Entrevista a Isabel Mellado

 

Por Trifón Abad.

 

“Hay momentos para el drama y para el humor. Todo forma parte de la polifonía de la vida”


 

Isabel Mellado (Chile) habla mucho y bastante rápido. Pero pronto hallo la explicación. Todo lo que dice Isabel, por caudaloso que parezca su discurso, confluye en la idea que desea transmitir: la del arte como forma de vida, como piedra angular sobre la que su existencia se apoya. Y esa idea es muy amplia. Mellado disfrutó de una beca como violinista en la Orquesta Filarmónica de Berlín, y la pasión de unos padres dedicados a la poesía ha calado en su voz narrativa, una voz que alcanza la empatía desde la primera historia con el lector, por la belleza de sus figuras y por el aroma musical que impregna cada cuento de El perro que comía silencio (Páginas de Espuma).


Trifón Abad: ¿Cuéntame cómo nació, creció y se hizo libro este perro hambriento de silencio?

Isabel Mellado: Mi padre es poeta, y supongo que de alguna manera la literatura estaría latente en mí. Pero no escribí este libro con afán de ser publicado, sino como una necesidad de expresión más. El ideal estético y el proceso de la creación escrita son bastante parecidos a lo que me sucede cuando estoy tocando. Yo viví en Alemania durante veinte años, y estaba rodeada de este idioma con tanta intensidad que sentí una necesidad profunda de escribir en español, y también de vivir en España. Al volver experimenté una especie de redescubrimiento del idioma, pero no sólo del idioma. Fue una etapa muy intensa, en la que di salida a un caudal que tenía que escapar. En este libro hay melancolía, crisis o abandono, pero por mi profesión como músico busco un contrapunto, un equilibrio, y de ahí surge ese otro aspecto más juguetón y optimista.

 

TA.: El lector se encuentra con un estilo poético, con una serie de similitudes entre la poesía y la música: frases cortas, muy rítmicas, una cadencia en ocasiones evidentemente musical… ¿es deformación profesional?

IM.: Sí, sin lugar a dudas lo es. Yo siento adoración por la melodía, no necesariamente la de un compositor barroco ni clásico. Pero es ese elemento el que hace que funcione bien la composición o bien la historia, cada una a su manera. Sí, tengo en la cabeza ese sentido estético. Te agradezco que me digas que esto ha quedado plasmado en los cuentos. Sería un gran logro. Pienso que es algo inconsciente, que no puede ser impuesto por tendencias o modas, sino que busco esa sensibilidad en la que me encuentre cómoda y sepa que estoy en el lugar donde he de estar. La libertad artística, en resumen, es fundamental.

 

TA.: Se respira en varios de los cuentos un humor trágico causados por desencuentros afectivos en la mayoría de los casos. Un drama salpicado de optimismo. ¿Crees que nos hemos acostumbrado tanto a esta realidad que ya nos la tomamos con un humor que requiere cierta resignación?

IM.: Sí, es posible, pero creo que es un humor creativo, un humor que quiere abrir una segunda puerta, que amplía las miradas. Ciertas clases de humor son también parte del arte, es absolutamente necesario, y dejan paso a reflexiones, a la búsqueda entre la conexión con el silencio o con el tiempo. “El perro que comía silencio” es un libro en el que se formulan preguntas, aparecen conflictos humanos que yo misma tengo como obsesiones, pero que espero equilibrado con el contrapunto de lo lírico. Aquí la comparación con la música es pertinente, porque podemos encontrarnos una sinfonía que parece oscura porque está en tono menor, pero llega la modulación y da paso al modo mayor, y vuelve luego a menor… Es como la vida, hay momentos para el drama y para el humor y todo forma parte de lo mismo. Es la polifonía de la vida.

 

TA.: Eres violinista de formación. ¿Podrías comparar el proceso de creación musical y el literario?

IM.: Me he sentido escritora verdaderamente mientras trabajaba en este libro. Fue un proceso de una enorme intensidad. Para mí escribir es una forma digna de no tocar el violín. Son los mismos mecanismos pero con lenguajes distintos.

 

TA.: ¿Sustituye la escritura tus necesidades creativas a nivel musical?

IM.: En parte sí, en ciertos momentos siento una conexión individual muy fuerte con la escritura, quizá más que con la música. Pero trato de subsanarlo y de mantener ambos caminos. La realidad principal para mí son las emociones, de ahí parte todo, no creo que la literatura que escribo sea muy fantasiosa, aunque lo parezca, es el mundo en el que vivo. Tenía una gran necesidad de expresión que se me antojaba insuficiente con la interpretación del violín.

 

TA.: Te imagino desarrollando mentalmente una historia mientras ensayas con el violín, y casi deseando terminar el movimiento para ponerte a escribir. ¿Me equivoco mucho? ¿Háblame de tu percepción del concepto de inspiración?

