Responsabilidad, gusto, arte, inteligencia

Por Coradino Vega.

1. Una comida obligada de trabajo. Compartir mesa con personas a las que, aparentemente, sólo te une la relación laboral. Surge una queja. Después la segunda. La tercera. No tarda la primera atribución de responsabilidad: los políticos. En este país, los políticos tienen la culpa de todo. Entonces A. se refiere a la huelga. «Si tanto te quejas, por qué no te movilizaste cuando pudiste hacerlo.» Segunda atribución de responsabilidad: los sindicatos. A tenor de lo que se dice, parece que los sindicatos provocaran la crisis. Siguen las quejas y las atribuciones de responsabilidades. Las interjecciones. «¡Sí, claro, a mí me van a quitar un día de sueldo por hacerles el juego a esos sinvergüenzas…!» Las críticas abstractas. Manuel Azaña dijo que si, en este país, cada uno se callara a la hora de hablar de lo que no sabe, se haría un silencio inmenso que podríamos aprovechar para el estudio. Es una comida de funcionarios. De profesores. Esperamos a que den las cuatro para acudir al claustro. Pero no se habla de educación. Ni de la pauperización de lo público. Lo único que hacemos es reforzar el tópico que el resto de la sociedad tiene de nosotros. Entonces A., que es concejal en un pueblo cercano, se me vuelve y me dice en voz baja: «Tenemos lo que nos merecemos. ¿Te das cuenta de cómo ha calado la campaña que cierta prensa ha montado contra los sindicatos? ¿Sabes a quién beneficia esta desafección? ¿Acaso te crees que yo tengo vocación política? ¡A mí lo que me gustaría es pasarme las tardes leyendo en el sofá de mi casa!».

2. Vamos un miércoles al Teatro de la Maestranza a ver El oro del Rin. Una semana antes me había comprado la tetralogía dirigida por Georg Solti. Leí el ensayo que la acompañaba y la sinopsis de la ópera. Repasé lo que Eugenio Trías escribió de Wagner en El canto de las sirenas. Hay aprendizajes que vienen de la primera juventud: la pacata fascinación por la cultura y el proceso de elaboración del gusto. Durante mi niñez, en casa había pocos libros. Debo a un abuelo, que fue violinista amateur, mi afición a la música clásica. A una maestra de primaria, el vicio de la literatura. Uno nunca sabe exactamente de dónde provienen las ganas de saber. Pasé la mitad de la adolescencia leyendo periódicos de cabo a rabo. Charo dice que tenía quince años de edad y cincuenta de mente. En primera de balcón, parece que somos los más jóvenes. El promedio ronda los sesenta años. La ópera sigue siendo, al menos en Sevilla, un buen lugar para observar la representación social de lo que otrora se llamara burguesía. Abogados, catedráticos, médicos, diseñadores y arquitectos que visten de una determinada forma. Un rasgo de distinción, una marca de clase. La lenta gestación del gusto deviene pronto en prejuicio. Pero tenemos prejuicios porque hemos empleado mucho tiempo y esfuerzo en crearnos un gusto y no queremos tropezar otra vez donde nos dimos un golpe. Alguien sin prejuicios o es demasiado joven o quizás un poco ingenuo. Lo malo no es tener prejuicios, sino la inflexibilidad. O la intransigencia de pretender que todos compartan tu mismo gusto. A mí me atraía hipnóticamente la saga wagneriana y me producía recelo la puesta en escena de la Fura dels Baus. A la salida no tengo más remedio que reconocer que lo que más me gustó, junto al leitmotiv de la renuncia al amor, fue el galáctico despliegue de robots y contraluces. Coincido con mi novia en que el mundo actual no está hecho para zamparse de una tajada El anillo del Nibelungo. Eso, como la lectura de À la recherche de Proust, requiere una entrega, una paciencia y una concentración incompatibles con el cansancio de una jornada de trabajo. Por lo que el ejercicio de la alta cultura sigue siendo, como siempre, el privilegio de una élite. En este caso, la de quienes no se tienen que levantar un día entre semana temprano.

3. En casa de Charo, junto a un exquisito cocido, un sábado lluvioso, con la agradable compañía de D. y Radio Clásica de fondo. No sé si me reconforta más la hospitalaria calidez de mi amiga hecha cocina o la distendida, pausada y reflexiva manera de conversar de D. cuando nos explica en qué consiste, según Edgar Morin, el pensamiento complejo. D. habla de pedagogía, política, interiorismo o puesta en escena de la Fura dels Baus, de la misma sosegada manera con la que cata el vino que ha traído de la viña de una conocida. Desmonta uno a uno mis prejuicios contra la pedagogía, me hace ver el pastiche visual de la producción de la ópera que también vio en el Teatro de la Maestranza, critica con sincera elegancia el estilo de mi prosa. Al escucharlo, pienso en una frase que leí esa misma mañana: «Cuanto más sabia es una persona suele ser menos arrogante». Y entonces soy consciente de que los vanidosos siempre tenemos algo de tontos. Pero también de que un criterio, ya sea ético, político o estético, es una valija que se llena de las vivencias personales, las lecturas que te tocaron, las personas conocidas, el embrión paterno-social, los rasgos de temperamento como los que me ofrece Charo cada vez que me invita a su casa y que, en su caso, son una mezcla de generosidad y entusiasmo que contagia mucha energía positiva. Ella, que fue columnista de periódicos durante años, me hace ver que, aunque el artículo de opinión sea por definición argumentativo, uno no debe opinar para persuadir, sino para que opinen otros.

