Kahnweiler un testigo de la vanguardia

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Mario S. Arsenal

 

Daniel-Henry Kahnweiler, El camino hacia el cubismo

Barcelona, Acantilado, 2013, 96 pp., 12 euros.

ISBN 9788415689379

 

Kahnweiler (copertina)

Un momento sin precedentes en la historia del arte; un testigo de excepción; una sensibilidad sólo patrimonio de quienes aman el arte; un texto sincero y maravilloso, dulce y único, serio, amable y preciso: prodesse et delectare.

 

Éstas son las claves para entender la irrupción que supuso en la historia del arte de vanguardia El camino hacia el cubismo (Acantilado, 2013), firmado por uno de los más cabales e inteligentes protagonistas de dicho movimiento artístico, Daniel-Henry Kahnweiler (1884-1979). Marchante, asesor, consejero, galerista y –sobre todo, lo más importante– compañero de esos artistas que quisieron y consiguieron abrazar la contemporaneidad a través de una absoluta ruptura conceptual con el arte figurativo precedente, Kahnweiler se erigió en máximo valedor del nuevo arte propiciando la visibilidad de una nueva estética y concibiéndola así con el ojo clínico de un cirujano y el corazón propio de un niño.

 

En este pequeño y poderoso panfleto Kahnweiler desarrolla una serie de términos esenciales para comprender de primera mano el misterio de la nueva pintura, el enigma que se esconde detrás del cubismo, la esencia que motivó tan radical cambio en la forma de entender el arte y la vida. Nociones como las de lirismo, representación y construcción constituyeron los ejes fundamentales sobre los que giró el texto. Así con todo, el lirismo al que se refiere, entendido como un profundo sentido pictórico de las formas visuales, no como un rastro de sentimentalismo literario, y encarnado en la figura paterna de Cézanne y después en Derain, será el punto de partida, el contraste ideal y terminológico sobre el que, tanto representación como construcción, pugnarán por la primacía artística siendo todos ellos elementos de enriquecimiento y debate para los artistas y sus marchantes.

 

El caso de nuestro protagonista es singular, puesto que no sólo se dedicó a coleccionar arte contemporáneo (sus padres, duchos negociantes en oro y diamantes, albergaron la malograda esperanza de que su hijo se dedicara a la pintura consagrada; para ello le pusieron en contacto con un famoso comerciante de pintura del siglo XVIII para lo que fue inútil todo tipo de empeño: Kahnweiler rechazó la propuesta decantándose a favor del arte contemporáneo), montar exposiciones, apadrinar el arte de los grandes artistas de su tiempo o crear una galería de arte. Kahnweiler fue un personaje agudo y sagaz, tuvo la virtud y el instinto necesario para descubrir a tiempo que algo importante se estaba gestando, y además decidió recorrer el camino junto a sus pintores predilectos. Baste recordar aquí que pocos como él hablaban con sus artistas sobre ellos mismos y sus obras, lo que denota a un mismo tiempo su impulso sincero hacia el arte de vanguardia y una inquietud latente por su complejo mecanismo, que se traducen y traslucen a la perfección en un texto como este. No es baladí que Acantilado esté preparando una edición del libro que le dedicó a Juan Gris, muestra definitiva del elevado afecto y honda intimidad que llegó a profesar con algunos representados de su galería.

 

Todo empezó en el verano de 1907 y su primer encuentro con Picasso. En el estudio de la calle Ravignan vio por primera vez un cuadro que le inquietó mucho. Eran Les demoiselles d’Avignon y se dio cuenta ipso facto del valor de la tela. Según palabras de Apollinaire, mientras que a Braque le parecía como si Picasso hubiera ingerido petróleo y escupido fuego para crear esta obra, y Derain decía que un día encontrarían al pintor colgado detrás del cuadro debido a lo desesperado de la empresa, Kahnweiler fue capaz de avistar a lo lejos el nuevo horizonte de esa genial locura y empezó a hacerse con obras de todos ellos. En 1908 organizó una exposición con las piezas que fueron desestimadas en el Salón de Otoño de París, acudió a Apollinaire y a sus dotes literarias para que hiciera el texto del catálogo y, a continuación, entre los más aclamados críticos del momento que se dieron cita en la calle Vignon, emergió la figura de Louis Vauxcelles (tan influyente como obtuso a la novedad), quien acuñaría más tarde el término cubismo como referencia fundamental para el resto de la historiografía del arte.

 

Poco después de este feliz suceso, Kahnweiler sería expulsado de París debido a la explosión de la Gran Guerra y su nacionalidad alemana. Despojado de sus bienes, y tras la flagrante venta en 1921 de su colección salida a subasta pública, se dedicó a escribir ensayos para revistas de estética, casi todos ellos inéditos. Un ejemplo de esa magna labor la tienen ahora ustedes en esta delicada edición en castellano. Un lujo de entretenimiento, un placer de lectura, un privilegio de documento.

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