Nada te turbe (2)

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Por Alberto Masa.

Foto: Lou Reed

Lou Reed 7 ha dicho Nueva York por sexta vez. Yo he estado aplaudiendo todo el rato, absolutamente todo, menos cuando hablaban. Perdón: New York. Era New York lo que decía, no Nueva York. Yo estaba viendo Manhattan en ese momento en noviembre o diciembre de 1999 en mi casa de Brunete, junto con mi abuela que decía: qué tonto es este hombre (refiriéndose a Woody Allen) y yo la decía: Que no, abuela, que es un genio. Y ella me decía que era muy feo. Y yo: ¿Qué importa eso? Y ella: Yo no entiendo tus películas. Y yo: Esto es mejor que los programas que ves tú de las desgracias de España. Y ella: Hijo, tú y yo nunca nos ponemos de acuerdo. Pues sí nos pusimos, estoy seguro, no ese día, en general, mi abuela y yo estábamos de acuerdo. Lo supe, cuando ella ya no estaba. A veces se me olvida, pero porque se me olvida todo.

No, en 1999 yo no hablaba, fue antes, cuando todavía teníamos el vídeo. A mí no me gusta ver pelis en general, pero he visto muchas, así que no me digan cosas raras sobre eso, por favor.

Lou Reed 1 y Lou Reed 5 discuten por la calidad de una película sobre un escenario, discuten y se enfadan y al final uno le llama gilipollas al otro, o, como a mí me dijeron una vez ¿Pero no has escuchado a los Iron Butterfly? Y luego: Entonces no has escuchado nada.

Por lo demás, casi seguramente, aquella cara que no recuerdo -lo siento-, nunca probó las lentejas preparadas por mi abuela, lo que tampoco quiere decir nada, quiero decir, por favor. Y luego está que, menos aún creo que en la vida, este blog no es el sitio más paradigmático para decir que ciertas cosas están feas. En cualquier caso es un lugar donde, cuando llego de repartir publicidad de la empresa de mi madre y mi padre (donde a día de hoy sólo somos, contándome a mí -como publicista- y a ellos, 4 empleados -luminosos Velasco, 91 6112213, rotulamos, montamos, diseñamos, todo tipo de materiales, vinilo, metacrilato, neón, búsquenos en el google-) a las tantas, cojo y transcribo el maravilloso relato de Juan Rodolfo Wilcock porque cabe la posibilidad de que usted no lo haya leído aún y es muy difícil de encontrar en las librerías y, creo, hasta por el internet, al menos hasta ayer por la noche.

Ya me he encontrado, de eso quería escribir cuando Lou Reed 17 ha rimado espuma con puma. Ahí es cuando me he levantado y dicho para mis adentros: joder, Maldoror ¿Qué haces aquí? Pero luego me he vuelto a sentar. Y he aplaudido (en esto prefiero la labor de pionero) y sonreído y, luego otra vez más, aplaudido y sonreído. Me voy a largar de este puto barrio echando ostias. Me he relajado, luego, de nuevo, si alguna vez lo estuve y dado gracias a dios (relación de mis manos con el cordón umbilical de mamá y mío, hoy) de mi sobriedad, de mi negación al borrachismo ese capaz de haberme convertido en alguien capaz de subir al escenario para romperles los papeles a los poetas que, seguramente, también son personas al fin y al cabo, con familias y eso.

A mí me gusta mucho la música clásica, y el que más me gusta de la música clásica es Felisberto Hernández. Eso no lo puse en el post del otro día. Mira, me he dicho, Maldoror, pensar eso relaja. Además, hoy he estado con Jose, que me ayuda y enseña trucos muy valiosos para eliminar la ansiedad o pánico o como quieras llamarlo, cuando se manifiesta.

Ayer, por cierto, encontré en un nuevo y viejo, claro, libro de Burroughs -publicado por la quizás demasiado exquisita, estupenda pero muy expensive y no está en Moyano, editorial Caja negra- que se llama “La revolución electrónica” y que tiene un muy buen prólogo de Carlos Gamerro. Lo tengo subrayado, copio: “La hija adolescente es sólo un refinamiento. Básicamente todo lo que necesita son grabaciones sexuales en el número 2 y grabaciones hostiles en el número 3. Con esta simple fórmula cualquier hijo de puta de la CIA puede convertirse en Dios, esto es, en el grabador 3. Reparemos en el énfasis puesto en los materiales sexuales de los allanamientos y en la colocación de micrófonos ocultos en el pozo ciego de Watergate… Poner micrófonos en el dormitorio de Martin Luther King… kiss kiss bang bang… Una mortal técnica de asesinato. O como mínimo certera para desconcertar y situar a los oponentes en desventaja. Así que el verdadero escándalo de Watergate que aún no ha salido a la luz no es que hayan puesto micrófonos ocultos en los dormitorios y registrado las oficinas de los psiquiatras sino el uso preciso que se hizo y se hace de este material sexual. Esta fórmula funciona mejor en un circuito cerrado. Si las grabaciones sexuales y películas se extienden y son toleradas y mostradas públicamente, el grabador 3 pierde su poder. Lo que quizás explica por qué el gobierno de Nixon está decidido a cerrar sets de filmación y a restablecer la censura en todos los libros y películas: para mantener el grabador 3 en un circuito cerrado.” Aclarar que en el caso mío, el yo ideal intuido transcurre en la hija adolescente, no en nuestro amigo Martin Luther King y no, desde luego, en la CIA ni en Richard Nixon, tampoco en mi querido William Burroughs ni en el traductor -hoy o ayer la cosa va de hallazgos- Mariano Dupont.

