Mario Vargas Llosa al descubierto

Categoría: Más cultura |

Por Johari Gautier Carmona.

La noticia del último Premio Nobel concedido al escritor peruano Mario Vargas Llosa ha generado mucho entusiasmo en la prensa hispanoamericana. También ha hecho justicia a un autor que, pese a su gran compromiso con la actualidad y su notable influencia, siempre aparecía en los pronósticos pero nunca acababa de convencer al jurado sueco. Algunos de los periodistas y escritores más cercanos al galardonado escritor han analizado su recorrido y compartido anécdotas en un acto organizado por el director de la revista literaria Quimera, Jaime Rodríguez, y Casa América. Con ellos descubrimos algunas de sus facetas más desconocidas.

Un autor cercano y abierto

Xavier Ayén, periodista del diario catalán La Vanguardia, se encontraba en la casa de Mario Vargas Llosa en Manhattan un día antes de que le concedieran el premio nobel. Allí estuvo entrevistándole en presencia de su esposa para preparar un reportaje especial. Al momento de despedirse, el periodista bromeó: “Si le dan el Nobel mañana, ¿me da la exclusiva?”. El autor peruano respondió con ironía, quizás con algo de perplejidad, que sí, que volviera mañana, sin saber lo que estaba a punto de ocurrir.

El día siguiente cayó la increíble noticia. Mario Vargas Llosa era elegido el premio nobel 2010 después de tantos años de espera y, como era de suponer, Xavier Ayén no perdió un solo instante. Se puso en contacto con el escritor para ver si podía entrevistarle y la respuesta le generó mucha gracia: “Sí, sí, venga. ¡Me ha traído usted suerte!”.

Por su lado, el escritor peruano Fernando Iwasaki, nacido en 1961, conoció a Mario Vargas Llosa cuando sólo tenía 21 años. “Le conocí como un groupie que quería una firma”, explica él para ilustrar la ilusión que sentía. En aquel entonces, Vargas Llosa, Bryce y Ribeyro eran los máximos exponentes de una literatura en pleno boom que hablaba de curas, de la sociedad y del poder. “Nunca los hemos mirado con envidia. Había mucha admiración”.

El primer libro que leyó de Vargas Llosa era Los cachorros y al recibir esa firma se sintió muy feliz. A continuación, logró establecer una relación de amistad que, hoy en día, sigue siendo muy cercana. Esta cercanía se traduce en confidencias y ayudas diversas. “No sé cuántas veces me ha llamado Mario para decirme que se le ha dañado el ordenador –explica Fernando Iwasaki – y que ha perdido una novela. He de admitir que soy un discapacitado digital pero… ¡Mario Vargas Llosa también!”.

Una ética política cambiante

El motivo por el cual la Academia sueca ha concedido el premio a Mario Vargas Llosa ya es conocido por todos. Su cartografía de las estructuras de poder y sus mordaces imágenes de la resistencia individual, son algunas de las etiquetas que identifican con más eficacia una obra extensa y diversa. Pero también es el reflejo de una ética política aferrada a las libertades que ha variado con el paso del tiempo.

En ese mismo sentido, Xavier Ayén ha recordado que, al principio, muchos describían a Vargas Llosa como el castrista más aguerrido. “Incluso calificó a Gabriel García Márquez de tibio cuando se trataba de defender a Cuba ––explica el periodista, y añade––. Al autor peruano no le molesta cambiar de bando y justifica cada uno de ellos. En España se ha presentado al lado de Díez cuando se le veía más cercano al PP por su amistad con Aznar”. Sin embargo, Xavier Ayén comenta que, desde que le han dado el Nobel, sus declaraciones son bastante contemporizadas.

Según Fernando Iwasaki, la ética de Mario Vargas Llosa no depende de ningún dogma. Hace años que renunció a ver el mundo a través de una ideología. “Su ética es una mezcla de docencia y decencia. Él es capaz de explicar cuando estaba equivocado y dar un significado razonable a este cambio”. De este modo, Fernando Iwasaki explica el hecho que Mario Vargas Llosa se haya aliado con personas inesperadas. “La decencia supone para él aceptar a los individuos como son”.   

Una de las teorías que sostiene el premio nobel y que más críticas ha generado es el concepto de jerarquía de culturas. A través de él, Mario Vargas Llosa defiende la idea de que sólo ciertas formaciones sociales pueden llamarse “culturas” y que muchas otras han recibido este nombre por cuestiones antropológicas. Ese planteamiento, también compartido por J.M. Cootzee, ha sido tachado en numerosos estudios de falocéntrico o eurocéntrico.  

Una mirada sobre su obra literaria

Ante los comentarios de ciertos críticos que ven un antes y un después de la obra La fiesta del Chivo, Xavier Ayén reconoce que los primeros 20 años de carrera del premio nobel revelan a un autor prodigioso. Esos primeros años son quizás los más importantes de su recorrido. Sin embargo, el periodista catalán no ha querido restar importancia a las últimas obras. La novela editada este año por Alfaguara, El sueño del celta, es para él una oferta muy distinta a lo que nos tenía acostumbrado, una mezcla seductora de ficción y no ficción.

Desde otro punto de vista, Fernando Iwasaki sostiene que todas las obras del Premio Nobel se iluminan entre sí. “Considero que la obra de Mario Vargas Llosa ha de leerse teniendo en cuenta toda su bibliografía y preguntarse qué significa, qué aporta al resto de las obras, qué afirma y desmiente”. Del mismo modo, cada uno de los personajes de sus novelas tiene un significado. “Mario Vargas Llosa les dota de un heroísmo excepcional, les hace adoptar las vidas que él renuncia a vivir. Les hace marxista, por ejemplo”.

 El humor aparece de forma relativamente esporádica en las novelas del Premio Nobel. Fernando Iwasaki explica que, pese a que Vargas Llosa sea un hombre entretenido, el humor es para él una cosa menor en la literatura ya que dificulta la transmisión de un mensaje. Sin embargo, al pasar por Barcelona en los años 70, el escritor peruano se ve retado por algunos de sus compañeros y se plantea introducir el humor en sus obras. Es cuando empieza a escribir Pantaleón y las visitadoras o La tía Julia y el escribidor. “Con esas obras, Vargas Llosa demuestra ser un todoterreno”, clama Iwasaki. Como prueba de ese dominio, también está su obra ensayística que le distingue de los otros escritores de su generación.         

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