Calabuch

Por Fernando Marañón.

Anoche soñé que volvía a Manderley…

Anoche volví a Calabuch, donde una vez  Berlanga jugó a ser Capra sin traicionarse un ápice, retratando un pueblo español de posguerra idílica con sus procesiones y su contrabando, sus monumentos en ruinas, un cartero con olfato para el Channel nº5, niños fumadores, farero cultivado, cura ludópata, cabo indulgente, enamorados pobres, trompetista guapetón y bar con centralita de clavijas atendido por una seguidora de Gary Cooper.

Don Luis ya había ejercido de Mark Twain en Novio a la vista con la misma soltura y siendo siempre Berlanga, pero el pueblo incrustado sobre el mar de Levante en una peña hoy cercada por burbujas de hormigón le permitió mayor dulzura utópica con el mismo humor implacable. Y todo clamorosamente mentira para quien lo quisiera ver, como también le sucede a Capra si te imaginas sus películas sin Barrymore y sin James Stewart. Aunque la realidad no ha importado nunca en el cine, ni en el llamado neorrealista, y ya lo decía Hitchcock irónico sobre los que trataban de atar cada cabo en pantalla: “mis amigos, los verosímiles…”

Berlanga, tan listo, erotómano y a su bola como el inglés, pero sin más suspense que el propio sobre el próximo tijeretazo extravagante de la censura, cogió a un científico atómico en fuga y se montó un Vive como quieras de Capra mediterráneo donde no falta la fabricación vocacional de voladores, el artista por gusto -que aquí pinta nombres de barca-, la pareja ñoña y dubitativa y el patriarca que una vez representó al sistema y que en lugar de una armónica libre tiene una cárcel sin cerradura.

Calabuch es un lugar mejor que el mundo de los 50, no digamos que España. Es un refugio humanísimo, un estado del alma, una fábula geográfica en la que sentirse valiente frente a un torito de playa, jugar al ajedrez por teléfono (pieza telefoneada, pieza jugada) o ir a la guerra con el mandado de volver a casa antes de la cena. Calabuch es la felicidad y por eso es tan efímero como un cohete de feria.  Lo sabían Berlanga y su sabio Jorge. Lo saben los que hoy lloran la muerte de un cineasta grande e irrepetible.

Ojalá su fantasma no vuelva nunca a Manderley, sino a Calabuch, donde se esconden los genios.

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