El legado de Mr. Bellow (1)

Por Coradino Vega.

 

El nuevo niño empieza  a sentarse y darse cuenta de las cosas. Parece tener sentido del humor. Tras sobrevivir al trauma del nacimiento le parece que la vida es cosa de risa.

 

Carta dirigida a Ralph Ellison. Mineápolis, 27 de mayo de 1957

 

 

A los ocho años de edad, Saul Bellow fue ingresado en un hospital infantil protestante. Cada mañana veía cómo las enfermeras deshacían alguna cama vecina para poner sábanas nuevas. Sus padres sólo podían visitarle una vez por semana. Le dieron un Nuevo Testamento que le iluminó e indignó al mismo tiempo. Sobrevivió. Y a partir de ese momento, sintió que había logrado un triunfo, pero también que había contraído la deuda de rendir cuentas a algún tipo de entidad metafísica. Debía mostrarse digno de quien había autorizado eso. Podría haberse achantado, aprovechar la solicitud hacia el niño convaleciente y convertirse en un mequetrefe mimado. Decidió sin embargo robustecerse, llevando cubos de carbón con los brazos extendidos como había leído en un manual escrito por un entrenador de fútbol americano. Empezó la insaciable lucha de formación personal y corrección permanente que caracterizaría toda su vida. Al contrario de Proust, que contrajo un resfriado de joven que le duró siempre, Bellow concluyó que la mejor manera de responder a ese privilegio era tomárselo todo con una “arrolladora vitalidad” y una “alegría desbordante”[1].  

 

Puede que ahí radique el origen del carácter afirmativo, optimista, vigoroso y zumbón que se desparrama por las 708 cartas reunidas por Benjamin Taylor, editadas ahora en España por Alfabia, y que van desde 1932 a 2005. Estas Cartas son todo un acontecimiento para los seguidores de Bellow, pero también para cualquiera que quiera conocer quién fue ese titán de la literatura norteamericana del siglo XX que lo mismo escribió sobreabundantes novelas torrenciales y artículos o relatos de una inteligencia chisposa y ácida; que viajó por medio mundo sin dejar de sentirse nunca un judío laico de Chicago; que se casó y divorció casi compulsivamente; que tuvo cuatro hijos con cuatro mujeres diferentes; que no se cansó de pleitear contra colegas, críticos y abogados; que discutió y se reconcilió con la mayoría de sus viejos amigos; que se dejó las manos arreglando las múltiples casas en las que vivió a lo largo de su longeva e intensa vida; que llevó toda esa experiencia inmediata a su literatura con una rapidez y un brío cuando menos problemáticos. Y todo, absolutamente todo, pareció hacerlo con una energía inabordable.  

  

Aunque el propio Bellow declarase a menudo socarrón que siempre fue un mal correspondiente, sus cartas se nos antojan como la autobiografía que nunca escribió explícitamente. Su exuberancia inunda esta ambiciosa colección como un tsunami. El efecto que provocan en el lector es de un vitalismo vigorizante. Como los torbellinos mentales de su personaje de ficción Moses Herzog, que escribía cartas a todo el mundo (desde su exesposa hasta Dios), este libro que se lee como una novela es el mejor legado que nos pudo dejar la cabeza en constante ebullición del excesivo e inconmensurable Saul Bellow.

 

Continuará…

 

 

Saul Bellow: Cartas, Alfabia, Barcelona, 2011. Trad. Daniel Gascón. 719 págs.


[1] Esto lo relata él mismo en una entrevista publicada por Bostoniana, en 1990, que aparece en Todo cuenta. Del pasado remoto al futuro incierto (pp.362-364), volumen de artículos, conferencias, discurso del Nobel y conversaciones, publicado por Debolsillo en 2007. Por otro lado, todas las citas no especificadas a pie de página corresponderán a las Cartas.

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