“El canto del pájaro equivocado”, Sara G. Vázquez

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“El canto del pájaro equivocado”, de Sara G. Vázquez.

 

«Odio a los búhos desde aquel 13 de septiembre. A quién se le ocurre, si ya se lo dije yo, martes y trece, Ramiro de aquí no puede salir nada bueno. Pero él erre que erre, que si lo tenía todo planeado, que si tenía atado hasta el último cabo, que si por eso llevaba más de seis meses en ese trabajo rodeado de ratas y viejos y que ese era el día perfecto porque si seguía allí un día más acabaría oliendo a geriátrico. Mirándolo con perspectiva, más me hubiera valido regalarle una buena colonia.

 

“El guardia, Marcelo – me decía mientras me explicaba por quinta vez el plan- está casi en sus sesenta y está pensando más en la jubilación y en unas largas vacaciones en Benidorm de esas que te regala el Imserso que en proteger nada. Llega todo los días a las 9.00, se toma un café con Julián, charlan un rato y empieza la ronda… así que tú no tienes más que esperarlo donde te dije… nada puede salir mal, tan sólo esperar a escuchar la señal, ya sabes el ulular del búho”.
Anda que sólo a él podría habérsele ocurrido algo tan original. Si en el fondo la culpa es mía, quién me manda a mí meterme en nada con el Ramiro, ya desde el principio se veía que muchas luces no tenía.

 

Pues allí estaba yo el maldito martes trece , acurrucado en la parte superior de una torreta de 2 metros y medio de altura, esperando la dichosa señal, con los ojos bien cerrados por eso del vértigo, cuando oí el ulular del pájaro de las narices: “buhuu, buhuu” . Salte ágilmente con el fin de aterrizar en el rechoncho Marcelo y dejarlo fuera de combate, y cuál fue mi sorpresa cuando lo que paró mi caída fue otro tipo muy distinto de rechoncho cuerpo. Este llevaba bata y tenía dos prominencias muy prominentes que ninguno espera en un guardia de seguridad en sus cincuenta y pico. No salía de mi estupor y en mi desconcierto mi oponente, que aunque no tenía porra si una fregona y muy, que muy mala leche, me endiñó tal porrazo, mientras yo intentaba ponerme de pie, que si no fuera porque como siempre dijo mi bendita madre tengo una cabeza bien dura, me la habría partido en dos. No contenta con tal maniobra, dejó caer sus más de 70 kilos de peso sobre mi pie izquierdo, y seguidamente me soltó un puntapié que tenía como objetivo la joya de la corona, gracias a dios logré esquivarla por segundos, sino a estas alturas estaría cantando en un coro de eunucos. Mi rápida maniobra de evasión me hizo tropezar con el cubo de la fregona, perdí el equilibro y mi mano se alzó para buscar sujeción, y no encontró mejor agarre que un gran, gran sostén.

 

Y así estaba yo, colgando de la señora de la limpieza, todo mojado, y arrancándole el sostén con ambas manos, cuando apareció, esta vez sí, Marcelo.
Dos días más tarde, en el juicio por intento de violación, intentaba explicarle yo al juez que aquello era un terrible error pues yo era marica marica, de esos que no tuvieron que salir del armario porque nunca entraron.
Dos años y un mes me cayeron y el muy cabrón de Ramiro cuando viene a visitarme va y me dice: “pero Pedrito ¡por dios!, que eso no era un búho, ¡era una lechuza!”».

 

Sara G. Vázquez es una joven profesional del mundo del Marketing y Branding, licenciada en Dirección de Empresas por la Universidad Autónoma de Madrid (2000), es una gran aficionada a la literatura, desde muy joven. Hace unos años empezó a iniciarse en el mundo del relato corto, hasta la fecha casi todas sus publicaciones las ha realizado en su blog. Su primer cuento lo hizo en la Revista Hispanoamiricana “Otro lunes.

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