Elogio de lo cotidiano

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Por Ricardo Martínez.

 

Tzvetan Todorov: Elogio de lo cotidiano

Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2013

ISBN: 9788481098693

 

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Hubo un tiempo en que el tema religioso primaba en la pintura europea y americana (sobre todo en Hispanoamérica). Ello se debía no tanto a la fe que, en mas o en menos, pudieran profesar los pintores como al hecho de que la Iglesia, como ejercicio propio de la manifestación de sus credo y de sus intereses (su poder sí es, también, de este mundo), era quien encargaba el trabajo a los  pìntores. Y les pagaba.

 

El resultado, si bien de elevado nivel artístico, resultaba a la vez (o podía resultar) un tanto lúgubre por el tema y por su implícito efecto deliberado sobre el espíritu emocional del espectador. Una visión que, hacia el siglo XVI, un siglo culturalmente defensor y propiciador de los viajes de exploración, de la observación de la naturaleza y de la aventura hacia lo nuevo y desconocido resultaba, cuando menos, impropio.

 

Fue, al parecer, Guillermo de Orange quien dio orden de un cambio de actitud, de temáticas. Así, a través de encargos y haciendo gala de los buenos resultados del comercio, invitó al cultivo de temas más próximos a la realidad cotidiana: los temas pictóricos, pensaba,  habrían de ser más profanos, más luminosos; menos constriñentes o amenazadores como, en muchos casos, cultivaba la temática religiosa.

 

El propio Todorov, este eminente socio-antropólogo-filósofo lo expone de una manera muy clara: “Recordemos otra forma de interpretación, perfectamente legítima en el caso de la pintura holandesa del siglo XVII: la que se pregunta por el sentido genérico, o típico, de la escena representada. Las actividades domésticas evocan las virtudes de la dedicación, del trabajo, del cumplimiento del deber y los juegos, la bebida y las escenas de burdel ilustran diferentes formas de disipación” El mismo credo religioso, sin duda, había cambiado.

 

Tal es el motivo esencial de que trata el libro: analizar, a través de magníficos ejemplos de la pintura de la época, la fuerza innovadora y la expresión de una forma de vivir en una sociedad ya no condicionada por la religión, y sí por los bienes materiales. Es así que, en hermosas láminas, podemos encontrar en el libro ejemplos de la obra de Rembrandt, Vermeer, Metsu (una grata sorpresa), Frans Hals o De Hooch. Se estudian, analizan e interpretan las imágenes con un cuidado y una capacidad obervadora extraordinarias,  de tal modo que lo aprendido de ello resulta muy revelador y didáctico.

 

Un libro, pues, si bien breve, hermoso y representativo de la época citada, y ello tal vez porque “En general, a las personas representadas en los cuadros holandeses del siglo XVII parece gustarles lo que hacen. Pero sobre todo a los pintores parece gustarles las personas a las que pintan y el mundo material que las rodea”.

 

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