Jeff Buckley, un alma en lo más profundo del río

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Por Diego Puicercús.
La vida eterna sigue mis pasos / Ya tengo mi ataúd rojo brillante / Sólo necesito un último clavo” cantaba Jeff Buckley en “Eternal life”. Su alma atormentada, una muerte prematura, apenas 14 canciones grabadas repartidas en un álbum y un EP en directo y una voz capaz de clavarse directamente en el corazón fueron suficiente para que surgiera el último mito del siglo XX. Hijo de Tim Buckley (cantautor folk que obtuvo bastante éxito a finales de los 60 y principios de los 70 muerto por sobredosis a los 28 años) su infancia transcurrió viajando por el condado de Orange acompañando a su madre, una cellista y pianista clásica. A los 18 se instaló en Los Ángeles y allí formó parte de varias bandas y trabajó como músico de sesión, pero sentía que bajo el sol de California no estaba su lugar en el mundo y decidió cambiar de costa.

Se traslado a Nueva York en 1990 y al año siguiente se estrenó como solista en un concierto homenaje a su padre junto a Gary Lucas, un guitarrista experimental con el que colaboraría durante un par de años (las canciones que escribieron juntos aparecerían en el disco Song to no one acreditado a ambos artistas) y que influiría decisivamente en su sonido. Aunque cada uno siguió por su camino, dos de los temas que compusieron aparecieron en 1994 en Grace (“Grace” y “Mojo pin”) el único disco grande que vio publicado en vida. Pronto empezó a cantar en pequeños garitos, pero sobre todo en el Café Sin-é de Greenwich Village desde donde logró llamar la atención de los ejecutivos de Columbia, con los que en 1993 publicó un EP con el nombre del local y un año después el ya mencionado Grace. El éxito, aunque no inmediato, fue total y, tras años peleando por ser algo más que el hijo de Tim, había conseguido, no solo grabar el mejor álbum debut de la década, si no también una de las grandes obras de todos los tiempos.

Grace le dio fama, reconocimiento y prestigio, pero además hizo que se embarcara en una interminable gira por todo el mundo durante cerca de dos años. Su carácter introvertido y melancólico, unido a la presión, hizo que sintiese que empezaba a faltarle el aire y necesitara un respiro. Tal vez por eso se entienda que en el otoño de 1996, mientras con su banda iba escribiendo temas y grabando maquetas para el que debería ser su segundo disco, decidiera emprender el solo una gira por clubes que argumentó así en una nota colgada en su web: “Hubo una época en mi vida no hace mucho tiempo en la que podía llegar a un café y simplemente hacer lo que quería, tocar música, aprender tocando, explorar lo que ello significa para mí, esto es, divertirme cuando aburro y/o entretengo a una audiencia que no me conoce o que no sabe a qué me dedico. En esta situación me puedo permitir el precioso e irremplazable lujo de equivocarme, de arriesgarme, de rendirme. He trabajado muy duro para conseguir todo esto, este entorno donde trabajar. Lo amaba y ahora que lo he perdido lo echo de menos. Lo único que estoy haciendo es reclamarlo”.

Esas actuaciones las hizo bajo diversos seudónimos como Father Demo, Topless America, Smackcrobiotic, The Halfspeeds, Crackrobats o Martha and the Nicotines, e interpretó, además de sus temas más famosos, alguna que otra versión y las canciones que en ese mismo momento estaba grabando con su banda en un estudio de Manhattan. Conocido como Phantom Solo Tour se desarrolló por pequeños locales del medio este americano desde principios de diciembre de 1996 hasta el 4 de febrero del siguiente año que finalizó en el neoyorquino The Knitting Factory. Cinco días después (esta vez acompañado de Mick Grondahl y Parker Kindred que esa noche debutaba junto a él a la batería), sin siquiera imaginarlo, se subía por última vez en el “Arlene Grocery” a un escenario de la ciudad en la que musicalmente había nacido, esa que eligió para alcanzar desde ella la inmortalidad.

Como estaba interesado en grabar en los estudios Easley McCain, a mediados de febrero se instaló en Memphis con Grondahl y Kindred para continuar con la grabación del disco. Su idea era ir trabajando las nuevas canciones en directo junto al grupo, pero tras las primeras sesiones (y como seguía sin encontrar el camino) les mandó de vuelta a Nueva York y continuó trabajando en las maquetas junto al productor Tom Verlaine. Cada lunes iba a tocar a un local que había en los muelles llamado Barrister´s Club y allí probaba ante el público los temas y las distintas ideas que iban surgiendo a lo largo de la semana. Los progresos se los enviaba a la banda para que fuesen conociendo el material y preparándose para cuando tuviesen que volver a la capital del delta para continuar la grabación… Y así pasó los tres meses siguientes…

La tarde del 29 de mayo de 1997 la banda había aterrizado en Memphis para reanudar las sesiones de su segundo disco de estudio, que en principio iba a llamarse My sweetheart the drunk y del que no llegaron a completar ni un solo tema. Cuando el sol empezaba ponerse se acercó paseando junto a un amigo a las orillas del rió Wolf (un afluente del Missisipi a su paso por Memphis) sentándose luego allí a tocar la guitarra y escuchar música. De repente, mientras sonaba el “Whole lotta love” de Led Zeppelin, Jeff se levantó y se lanzó al agua totalmente vestido, cosa que no sorprendió a su acompañante por que lo había hecho en otras ocasiones. Mientras nadaba una lancha que pasaba cerca levantó un poco de oleaje y su amigo reaccionó girándose para que no se mojara el radiocasete. Cuando unos segundos después volvió a mirar otra vez hacia el río su cuerpo había desaparecido.

Enseguida dio la voz de alarma y se inició la búsqueda con barcas y submarinistas. Durante los cinco días que tardó en aparece el cadáver se dispararon los rumores sobre las causas reales de su muerte (que había desaparecido al estilo de Richey Edwards por ser incapaz de aguantar la presión, que se había suicidado, que había huido al darse cuenta que el material que tenia no estaba a la altura de su anterior trabajo…) favorecidos por esa imagen atormentada que el propio cantante desprendía. Todo terminó cuando un turista divisó desde uno de los típicos barcos que recorren el río un cuerpo flotando desnudo al final de Beale Street (la legendaria cuna del blues). En su autopsia se comprobó que no había tomado ningún tipo de drogas y que el alcohol consumido en ningún caso era causa directa o indirecta del fallecimiento. Fue simplemente eso, un lamentable accidente en el que la desgracia y la mala suerte se aliaron para arrebatarnos al mayor talento musical surgido de Nueva York desde la Velvet Underground.

El alma de Jeff Buckley sigue descansando en el fondo del río y sus canciones, que parecían buscar su razón de ser en esas oscuras aguas, hoy están tan vivas como su recuerdo. En una época en la que las guitarras del grunge se convirtieron en la banda sonora de la angustia juvenil, consiguió con su imagen frágil y sensible, y sus delicadas melodías, ser la alternativa emocional para toda una generación. Un solo disco, una sola punzada en el corazón, una sola avalancha de sentimientos, una única descarga incontrolada de emociones… Y después la vida eterna…

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