Es muy tarde. Pensé que iba a hablar de pajas en esta entrada, por eso la dediqué a una especie de cosa siniestra cuando debería de haberlo dedicado a la sobriedad, en este caso, de la primera persona del singular. Quizá lo titule sobriedad (vida, obra y milagros).

Al terminar he pedido un café y acercado a felicitar a Lou Reed 3.421, que se me ha pensado que yo estaba hecho un Bunbury, con la taza sin sorber aún en la mano (1`20, leche templada). Tiene que ver con la sobriedad dejar a cada quién con sus dudas y prejuicios ya que, se sabe, la solución, en uno mismo, es procurarse dudas y prejuicios y procurar, de nuevo, ese ambiente en el otro, por decirlo de alguna manera, de puro macho. Cuando me ha preguntado cómo les había conocido (que implicaba la realidad: tú no pasabas por aquí y ya está) he respondido que soy nuevo en el barrio y que el del bar me dijo, tomando algo, que, los jueves, hacían cosas de poesías (sí, en plural -por alguna razón de forma, aparte lo cariñosa, mi amiga Carmen, que conoció a tipos no necesariamente tan dispares como Dalí, Cantinflas, Umbral, Tip, Santiago Bernabéu, Haro Tecglen o José Luis López Vázquez me denomina Maquiavelo 2-), y la cosa ha surtido efecto, es decir, me he ahorrado tener que conocerle más -se lo ha ahorrado él en la forma, bastante despreciativa en el ademán, pero yo he hecho lo que quería: desaparecer, salir, ir a otro bar mejor, porque me llegaba para otro café y, ahora mismo, no sé desde qué hora estoy escribiendo esto, que es larguísimo ¿Verdad? Les explico:

Esta mañana, en el metro, quería escribir un post sobre La gran novela norteamericana que, di por supuesto en ese momento, era El pez plátano de nuestro amigo Salinger y, aunque aún ahora estoy seguro de ello, las fuerzas del escribir se me han ido hacia otro lado y, en el anterior punto, he culminado hablando de la forma en cómo Lou Reed y pico me ha renunciado, aunque también decidido explicar que ha sido porque mi sobriedad lo ha decidido, lo cual me lleva a grandes textos sobre ese tema en cuestión, ejemplos: Gombrowicz en casi todas sus obras incluyendo la obsesiva manera en que lo esconde de sus diarios y, posiblemente, otro alucinado, el también buen chico Antonio di Benedetto en la manera, distinta, de implicar esta idea basada en la obsesión y la recuperación de una identidad contenida dentro, por supuesto, de una simple cara, no lo dije, a través del cambio de estilo, que implica coger los restos antes de la propia invención de uno mismo, a lo que habríamos de sumar el caso -patológico también en el caso Gombrowicz- de escribir y, aún peor en lo referente a la patología, de escribir bien, de hacer calidad literaria. De los que he estudiado quizá el caso más extremo no sea el de un escritor sino el de un intérprete, alguien absolutamente inimitable, es decir, un genio, quizá el último, Glenn Gould. No se lo voy a explicar, léanse los putos libros. Sólo quiero aclararme yo a mí mismo en mis ejemplos y, lo único que hacen es traer otros. Desde que vivo solo en Madrid soy demasiadas cosas, al vivir. No, no es que sea Madrid, no, sino simplemente vivir, porque la posición fetal que adopté en la cama de mi borgiana habitación en la cual hasta me masturbaba, no digo más, no era vida ni era yo y, tuvo muñones, era sólo el precio de ser muy lindo y, para mi desgracia, hoy por fin pasajera -razón por la cual hoy a veces sí sé la realidad de todas las cosas y personas, sus secretos aparte y percepciones que, como muñequitas rusas han ido desvelándose en mi manera de entenderme a mí mismo hasta por fin reunirse en la gran madre que soy-, seductor.

Otra realidad del pasado reciente: No he ido a AA, bajé al bar y vi un poco del atleti. Voy a pararme un poco aquí, para luego retomar el por qué no he asistido a AA, que mejora mi calidad de vida, así como la calidad de mis oficios y hobbies, léase leer, escribir, aparte una vida dedicada a la esquizofrenia coherente y, por ende, basada en la fraternidad: con lo que también quiero decir, si te he rechazado se debe únicamente a que, querido y muy sufrido amor, yo estaba ebrio, quiero decir también: hoy no, pero también: No sé mañana.

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