La fatiga de los metales

“La fatiga de los metales”, un relato de Lucía Feliú Zamora.

 

Tengo un amigo que es arquitecto, es de esos tipos que siempre está pensando en los proyectos que tiene entre manos, siempre que quedamos termina contándome lo que hace en su trabajo, cosa que no me parece mal pero en ocasiones (y me sabe mal decirlo) me llega a hartar. Sin embargo el otro día tomándonos una cerveza inesperadamente me reveló una parte de él que hasta el momento había pasado desapercibida para mí. Comenzó hablándome que ahora con la crisis los trabajos en la construcción escaseaban, según él, había algunas tardes que llegaba a la oficina y no tenía nada que hacer por lo tanto, me dijo, tenía más tiempo libre y más ocasiones para pensar en lo que había sido su vida durante estos últimos años.  Aquel apunte tan íntimo y tan inusual me llamó bastante la atención, quiero decir, mi amigo tenía una vida perfecta ¿para qué entonces plantearse nada? Tras un trago de cerveza me miró atentamente e inició el relato: un día le tocó ir a revisar un viejo edificio de la ciudad, el monstruo de cemento y ladrillos que debía inspeccionar había cumplido ya los ochenta años, era majestuoso por fuera con un estilo propio de las edificaciones de principios del siglo pasado, advirtió. Mi amigo tenía muy en cuenta aquellos detalles, disfrutaba describiendo el estilo de los edificios de la ciudad. Sin embargo al entrar, comprobó tras un rápido estudio el estado lamentable en el que se encontraban las estructuras metálicas que conformaban los pilares. Los hierros del viejo bloque de pisos sufrían lo que se denomina en la construcción la temida “fatiga de los metales”, con los años la presión y el peso ejercido sobre los materiales habían provocado daños quizás irreparables en el bloque. Aquella tarde se dirigió a casa con la mente totalmente volcada en el viejo bloque de pisos y al abrir  la puerta encontró a su mujer hojeando una revista. Le comentó con rapidez que debía volver a la oficina cuanto antes, se tomaría algo ligero para almorzar y regresaría a trabajar. Ella sonrió mecánicamente y sin decir nada volvió los ojos a la lectura.

 

 

Ya en la oficina buscó el artículo de un conocido arquitecto americano sobre la fatiga de los metales. Éste rezaba así: “Son diversos los factores que intervienen en un proceso de rotura por fatiga en los materiales estudiados, no obstante hay uno decisivo: el tiempo, hasta el metal más resistente está expuesto a las heridas del tiempo”, esta última frase aparentemente tan poco científica le hizo reflexionar durante unos segundos. ¡Vaya!, ¡qué forma más absolutamente poética de describir la causa de aquel desgaste físico en la materia!,  perplejo elevó la mirada en dirección al reloj de su despacho. ¿Qué les había ocurrido a María y a él en los últimos años? Entonces tan contundente como una losa cayó sobre él la angustiosa sensación de que su matrimonio había dejado de ser lo que fue en un tiempo; me reconoció que apenas recordaba la última vez que le había dicho a María que la quería, tampoco recordaba lo último que le había hecho reír a su mujer con fuerzas tal como les ocurría al principio. Habían transcurrido dos años, al menos que él recordara, que no habían intercambiado regalos de cumpleaños, y sí, era cierto que habían pasado unas buenas vacaciones en verano, pero ¿de qué forma?, las vacaciones con los niños parecía diluir todo, sólo había responsabilidades, preocupaciones y obligaciones, bueno… y ya para qué enumerar las veces que tenía que viajar y pasar días y días alejado de ella. Volvió la cabeza hacia la fotografía de su mujer que reposaba sobre la mesa. María era hermosa, seguía siendo hermosa pero ya nunca se detenía a pensar en eso.  En la última semana, me comentó, apenas habían pasado juntos más de un par de horas, siempre llegaba cansado del trabajo y se quedaba dormido en el sofá y ella hacía cualquier cosa para no sentarse un rato con él. ¡Dios mío, ni tan siquiera recordaba cuando habían tenido la última discusión! Sus mentes estaban fatigadas, sus vidas aparentemente colmadas se movían con la inercia de la rutina hasta que un día uno de los dos al más mínimo esfuerzo se rompiera de forma inesperada: las malditas omisiones, los enfados no curados, las palabras no pronunciadas, los pensamientos no contados eran esas heridas del tiempo que producían el desgaste que describía perfectamente el arquitecto americano. Se echó las manos a la cabeza y apoyó los codos sobre la mesa de su despacho. Tenía que hacer algo, tantos años restaurando viejos edificios y ahora ¿no iba a poder arreglar su propia vida? Pensó que como quería a su mujer y no se hacía una vida sin ella debía tomar una determinación cuanto antes.   En aquel punto de la narración se me echó a reír, deduje entonces para mi tranquilidad que aquello que me estaba relatando podía  tener pintas de historia con final feliz. Prosiguió, me contó que esa misma tarde salió antes del trabajo, se fue a la floristería de la esquina y encargó un ramo de dos docenas de rosas rojas,  sin perder un instante se las envío a su mujer pero optó por algo que a mí me sonó a idea estrambótica, omitió el remite y adjuntó en su lugar un “Alguien que te desea”. Me explicó algo avergonzado que si le decía que era él, su mujer pensaría que se había vuelto loco, yo no hice comentario alguno, asentí intentando mostrar normalidad y seguí escuchando a mi amigo, pensando que definitivamente se había vuelto loco. Más tarde, me confesó, comenzó a escribirle cartas de amor, las cartas de amor más ardientes que jamás ningún hombre se hubiera atrevido a escribir a una mujer y puedo dar fe de ello por el par de frases que me refirió, porque eso sí, se las sabía de memoria. La cosa es que cuanto más feliz veía a su mujer a más se atrevía mi amigo. Y fueron primero rosas, luego cartas, más tarde bombones y después algún que otro regalo lo que aquel misterioso admirador secreto enviaba por correo ordinario a su amada, un admirador que no escatimaba en gastos, generoso como él solo, caballero, romántico, apuesto y con un  gusto exquisito por supuesto, bueno, ¡qué decir de él!, ¡alguien perfecto!

