Ceauşescu y el Kitsch

Por Eduardo Felson.

Resulta que -¡Alabados sean los dioses!- el otro día tuve el extraño placer de encontrarme solo en una sala de cine, algo que solo había conseguido en Donostia cuando su festival no era todavía esa especie de Eurodisney cinematográfico en el que inevitablemente se van convirtiendo todos ellos. El caso es que, en la pantalla, se proyectaba una película rumana llamada Historias de la edad de oro, una especie de mezcla entre Cuéntame y el neorrealismo italiano en clave rumana. La película me hizo recordar aquel cine de arte y ensayo a los que acudían los más inquietos de la generación de nuestros padres para vivir su pequeño simulacro de libertad y magrearse un poco fuera de los focos confesionales del régimen de marras. Claro que no siempre podía uno disfrutar de la “falocidad” llena de mantequilla de Marlon Brandon y María Schneider. Aquellos cines estaban repletos de películas explícitamente ideológicas, films de tesis que acababan con los valientes protagonistas alzando sus hoces al cielo mientras celebraban -ahí es nada- al hombre nuevo, que al final resultó ser el mismo viejo idiota de siempre. Imagínense qué mezcla: sexo, revolución campestre y patillas setenteras.

Pero no crean que los zares comunistas no sabían lo que se hacían. A pesar de los sanguinarios vaivenes del régimen, también en Moscú se hacían pelis de género, y muchas, consiguiendo un resultado que era puro kisch comunista. Miren un ejemplo:

Y ahí no queda la cosa. ¿Sabían que el Padrecito Stalin adoraba los musicales americanos y que impulsó toda una industria mezclando el estilo del a Metro Goldwyn Mayer con el realismo socialista? Miren, miren:

Pero no es eso a lo que iba. Yo quería hablarles de Ceauşescu, el sátrapa de turgentes labios y pelo de rockabilly y de la mierda de vida que dio a sus compatriotas mientras que en este lado del telón de acero, donde nunca nos enteramos de nada, le lamíamos las botas como si fuese una especie de liberal maoista. Es ahora cuando el cine rumano, que resulta que existe, se ha puesto las pilas y está haciendo lo que debe, algo por cierto que jamás hicimos nosotros los españolitos, que en el debate entre historia y memoria siempre acabamos mirando hacia otro lado y yéndonos de cañas.

En El Sha, Ryszar Kapuscinski describe muy binen cómo se gesta una revolución, cómo la masa puede estallar un día de puro cansancio ante las patochadas de sus dirigentes y decir “ésta boca es mía” y coger los fusiles y desquitarse un poco orgainzando una matanza liberadora. Algo así debió pasar el 21 de diciembre de 1989 en Bucarest en su particular Plaza de Oriente, la Plaza de la Revolución. Aquel caudillo de chiste (y peligroso como una víbora) alababa frente a la muchedumbre nada menos que las bondades de la economíaa socialista mientras los rumanos pasaban más hambre que Carpanta. De repente, todo el mundo se sintió cansado y del cansancio surgio como una furia un cabreo monumental que se tradució en abucheos: los primeros abucheos a un lider comunista. El Capo no consiguió saber qué demonios ocurría. Para cuando se enteró, sus cuerpos eran enterrados en pedacitos. Pim, pan y en un segundito se merendaron a Ceaucescu.

Por cierto que aquí (¿se acuerdan?) donde sabemos mucho de reuniones multitudinarias en honor de un ridículo caudillo, jamás podría haber pasado nada semejante porque en el fondo de nuestra alma de meapilas no somos más que una panda de nostálgicos castrenses. Y si no, ¿por qué creen que seguimos viendo al inefable Raphael hacer sus gayos cada 24 de diciembre al ritmo castizo del ro-po-pon-pón, ro-po-pon-pón?

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