NO HAY QUE POR BIEN NO VENGA

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la-última-cena-300x300Por OSCAR M. PRIETO. En el nº 8 de la Avenida de Séneca, todos teníamos un casillero con el número de nuestra habitación. Cada mañana, al volver de la Facultad –quien hubiera ido a la Facultad- o al bajar a comer –algunos recién levantados-, como un gesto adquirido, mirábamos por encima del mostrador de madera si teníamos algo en el casillero. Y si lo teníamos, saltábamos a por la carta que nos esperaba, con la misma ilusión con la que un niño sigue recibiendo, la Noche de Reyes, los regalos, que no son otra cosa que la respuesta a la carta que el niño había escrito a Sus Majestades los Magos de Oriente.

Si bien he de confesar, que no podría definir qué es la felicidad, sí que puedo afirmar, que reconozco al vuelo los instantes, por pequeños que sean, en los que me siento feliz. Uno de ellos era, este: reconocer, en la caligrafía, a la persona que, unos días antes de que yo recibiera su carta (sin precisar con exactitud el día, pues Correos, por aquel entonces, recordad, era más bien impredecible en su servicio…), había pensado en mí y dedicado parte de su tiempo a sentarse delante del papel a escribirme y contarme.

Igual que las huellas dactilares nos diferencian como únicos, también es única la caligrafía, con la que los demás escriben nuestros nombres. Nadie escribe nuestro nombre completo, en un sobre, igual que ningún otro. Hoy en día, sin embargo, tristemente, no podríamos reconocer por la letra ni siquiera a muchos amigos, tristemente, hoy en día, hemos perdido mucho de ese sentido que encierra y revela, al mismo tiempo, la caligrafía, que aunque la hayamos aprendido con renglones, también nos diferencia y en la diferencia (ya sea por el trazado de las “eses” o por el tamaño de los puntos que coronan “íes” y “jotas”), también nos rebelamos contra la uniformidad, nos revelamos especiales y únicos y también irrepetibles.

Cuando comencé con esta Caja de los martes, compartí con vosotros el inventario de una caja. En esa caja aparecieron:

.- Nueve cartas, todas dirigidas a la dirección de la Avenida de Séneca.

Y lo cierto es que mi relación con las cartas me viene de muchos años antes. De tanto tiempo atrás, que todavía estaba aprendiendo a leer por “la cartilla”, aprendiendo a escribir guiado por los mismos “renglones” de los que hablaba antes.

La primera carta que recibí fue del Ratoncito Pérez. Por suerte, la conservo, como un tesoro.  Se me había caído un diente. A la mañana siguiente, al despertar, me encontré bajo mi almohada, una carta suya. Me decía que una gran tormenta le había impedido visitarme. Que no me preocupara. Que pronto llegaría. No me engañó. Me visitó la noche siguiente, mientras yo dormía.

Avanzando en el tiempo, ya con los dientes de verdad, ávidos por morder, recibía las cartas de las asturianas –qué guapas han sido siempre las asturianas!- que habían pasado el verano en mi pueblo… ah, la adolescencia…. Qué bonito y qué nuevo y qué incomprensible –ni falta que hacía- era todo…. qué afán por descubrir ese nuevo continente de la vida….

Luego, llegarían otras cartas. Las que me reconfortaban mucho más que el fuego en la chimenea, las cartas de mi exilio de Londres. Estaba tan lejos y había tanta niebla y, además, cuando el metro se detenía en alguna estación y decían algo por megafonía y yo no entendía nada, pero todo el mundo se bajaban del vagón… (una vez se bajaron porque el IRA había puesto una bomba….),  aquellas cartas que recibía en la pérfida Albión eran como un sol, como el sol que venía a iluminar aquellos días en los que pasaban semanas sin salir el sol. Las leía una y otra vez. Cada vez que las leía, ya de memoria, era feliz.

Y qué os voy a decir de aquellas otras cartas, las de amor, las que me descubrieron a Lope y a Quevedo y los otros poetas –los mismos que todavía hoy siguen conmigo-. Probablemente, de no ser por aquellas cartas, yo no les hubiera conocido. Al principio, esas cartas de amor eran terribles, puro plagio…. poco a poco, con la práctica –abusando de mi corazón- fui intercalando, entre versos suyos, frases mías. Y sí, así comencé a escribir (iba a decir: “así aprendí a escribir”. Pero lo he pensado mejor y a tiempo he rectificado el verbo).

También en ese inventario, en la misma caja, me encontré:

.- Un trozo de barra de lacre color sangre (Qué trágica es la juventud).

