Microrrelatos, de María Paz

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Doloroso Caimito, El obrador de palabras, Todos piden y Saramago para peces son microrrelatos de María Paz.

Doloroso Caimito

Nunca imaginó que todo fuera a ocurrir en una playa. Bebió alcohol, conoció a un camarero de terrible sonrisa, aprendió a pronunciar conejo en alemán, se dio unos besos y unos toqueteos divertidos; pero cuando tiró al hombre contra el suelo para hacerle el amor, terminó abrazando a un moribundo. Jamás debió darle ese golpe amoroso contra un kayac.

El obrador de palabras

Buscar palabras con C se convirtió en su obsesión desde que Carmen lo había abandonado. La comida le sabía a caca, se movía en un coche caduco, y hablaba de su vida como una calamidad. Adoraba los calmantes, bebía cava, compraba cuadros de Camacho y reprografías de Chagall, y hasta se apuntó a una compañía de teatro cómico que encontró en la calle, y que le sorprendió por su fantástico nombre: Compañía de teatro El cogollo cojo.
Resultó ser un cuentista curioso y cumplido. Convenció a su director por su capacidad para aprenderse los diálogos en cinco minutos, pero sus compañeros se preguntaban porqué gritaba descompuesto al recitar ciertas palabras.
-Todo se debe a que aquel ¡Camorrista!, después de sufrir un ¡Calambre! en el alma perdió para siempre la ¡Cabeza!, porque la vida es ¡Cruel!, pero eso, usted ya lo sabe- recitaba intercambiando gritos con palabras casi inaudibles.
Los diálogos perdieron su sentido original, la obra resultaba confusa, pero salió a escena, y el día del estreno cuarenta personas rieron sin parar al escuchar al hombre padecer cada C como si le fuesen a cortar la lengua, o a estrujarle el cuello hasta acabar con su vida. Él disfrutó, volvió a reír a carcajadas como meses atrás lo había hecho; comió caviar y crema de calabaza en un corrillo de cuatro que vinieron a conocerlo, y se quedó despierto hasta las seis de la mañana, hora en la que automáticamente se fue a dormir después de despedirse de una chica que lo había maravillado: una sonriente siciliana llamada Susana.

Todos piden

Todo ocurió el mismo día. Un tipo, en medio de una fiesta donde se regaba la cocaína por los suelos, le pidio un condón. Una mujer con várices le pidió que le ayudara a usar Internet. Su hermano, que empezaba a tener más canas que él, le rogó para que se trajera la guitarra con las canciones de los ochentas (esas canciones horrendas que cantaban cuando los dos veneraban a Cuba). Una mujer desconocida le pidió por correo electrónico que le escribiera un par de sonetos para su clase de español. Su vecina le pidió que orara para que el viejo del tercer piso no se fuera a morir de cáncer. Y su madre, su bendita madre, le pidió que la llamara todos los días.
Así que un jueves dejó que todo el mundo pidiera, y hasta sacó la libreta para apuntar las peticiones. Escribió los sonetos y lo dejó claro, enseñó Internet y lo dejó claro, compró un condón y lo dejó claro, cogió la guitarra y lo dejó clarísimo, oró por el abuelo que se estaba muriendo de cáncer y luego dio el pésame, y finalmente le marcó a su mamá. Todo salió bien, menos lo último. Eso no se le puede pedir a una madre.

Saramago para peces

Los peces creen en la circularidad, tienen más idea de la ligereza y son infinitamente más bellos que nosotros, humanos que perdemos nuestro pelo, nuestros dientes y nunca aprendemos a nadar con gracia, sino que parecemos paquidermos moviendo las patas para no ahogarnos.
Algunos hombres olemos mejor que ellos, pero es igual, porque un pez no se enterará jamás que su chica apesta. No necesitan chillar, ni toser, y nunca sufren de alergia. Lo único que no pueden hacer mis carpas de agua fría es leer, y por eso les he puesto un libro de Saramago abierto por la segunda página. Cuando lo terminan se pegan al acuario y me avisan con sus bocas abiertísimas que quieren más, y yo, con todo el amor de una madre humana, les paso la página, y luego les echo algas por si acaso lo que les pasa es que les duele la panza por el hambre que les da leer.

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