Vocación, Roberto Osa.

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Vocación

Roberto Osa

 

 

Nos sentamos uno a cada lado del fuego. La redactora revisaba sus notas
mientras yo me rascaba la barba y miraba las ascuas. Ella quería saber, estaba muy
interesada en qué era lo que, a pesar de mi avanzada edad, me hacía seguir tocando la
batería. Yo observaba la madera rojiza, casi hipnotizado. El fuego me hizo recordar los
tiempos de chimenea y corral de mi infancia.

Aquellas tardes invernales del pueblo eran siempre todas iguales. Los días que iba
al colegio, me tocaba volver corriendo para encender la lumbre. Entonces yo no era
más que el hijo de un labriego de rostro ajado, que volvía a casa tras la tosca jornada de
terrones y desalientos oliendo a frío y a ventisca.
A mi padre no le gustaba encontrarse la chimenea muerta.
Yo recogía del corral unos troncos de carrasca, los agrupaba en el fogón con un
buen puñado de pinillo debajo y, con la cerilla que me dejaba mi padre, encendía el
fuego a la primera. Cuando la lumbre despertaba y las llamas empezaban a lamer los
leños, salía al corral y me sentaba en el suelo a esperar la llegada de mi padre.
Desde que se nos murió la última gallina, el corral era un cementerio. Allí pasaba
el tiempo pensando en los ñus, unos verracos cornudos que vi en un cine ambulante
que estuvo en el pueblo; la única película que había visto. Me gustaban los ñus por el
jaleo que montaban al huir de los leones; corrían en tromba, haciendo bramar la tierra
con las pezuñas.
En el corral, raro era el día que no venía algún grajo a posarse en el castaño. Yo
los aguardaba con un peñasco en la mano por si se presentaban dando aletazos al
esqueleto del árbol. Me sudaba la palma con la que agarraba la piedra, estaba ávido de

acción. Pero el castaño, aquel montón de astillas, permanecía huérfano de grajos
mientras yo cascaba el pedrusco contra el suelo hasta que lo dejaba sin aristas.

Me asomé a la calle por el quicio del portón, a ver si mi padre se presentaba con
las alforjas al hombro. Fuera, silbaba el aire al colarse por las rendijas de la casa de
Eleuterio. Miré a ambos lados. Lo único que vi fue una mata de ortigas que mecía el
viento. Desde el interior de la casa de Eleuterio se oyó ladrar al perro. La calle era un
fantasma olvidado.
Volví al corral. Aún no era del todo de noche y pensé que tendría tiempo de ir a
ver el bidón del agua llovida. Necesitaba ponerme de puntillas para ver por dónde
llegaba el nivel del agua. Reconocía en el reflejo mi flequillo recto y el centelleo de los
dientes aún de leche. Cuando me cansaba de mirarme, cogía una rama del montón de
leña y me recreaba golpeando el metal opaco que guardaba el agua del canalón, que a
base de porrazos transmitía un sonido pardo, anegando el silencio de aquellas tardes
muertas. A veces, el perro de Eleuterio contestaba a mi llamada con un par de ladridos
dudosos, lo que hacía que yo me inflamase y batiera el bidón con más fuerza y más
rápido, imitando el trotar de los ñus en su grotesca estampida hacia la supervivencia.
El perro no volvía a contestar.
Derrotado, regresé dentro. El fuego estaba pidiendo de comer. Embrollé las
ascuas para avivar los tímidos tizones que estaban a punto de apagarse. Le eché dos
tarugos de carrasca y al momento la lumbre petardeó con alegría.

El sonido de unos golpes de bastón atravesó el corral. Tras un silencio, volvieron
a clavarse sobre la madera del portón. Yo no apartaba los ojos de la lumbre. Los
persistentes garrotazos retumbaban en el porche, cada vez más enérgicos y ásperos.
Salí al corral tembloroso; por la rendija del suelo se dibujaban manchas que podían ser
pies o patas. Patas de ñus, pensé.
Y los golpes retornaron otra vez, haciendo temblar el portón, como si los verracos
trotaran por la madera. Cesaron los porrazos y por fin oí una voz al otro lado: era
Eleuterio. Me apresuré a abrir.

El viejo tenía el rostro más cuarteado que de costumbre. El aire hacía remolinos 

de polvo en la calle. Fue una noche de ventolera y tormenta, los almendros del camino
parecía que iban a romperse. En su casa, me dio un mendrugo de queso con pan. Por
esa noche, Eleuterio y su perro me harían compañía. Me contó que aquella tarde
muerta, tan muerta como todas las demás, mi padre había ido a comprarme un
tambor.

Roberto Osa (Cuenca, 1981) trabaja desde hace años en la realización de programas de televisión. Además, es alumno del Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores de Madrid.

 

 

 

 

Una respuesta a Vocación, Roberto Osa.

  1. Siempre es bonito y gratificante volver al auténtico sabor rural, y a sus sonidos, y sus olores, y a sus paisajes; más, cuando el ajetreo y la locura de la ciudad te hacen sentir el pueblo y sus pequeños momentos cada vez más lejos.
    Gracias por la breve translación en el espacio y el tiempo, y enhorabuena Rober! 🙂

    Patricia Franchini
    3 mayo 2013 at 17:16 pm

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