IM.: No vas desencaminado, ocurre algo parecido, aunque no es exactamente así porque las ideas no me abandonan fácilmente, así que no tengo la necesidad inmediata que comentas de dejar de tocar para escribir. Pero sí es cierto que cuando voy a los ensayos voy con todos los sentidos alerta, y lógicamente para la vertiente escritora el hecho de poder interpretar esa música tan maravillosa es un ejercicio de sensibilización que repercute de manera positiva en el acto de la narrativa.

 

TA.: ¿Surgen ideas también de esos momentos?

IM.: Sí, a veces sí. La palabra inspiración nos da un poco de miedo porque suena como cursi, pero sí es verdad que ciertos cuentos surgen y no sabes explicar bien de dónde, y aparecen de repente en los conciertos. Siento que se me va acercando la idea, y me ronda varios días, también durante la interpretación. Además los músicos viajamos en el tiempo, porque tocamos piezas de compositores de muchas épocas y viajamos kilómetros y kilómetros, con lo que ello supone de bagaje desde un punto de vista creativo.

 

TA.: Hay un uso destacado de las personificaciones de animales y plantas, incluso encontramos un cuento donde las letras y símbolos ortográficos cobran vida y, por supuesto instrumentos musicales… ¿Te permite este distanciamiento ofrecer puntos de vista que no adquieres con los narradores más tradicionales?

IM.: Sí, me lo permite. Lo que quería contar necesitaba ese narrador desde el punto de vista técnico. Decir que aunque a veces nos sentimos tan solos, estamos en realidad muy rodeados. Tengo una percepción bastante cercana de objetos y animales, y por una parte creo que viene de mi relación con el violín. Lo conozco desde pequeñita, y nunca he compartido tantas horas con nadie como he compartido con este instrumento. No creo que tenga vida, pero sí sé que existió antes que yo. Suelen tener doscientos o trescientos años, y no sabes su currículum. De una pareja puedes llegar a conocer todo su pasado, pero del violín nunca lo sabrás. Y a este aspecto misterioso, hay que añadirle el hecho de que vibre contigo, de que se mimetice con el instrumentista, adquiere la calidad del intérprete… Es una razón muy íntima y sincera, que tiene también un aspecto casi erótico.

 

TA.: Esa imagen me recuerda al personaje de Lori Singer, en ‘Short Cuts’, la película que Robert Altman dirige sobre un guión adaptado de cuentos de Raymond Carver. Este personaje femenino es violonchelista y tiene algunas escenas en las que aparece interpretando que desbordan una gran sensualidad…

IM.: Sí, evidentemente ocurre, aunque también cae en el cliché que solicita la imagen corpórea, especialmente con el chelo. Hay un intercambio de susurros, la vibración de la madera… Ocurre, pero no es sólo esto, es compleja de explicar la impresionante sensación de alegría que proporciona hacer música. Es algo que traté de expresar en la segunda parte del libro. Si eres una persona individualista, cuesta ser parte de un grupo, e incluso ser parte de uno mismo, pero uno se rinde ante esto y aceptas ser una célula más del animal llamado sinfonía.

 

TA.: ¿Qué referencias tienes en mente a la hora de escribir?

IM.: Amigos me han dicho que ciertos textos se parecen a unos u otros cuentos, pero no me atrevería a hablar de referencias. Creo que es importante tener influencias pero no emplearlas para copiar un molde, esa idea no me atrae nada. Me gusta perseguir la idea de libertad, persigo que los cuentos sean míos. Si me equivoco me equivoco yo, no deseo perseguir una línea marcada, aunque claro que hay contaminación, además soy muy lectora y en especial de autores que cuidan mucho el lenguaje, como Onetti, Macedonio Fernández, Nabokov o Gógol. Sin embargo, y aunque luego no tengan nada que ver con la manera en que escribo yo, al final el estilo sí te acaba calando. Quizá por eso vivo en constante búsqueda de autores que tengan una voz nueva, que me aporte algo.

 

TA.: En cuanto a ‘Huesos’, la tercera parte del libro, son destellos de una enorme fuerza, bellos, hirientes, reflexivos. Una especie de aforismos. Se acompañan de dibujos, ¿son tuyos?

IM.: Son bosquejos espontáneos. Uno le puede tener mucho miedo a la tela en blanco, así que lo hago en el teléfono. Surgió de manera inesperada. A mí me gusta leer en las pausas de los ensayos y un poco de intimidad, pero a veces los colegas no lo entienden, así que descubrí que con el teléfono en la mano conseguía que respetaran esa intimidad silenciosa, porque parecía que estaba escribiendo o leyendo algo muy importante y privado. Entonces descubrí este programita en el que se puede dibujar, y al hacer el primero me satisfizo. De modo que empecé con ello, y después pasé a darles nombre o a acompañarlos de frases y me entretuvo un montón. Esa es la explicación. Así de simple.

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