4. No sé, querido Jorge, qué es hoy día un intelectual. Tu comentario me recordó una frase de Juan Marsé: «Yo no soy un intelectual, sino un ciudadano que se inventa historias». A mí tampoco me gusta esa palabra, quizás por la desconfianza que me producen las ideas con mayúsculas, lo solemne y la palabrería. Sin embargo, coincidirás conmigo en que corren malos tiempos para el pensamiento, y en que hay una abrumadora propensión hacia el eslogan, el titular y el descalificativo, en lugar de hacia la reflexión, el debate y el argumento. Por eso, por más que simpatice contigo y me identifique con tu «Afortunadamente no soy un intelectual (…) Bastante tengo con escribir lo mejor que puedo», no puedo evitar hurgar en temas y conceptos que me resultan porosos, difusos y peliagudos, ante los cuales siento la íntima necesidad de simplificar por medio del lenguaje. No entiendo, por ejemplo, cómo se puede seguir hablando, después de Wittgenstein y Celan, de «la imposibilidad del decir», qué pesados… ¿No se ha seguido diciendo desde entonces todo, incluso mediante el silencio, a través de la literatura? ¿No es ése, simple y paradójicamente, un acto de incontinencia verbal más? En la lengua se condensan las experiencias almacenadas durante largos espacios de tiempo. El vocabulario del habla cotidiana posee una capacidad de diferenciación tan rica que la terminología académica o especializada no le llega a la suela del zapato cuando se trata de matizaciones sutiles y alusiones elocuentes. En mi tierra, se suele emplear la expresión «tiene mucho arte» para aludir a alguien que hace algo muy bien, desde contar un chiste a fabricar una cesta de mimbre a mano, y porque eso que alguien hace muy bien provoca en el otro un sentimiento de admiración o agradecimiento: o sea, una respuesta emotiva. ¿Conoces tú una definición mejor para la resbaladiza palabra «arte»? Pero no quería, amigo Jorge, hablarte de esto, sino de lo del intelectual. Me coges leyendo un librito sorprendentemente oportuno. Se titula En el laberinto de la inteligencia, y su autor es el gran Hans Magnus Enzensberger. En él, el pensador alemán se burla un poco de los tests de inteligencia, e intenta aclarar qué entendemos cuando empleamos ese término. «Si aún queda alguien que crea seriamente que inteligencia es igual a inteligencia, se equivoca», dice con su ironía característica. Páginas atrás, sostiene: «En cualquier caso, todo aquel que quiera ser moderno debe ser, necesariamente, inteligente». ¿Te suena de algo? A mí me suena a lo mucho que acudimos los que escribimos reseñas literarias y artículos culturales al adjetivo «inteligente» para avalar una obra, y a aquellos que lo utilizan como reverso, o por defecto, para sabotear otras. Si intelectual, siguiendo las tradiciones francesas y rusas, es aquella clase social (antaño clase ilustrada) que se parapeta detrás de un término, cuando menos inconcebible, para imponer su propia ortodoxia, entonces, compañero, yo tampoco me lo considero. Porque ¿de quién hablamos cuando hablamos del que detenta la inteligencia? ¿Del razonable, el comprensivo, el lúcido, el sensato, el eminente o preeminente o prominente, o del perspicaz, el superdotado, el agudo, el profundo o el avispado? Las perversiones del término son infinitas: pícaro, listillo, malicioso, calculador, maquiavélico, etc. Por no hablar de quien no nació con ese don casi místico (estúpido, tontaina, ingenuo, tibio, necio, débil, manso, limitado, corto, idiota, cándido…), de la recurrencia actual en conceptos tan cotizados en las sesiones de coaching como «inteligencia emocional» o «inteligencia del éxito», o cambiando de tercio, de la CIA, que se supone (por más que su práctica lo desmienta, y para eso no hace falta entrar en Wikileaks) que es un servicio «de inteligencia»… No sé, querido Jorge, a mí me parece que el que se tenga por inteligente se creerá con derecho a juzgar la inteligencia de sus congéneres, y con ello se colocará en un plano de superioridad. Del mismo modo ocurriría con el que se atreve a juzgar al juzgador. A ambos casos podría aplicárseles lo que por lo visto dijo San Mateo: «Porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que medís se os medirá. ¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?». Así que, tras leer a Enzensberger, sólo puedo decir: que no somos lo suficientemente inteligentes para saber qué es la inteligencia y, por lo tanto, un intelectual; que, al mismo tiempo, sigue siendo necesaria la crítica negativa; que no entendemos nada; que lo poco que alcancemos a entender deberíamos comunicarlo aunque estemos equivocados; y que, mientras tanto, donde no haya nada que resolver, la reflexión sólo es otro modo de entretenimiento. Un fuerte abrazo. Siempre tuyo: C.

Hans Magnus Enzensberger: En el laberinto de la inteligencia. Guía para idiotas (Anagrama, Barcelona, 2009)

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Una respuesta a Responsabilidad, gusto, arte, inteligencia

  1. Estimado amigo Coradino, mezclas inteligencia con intelectualidad, y no estoy de acuerdo. Decía un familiar mío refiriéndose a un gobernante a las puertas de una guerra: “no sé cómo alguien tan inteligente puede ser tan estúpido”. Tenía razón, la inteligencia no es oportunidad, no es cultura, no es modernidad. La inteligencia es un cubo más grande o más pequeño. Pero los cubos sólo sirven cuando hay que llevar agua de un lado para otro.
    Sigo diciendo que no soy intelectual y te robo, a partir de este momento, la cita de Marsé, “sólo soy un ciudadano que inventa historias”. No soy un intelectual, aunque tengo un cubo, y reivindico la visión frívola y no intelectual de la vida, tal como le quito importancia a no tener asegurada la próxima línea.
    Desde la más rendida admiración, que al final me ha quedado muy serio contra mi costumbre,
    Jorge

    jorge
    6 diciembre 2010 at 13:04 pm

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