Cómo “comunicar” una novela

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PortadaPor FERNANDO J. LÓPEZ. En uno de los primeros artículos que publiqué en este blog, alguien me sugirió en los comentarios que dedicara un texto a las labores que exige el proceso de difusión y promoción de una novela. ¿Qué se debe hacer?, me preguntaban y he decidido afrontar ese tema precisamente ahora, aprovechando que estoy inmerso en la promoción de mi último libro, Las vidas que inventamos (Espasa) y que se avecina la campaña de comunicación del siguiente, El reino de las Tres Lunas (Alfaguara Juvenil).

¿Cómo se comunica un libro? Ojalá hubiese un manual pero, lamentablemente, ni existe ni es probable que lleguemos nunca tener una respuesta infalible. Lo que sí tengo claro es que, actualmente, es necesario que el autor tenga una presencia y un papel muy proactivo en esa acción, pues de otro modo su título se convertirá en otra de las decenas de novedades que llenan cada semana nuestras librerías.

No es fácil para una editorial hacer un seguimiento exhaustivo de todos sus lanzamientos, así que el escritor debe asumir que su labor no acaba cuando termina su obra sino, seguramente, tan solo acaba de empezar. Porque ahora es necesario conseguir que se despierte el interés de quien vaya a leerla. De quien queremos -por mucho que resulte muy snob y muy cool, fingir que no es así- que nos lea.

Por supuesto que podemos mantenernos al margen, adoptar una postura torremarfilista y fingir que nos da igual ser leídos, que no escribimos con intención de comunicarnos con nadie y que, por tanto, nos es indiferente la suerte que corra nuestro libro. Pero si nuestra actitud es más honesta y, sobre todo, más natural, nos esforzaremos para acercarnos a los lectores, con el deseo de que nuestra propuesta llegue hasta sus manos y, sobre todo, hasta sus emociones.

La distribución tampoco será una cuestión sencilla, pues nuestra novedad se encontrará por el camino con más de un título de autores televisivos, consagrados, famosos, mediáticos y con una dimensión comunicativa que nuestro nombre no presenta. Así pues, los segundos de televisión que nosotros no tendremos deberemos suplirlos con otras tácticas y, sobre todo, con otras ideas.

En mi caso, creo que la clave de que mi primera novela –La edad de la ira– funcionara como lo hizo y de que la segunda –Las vidas que inventamos– haya arrancado tan bien, se encuentra en internet. Los novelistas de hoy contamos con un enorme potencial en la red para llegar a nuestros lectores y, más aún, para intercambiar opiniones y experiencias con todos ellos. Foros, blogs literarios, Twitter, Facebook… Hay  un sinfín de formas de dar a conocer nuestro trabajo y, sobre todo, de obtener un enriquecedor feed-back por parte de quienes nos leen. Evidentemente, es necesario frenar las ansias ombliguistas y evitar que nuestras redes sociales se conviertan en un continuo anuncio, pero si combinamos la información sobre nuestro trabajo con otro tipo de datos, opiniones o vivencias sí que lograremos que nuestro mundo pueda ser de interés para un posible lector que desee saber más sobre qué es exactamente lo que escribimos.

Y claro que hay que hacer un buen dossier de prensa, y enviarlo a cuanto suplemento y revista cultural se nos ocurra, y a cuanto programa de radio y de televisión consideremos oportuno y… Pero además de ese envío, de la llamada para confirmar que llegó el envío, de la llamada para preguntar si habrá entrevista o reseña para el envío y de la decepción cuando descubramos que no había hueco -en gran parte de los casos, para nosotros-, podemos pensar en otro tipo de fuentes donde, ahora mismo, se mueve una visión mucho más libre y menos controlada de la literatura: los blogs de lectores.

Los hay de todos los gustos, formas, diseños y calidades, pero -en general- estos blogs de libros son espacios que se caracterizan por dos cuestiones: la libertad absoluta de sus autores y la (sana) influencia que tienen en quienes los leen, pues estos saben que se pueden fiar de la honestidad de quien escribe cada reseña. No sé qué haríamos los nuevos autores sin estos espacios (no cito nombres para no olvidarme de ninguno: son muchos los que sigo como novelista y como lector), lugares donde sus creadores acogen cada novedad con una curiosidad que no tiene nada que ver con el toque rancio de ciertas publicaciones o con el afán elitista y snob de otras. Y lo mejor es que sus autores no trabajan en ellos más que como parte de una pasión absolutamente vocacional: la pasión -el amor- por los libros.

Y, en cuanto a redes sociales, nada como Twitter para intercambiar ideas y opiniones. Eso sí, siempre que lo entendamos como un diálogo, y no como un monólogo donde convertimos nuestro anuncio en un molesto spam (que también los hay… y muchos) o donde jamás interactuamos con quienes nos responden o siguen. Para eso es mejor buscar otro tipo de resortes más convencionales, pues Twitter no tiene sentido alguno si no es como instrumento de diálogo y debate, de modo que es necesario que dotemos nuestros mensajes de contenido y, sobre todo, que no aparezcamos y desaparezcamos con un mero afán comercial. Yo, desde luego, no sigo a aquellos que jamás tienen nada que decir que no sea una autoventa y, sin embargo, me intereso mucho por los trabajos -literarios, cinematográficos, musicales…- de aquellas personas a quienes leo y que alternan sus proyectos profesionales con sus opiniones o su visión del mundo.

Por último, también es importante acercar la novela al lector más allá de la pantalla o del propio libro. Vivimos en un tiempo en el que se valora la cercanía y donde se busca la proximidad de aquellos a quienes nos gusta leer o a quienes seguimos por algún tipo de interés cultural. Puede que esto espante a los adictos al aislamiento y a los defensores de la literatura como un ejercicio minoritario y apartado del mundo. En mi caso, sin embargo, disfruto enormemente cada firma, cada coloquio, cada presentación, cada cita en un club de lectura… Es raro que diga que no -salvo que la agenda me lo impida- y es siempre un sano ejercicio tanto de aprendizaje como, en ocasiones, de realidad. Desde la sala abarrotada de amigos y conocidos que han venido a apoyarnos hasta la presentación semivacía en la que volvemos a poner los pies en la tierra y bajamos de ese peligroso Parnaso en el que podríamos morir de un ego innecesario.

A mí, de momento, en la campaña de Las vidas que inventamos me espera la presentación de este sábado 16 de febrero en Granada, la del sábado 23 en Barcelona y la del miércoles 27 en Valencia. Y sé que va a ser un mes agotador. Y que me va a costar compaginar viajes y clases. Y que cuando acabe febrero estaré, sencillamente, exhausto. Pero también sé cuánto me emociona viajar con mis personajes en la maleta y con qué ganas voy a afrontar cada uno de esos actos. Porque, a fin de cuentas, no hay mejor regalo para un escritor que el tiempo que nos da alguien que lee nuestros libros. Y ese tiempo -y esa generosidad- lo compensa todo. Hasta la promoción…

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