Y el caso es, que quizás sea cierto que no “hay mal que por bien no venga” (aunque ahora mismo al escribir, dudaba si era al revés: “que no hay bien que por mal no venga”). Digo esto enlazando con La Caja del pasado martes:

“El poder escucha y nosotros hablamos demasiado, pues si es difícil descubrir un secreto, es mucho más difícil guardarlo. Pero como de todo debemos intentar extraer lo positivo, también de este celo de los poderosos y de sus servicios secretos por conocer nuestras conversaciones y correos podemos deducir una interesante conclusión que, de llevarla a la práctica, sería enormemente beneficiosa para nosotros”.

Daría por bueno que los gobiernos de este mundo nuestro se dedicaran a espiarnos, a meter las narices en nuestros correos electrónicos, a tomar nota de las fotografías que colgamos en facebook, si esta imperdonable (y también comprensible, si queremos comprender la esencia inevitable del poder) intromisión en nuestras privadas vidas, nos sirviera para recuperar la preciosa y milenaria costumbre de escribirnos cartas.

Incluso, contando las mismas anécdotas que nos han sucedido, incluso declarando igual de eterno nuestro amor y describiendo igual los dientes de la amada como perlas,…. Un correo electrónico no resiste la comparación con enviar una carta. Aunque en uno y en la otra digamos lo mismo. No la resiste, de entrada porque escribir una carta supone despejar la mesa, limpia ya de todo, poner sobre la mesa el folio o la cuartilla inmaculado, pensar, recordar, imaginar la cara de la persona a quien va dirigida, trazar su nombre con nuestras propias manos –la caligrafía…-, quiero decir, no hay comparación, entre otras razones porque, así como si escribes un correo electrónico es fácil borrar si te equivocas, si te arrepientes, no pasa lo mismo cuando escribes una carta (no se puede dar a la tecla de borrar) y aunque sólo fuera por esto, te piensas mejor cada palabra. No hay comparación. No la hay, menos todavía cuando has terminado de escribir. Porque el correo electrónico se termina ahí, pero la carta sigue. La carta todavía hay que doblarla y no vale doblarla de cualquier manera. La carta sigue, porque la carta hay que meterla en un sobre (… y el sobre depende de la intención y del destinatario….), y el sobre hay que cerrarlo, con la propia saliva y además, cerrado ya, hay que escribir su nombre y también la calle y la casa en la que vive (cuando estaba en Londres, me emocionaba terminar de escribir así, al final de todo: España). Y no acaba aquí, todavía tienes que ir a un estanco a comprar el sello o ya has ido a comprar el sello al estanco. Y, por último, no por último menos importante, …, aunque sólo fuera por esto, el correo electrónico no resiste la comparación con una carta, desde el momento en que el correo sólo necesita de dar a una tecla para enviarlo, mientras que la carta te concede el tiempo para arrepentirte, al menos hasta el día siguiente. Despiertas, te encuentras con el sobre cerrado sobre la mesa, puedes decidir si de verdad quieres echarla en el buzón o -¡menos mal!- se trataba tan sólo de un calentón, de un arrebato de sinceridad, de la soledad.

Así que no puedo menos que alegrarme por saberme espiado, por la noticia de que los gobiernos acceden sin pudor a nuestros correos electrónicos, no puedo menos que alegrarme si esta sinvergonzonería me sirve para volver a escribir cartas.

Por ir terminando, aunque todo esto suene a sentimental y a la nostalgia de un tiempo que nunca volverá (qué también), no quita recordar que la Déclaration des droits de l’homme et du citoyen, aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente Francesa, el 26 de agosto, de 1789, declara, como Derecho Humano, la inviolabilidad de la correspondencia.

Parafraseando a Unamuno: ¡Qué espíen ellos!

¡Nosotros escribimos cartas!

Salud

 

Ps: Consciente de que algunos de vosotros pensaréis que me he extendido demasiado en esta Caja, para vuestro alivio os diré que, aprovechando que los niños empiezan sus vacaciones de verano el día 21, también yo (“culo veo, culo quiero”) os doy las vacaciones y vuelvo a cerrar la caja, a guardarla bajo la cama y… ya veremos si en Septiembre la volvemos a abrir. Han sido un placer estos 26 martes que he compartido con vosotros, con más o menos discernimiento, personalmente, para mí, esta Caja inventada, ha supuesto la ocasión de estar y sentirme más cerca de vosotros (quienes seáis vosotros!) y os doy las gracias.

Salud

Ps2: No olvidéis que el martes es el día dedicado a Marte, dios de la guerra. Quizás sea el momento de dejar las palabras, de dejar de ser neutrales, como dijo el poeta, y enfangarnos….

ps3:

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