuidado de sus efectos sonoros, antes que de la visualización sin coartadas de casquería y horrores varios. De hecho, no aparece ni una sola gota de sangre en todo su metraje. ¿Cuesta creerlo, verdad? Hoy Leatherface se ha reciclado en el imaginario popular de todos como el matarife por excelencia, alguien a quien se asocia por igual con una motosierra y una máscara de piel humana que con una generosa ración de vísceras. En otras palabras: son las casas del terror de los parques de atracciones contemporáneos las que ofrecen a sus visitantes lo que la película original de Hooper sólo insinúa.

Una secuencia en particular escenifica de manera bastante diáfana lo que acabo de exponer: me refiero al instante en que Leatherface se dispone a colgar a una de sus víctimas de un gancho en la sala de despiece, utilizando para ello el cuello de la desdichada, exactamente igual que haría un matarife con, pongamos, una pieza porcina. El momento en que finalmente se consuma la acción es estremecedor –Hooper lo filma en un primer plano de la joven, emplazamiento imitado hasta la saciedad a partir de entonces-; ahora bien, infinitamente más macabro resulta el encuadre que lo precede: el gancho en primer término, Leatherface y su víctima al fondo, enfrascados en un forcejeo que permite alargar el plano más de lo que el espectador de 1973 estaba dispuesto a soportar. Los segundos corren, la cámara no se mueve ni nos escatima la visión del gancho y su futura víctima, y uno especula sin remedio con lo que está a punto de contemplar… siempre y cuando mantenga usted los ojos abiertos, parece decirnos el cineasta. En esta composición podría resumirse gran parte del mejor cine de terror moderno: lo terrible no es lo que el público ve, sino lo que podría ver. No es la acción, sino la amenaza de la misma.

En el último año, una producción alemana, El ciempiés humano, dirigida por el hasta ahora desconocido Tom Six, ha jugado sus cartas de una forma más o menos parecida a La matanza de Texas. El título narra los avatares de un viejo doctor nazi empeñado en concluir su experimento: la consecución de un ciempiés humano fruto de la unión de tres personas –dos mujeres y un hombre-, ligadas entre sí mediante la operación de sus rectos y sus bocas. Su trailer, hábilmente montado, por cierto, ha convertido la película en una de esos acontecimientos de los que todo el mundo habla y muy pocos han visto. Una cult-movie prematura.

Situémonos: donde en 1973 había cines de barrio y salas cuasi independientes, ponga ahora festivales como Austin o Screamfest, y el lugar que ocupaba la calle y los cine-fórums remplácelo por foros y páginas de aficionados en Internet. Por lo demás, el mecanismo es el mismo: excitar al respetable con la promesa del último tabú, y a la hora de la verdad… mostrarle sólo lo justo y confiar en que su mente haga el resto. La película de Six y la de Hooper comparten, así, idéntico discurso y muy parecida estrategia: la cosificación del cuerpo humano y su profanación de un modo que se diría primitivo. Lo macabro no es que se despedace o mutile a seres humanos, sino que en el proceso se los equipare con ejemplares animales: material de carnicería en una película, simples cobayas en otra. La confirmación de que, en realidad, nunca fuimos otra cosa que carne lista para ser aprovechada, y de que basta una mínima perturbación en el orden social para hacerlo efectivo, el hombre degradado al más bajo escalón de la cadena alimenticia.

La película de Six tiene, en consecuencia, su propia escena del gancho: aquella en la que el personaje condenado a ser cabeza de ciempiés no tiene más remedio que defecar… por supuesto, en la boca de la mujer cosida a su ano. Durante gran parte del metraje, al espectador se le estimula con la amenaza de que esto es inevitable. Cuando por fin llega el momento, Six, inteligentemente, decide dejar a la imaginación lo más suculento de la escena. Un par de primeros planos de los implicados es suficiente. Si en la película de Hooper la sangre es figurada, aquí lo son todos los fluidos. Lo que quiere decir que en la confrontación entre lo mostrado y lo ocultado, lo segundo siempre sale ganando, pero necesita de lo primero para su efectividad. En otras palabras: gracias a que El ciempiés humano dedica todo su primer acto y parte del segundo a exponer los repugnantes pormenores de su experimento, el espectador está preparado para recrearlo en su mente.

Es probable que dentro de tres décadas un joven aficionado al cine de terror quiera descubrir aquel título de Tom Six del que se dice que ayudó a redefinir el gore en 2010, un argumento delirante sobre operaciones y defecaciones imposibles. Y es probable, también, que su visionado comporte la más sincera de las decepciones. Es lo mismo; siempre podrá acudir a la casa de terror más cercana y, al llegar a la sala del ciempiés, contemplar con sus propios ojos los horrores que aquella vieja película alemana sólo sugería.

Rubén Sánchez Trigos es profesor e investigador en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos. Especializado en cine y literatura fantástica, en 2009 apareció su primera novela, Los huéspedes (Finalista Premio Drakul), un thriller de terror en un ambiente urbano.

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