Tras el jardín

Por Recaredo Veredas.

 

La memoria y el sueño poseen extraños pasadizos que tal vez, como insinuaban los presocráticos, conecten con el inframundo, con el plácido edén de los muertos. O tal vez solo escondan conexiones químicas y circuitos dominados por el sodio y el hierro. El sábado por la noche, mientras regresaba de una tarde de campo en la sierra, al descender las duras rampas del puerto de Navacerrada, recordé que la noche anterior había soñado que vivía en San Francisco y caía por sus cuestas infinitas, lanzado hacia los abismos del Pacífico. Y que había sentido un vértigo real, mucho mayor del que había conocido nunca.

 

Dos noches antes me habían asaltado memorias extrañas, que no había olvidado pero sí escondido en un cajón, oculto a su vez en un archivo polvoriento. Regresaron al abrir un libro de relatos que no pensaba leer. Su nombre, La Pirámide de Keops* y su autor un señor muerto y desconocido: Ricardo Domenech. Lo inicié con desgana, buscando el descanso tras un día no demasiado largo pero sí demasiado cansado. Me adentré en un cuento que mostraba a varias parejas entrando en un restaurante. Eran los setenta, los protagonistas conversaban con el lenguaje de tiempos más ingenuos. El lector podía, si así lo deseaba, oler el humo negro de los 124, sentir el calor de las zamarras de piel vuelta y escuchar la amabilidad untuosa de los camareros. De repente recordé a mis padres, arreglándose para salir con sus amigos, tal vez en Navidad, hace más de veinte años. Mi madre tenía unas piernas estupendas y mi padre llevaba unas corbatas cuyos estampados, entre geométricos y surrealistas, me horrorizaban. Tal vez irían al Scala Meliá Castilla, un cabaret lujoso y picante, que imitaba al Moulin Rouge parisino. Beberían cava y Cointreau, conversarían los hombres con los hombres y las mujeres con las mujeres. Fumarían, inconscientes, cigarrillos mentolados cuyo humo verde destruía un alvéolo en cada bocanada. Sentí pena por los personajes del cuento que, de haber vivido, y como los amigos de mis padres, habrían muerto, víctimas del cáncer, el infarto o dolencias nombradas con apellidos alemanes o, en el mejor de los casos, malvivirían sus últimos años en una residencia.

 

 

Uno de los personajes del relato se pierde por los pasadizos del restaurante y encuentra la puerta de un jardín resplandeciente. Quiere pasear por sus senderos y respirar aire limpio pero uno de los camareros le niega el acceso. Domenech no lo menciona  pero se intuye un jardín cuidado y libre, que tal vez limite con castillos renacentistas poblados por cipreses y plantas trepadoras. También el cielo sería distinto al de la noche que marcaba la hora. Tal vez rojizo, previo al atardecer. El personaje cuenta el desplante a sus amigos, que se indignan por la descortesía –impropia de la categoría del restaurante- e intentan regresar a ese lugar, con ese sentido del honor y la afrenta tan propio de los hombres-hombres de aquella época. Tras la puerta solo aparece un descampado pedregoso. Lo mismo le ocurrió a todos los que sufrieron y disfrutaron los setenta: buscaban un edén y creyeron encontrarlo pero –pronto, demasiado pronto- el espejismo se diluyó entre sus manos y mostró su reverso negro.

 

*La pirámide de Keops. Ricardo Domenech. Salto de Página. Madrid, 2011.

 

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