El canto del cisne de los hermanos Allman

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Por Diego Puicercús.
A finales de los 60 la resaca de la psicodelia hizo que en Estados Unidos se produjera un retorno a las raíces que provocó que por un lado apareciera el country-rock, y por otro se recuperara el patriotismo del sur gracias al llamado rock sureño. Y si la gran figura del primer grupo fue Gram Parsons, dentro del segundo destacaron sobre manera los Allman Brothers (aunque gente como Lynyrd Skynyrd, gracias a su polémica con Neil Young, tuvieron más repercusión mediática).

Los hermanos Allman comenzaron tocando con diversos nombres y formaciones curtiéndose a base de actuar en todos los clubes del sur profundo, llegando incluso a grabar un par de discos. El fracaso de estas aventuras llevaron a Duane a empezar a colaborar como músico de sesión con gente como Wilson Pickett, Percy Sledge, Chet Atkins o la mismísima Aretha Franklin, lo que le permitió conseguir contactos dentro de la industria. Decidió entonces que era en momento de poner en marcha un nuevo proyecto junto a su hermano Gregg (órgano y voz) y al que incorporaron a Dickey Betts (segunda guitarra), Berry Oakley (bajo), Butch Trucks y Jaimoe Jai Johanny (ambos a la batería) con la idea de mezclar el blues, el country y el rock sin perder de vista géneros como el jazz o el soul. Es decir meter toda la música americana dentro de una coctelera con el objetivo fundamental del lucimiento de Duane.

Sus dos primeros trabajos (The Allman Brothers Band de 1969 y Idlewild South de 1970), si bien comercialmente no triunfaron, son dos discos sensacionales repletos de blues y rock en los que empiezan a destacar la magnífica interactuación guitarrera que se crea entre Duane y Dickey y que alcanzaría su punto álgido en su tercer disco. Los días 12 y 13 de marzo de 1971 se grabó en el “Fillmore East” de Nueva York el que probablemente sea el mejor disco en directo de la historia. Fueron en total cuatro conciertos a razón de dos pases diarios a las 20:00 y a la 23:30 y, si lo que se vivió allí es tan solo la mitad de lo que se puede percibir en la grabación, aquellos que tuvieron la fortuna de estar presentes todavía tienen que estar recordándolos.

Para el resto de los mortales está el doble álbum y la imaginación para colarse entre el público para tratar de rememorar uno de los momentos más mágicos que nos ha dejado el rock. El duelo de guitarras logra que la habilidad para la improvisación alcance tal perfección que parece que existiera entre ambos una conexión casi telepática. Desde la versión inicial de “Statesboro blues” del genial Willie McTell, al “Whipping post” que se alarga hasta los cerca de 23 minutos nos ofrecen una descarga de emociones tal, que resulta difícil imaginar como pudieron lograr esa fuerza, garra, dureza e intensidad y registrarla para que, después de tanto tiempo, siga ejerciendo ese poder de atracción entre gente de distinta edad, formación y gustos musicales. Gran parte de la culpa la tuvo el productor Tom Dowd ya que, al margen de la gran calidad del material que tenia entre las manos, fue capaz de plasmar toda la emoción del directo de los Allman respetando la esencia de lo que sucedió esas dos noches en el Fillmore y dotándolo de un volumen de decibelios que para nada impide una perfecta audición y que cada instrumento suene donde tiene que sonar.

Una de las anécdotas más curiosas que se cuentan del proceso de elaboración del disco tiene que ver con la fotografía de la portada. Se dice que al grupo no le gustaba nada posar para las fotos y que eran partidarios de utilizar para la cubierta una instantánea sacada de alguna de las actuaciones. El fotógrafo, durante la sesión impuesta por la compañía, estaba volviéndose loco ya que no conseguía hacerles sonreír y en las imágenes que obtenía aparecían siembre demasiado serios. En una pausa Duane se marchó a ver a un amigo y regresó con una bolsita de cocaína que, al verla el resto, hizo que estallaran en una carcajada generalizada que el atento fotógrafo logro captar para la eternidad. Si se compara la imagen que encabeza este texto con la portada del disco podrá verse la sustancial diferencia…

A lo largo de los años han sido tres las ediciones que ha tenido el álbum. La primera apareció en julio de 1971 en formato de doble LP y contenía un total de siete temas. La prematura desaparición de Duane hizo que, canciones desechadas para esa grabación fuesen apareciendo en discos posteriores de la banda y algún recopilatorio. Todas ellas (mas una grabada en el mismo lugar el 27 de junio de ese año) se reunificaron en 1992 bajo el título The Fillmore Concerts apareciendo sólo en forma de doble CD y cambiando la portada original y el orden de los temas para ajustar el tiempo al por entonces reciente soporte digital. Por último en 2003 se editó la versión “deluxe” con una presentación muy cuidada y en la que además de lo anterior se incluyó un tema más del concierto del 27 de junio.

El disco se convirtió, casi desde el primer momento, en un ejemplo a seguir, en uno de esos trabajos que marca el camino por el que debería pasar todo artista que quiera conseguir un disco en directo impecable. La improvisación, los solos de guitarra, la intima relación con el público, el sentimiento… ese sentimiento que está en la esencia del rock…

Pero por desgracia su historia estaba a punto de dar un giro de 180 grados. En plena explosión de reconocimiento de público y crítica, Duane murió en un accidente de moto el 29 de octubre de 1971. A pesar de eso al año siguiente apareció Eat a peach (otro doble grabado a medias en estudio y en directo) en el que, aunque suena su guitarra en algún tema y alcanzó gran éxito comercial, su declive se percibe en cada surco. La muerte de Oakley en idénticas circunstancias el 12 de noviembre de 1972 mientras grababan su siguiente disco (Brothers and sisters de 1973, que llegó al Nº1 y fue su disco más vendido), sólo consiguió que en la banda empezasen las discusiones y que, a pesar del éxito, no volviesen a firmar un trabajo digno de mención.

Aquellas dos noches en Nueva York fueron su canto de cisne particular, el momento mágico que toda banda de rock merece tener y la razón por la que, cuando alguien después de tantos años pincha en su casa el disco y se deja llevar por las notas que salen de el, siente que la música alcanzo su plenitud en esos momentos, y que desde entonces el objetivo de todos ha sido, simplemente, intentar volver a repetirlo.

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