 

 

Y mi amigo comenzó a observar en su mujer que en su felicidad, sonreía, estaba siempre de mejor humor, se arreglaba más, hablaba más con él y ya no inventaba excusas para sentarse en el sofá por las noches, algo que verdaderamente le preocupó porque no notaba en ella atisbo alguno de culpabilidad sino todo lo contrario. Aquel descubrimiento le dejó sin sueño una noche y la siguiente también y fue cuando se planteó no sólo la preocupante ausencia de culpa en su mujer sino algo peor, pudiera ser que María algún día descubriera que el maravilloso admirador resultara ser su aburrido marido. Eso sí que le preocupó hasta tal punto que decidió buscar una solución al problema que él mismo había creado. Al día siguiente le escribió una carta explicándole que debía viajar lejos por motivos de trabajo y ya probablemente no la volvería a ver más y tanta tristeza le causó dejar a su mujer sin su perfecto admirador que antes de terminar la carta se le ocurrió citarla en un restaurante de la ciudad con el fin de despedirse de ella.

 

 

Aquella noche la vio arreglarse, más de lo habitual y él argumentando que tenía reunión, se colocó el traje, la mejor colonia y salió pitando de su casa.  Un rato después, en el restaurante, comenzó a estudiar lo que iba a decir a María, nada era válido para justificarse, nada, y sin embargo a pesar de haberle mentido por su cabeza aún rondaba aquella falta de culpa que manifestaba impunemente su mujer pero prometió no echarle en cara nada porque tampoco estaba el horno para bollos. Consultó el reloj de nuevo y justo en ese momento apareció ella, la vio hablar con el maître y a continuación encaminarse hacia su mesa. Mi amigo para proteger su identidad inconscientemente se había valido de la carta y al notar su presencia, no le quedó otra que levantar la mirada con vergüenza farfullando un compungido “Lo siento”.

 

 

– ¿Lo sientes? – preguntó sin perder la sonrisa.

 

 

Mi amigo se quedó mudo en aquel instante.

 

 

– Supe que eras tú, desde el principio – añadió ella con calma – ¡Pero si te reconocí en la primera carta!

 

 

– ¿Y no te enfadas?

 

 

– ¿Enfadarme yo, cariño? Es el mejor regalo que me has hecho desde que nos casamos.

 

 

Y sin decir más se le acercó y le besó en los labios.

 

 

Mi amigo sonrió y me miró esperando una respuesta. Tras darle el último trago a mi cerveza asentí  varias veces, pensé aún impresionado que nadie, nadie mejor que mi amigo, había entendido el fabuloso significado de la conocida  “fatiga de los metales”.

 

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