¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista

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Por Ana March. A pesar de los avances en materia de derechos, el camino de las mujeres hacia su propia autonomía se ha convertido en un laberinto plagado de obstáculos que continuamente la amenazan con desviarla y reconducirla hacia la mujer por siempre repetida. El peligro acecha en los estereotipos y clichés que dispersa como esporas la eclosión del consumo y la cultura de masas, los eufemismos de un nuevo discurso sexual y sentimental sin que hayan variado proporcionalmente las expectativas y los valores amorosos de antaño y, sobre todo, una relación que en nada se parece al paraíso de realización personal que se presuponía, entre el trabajo y la vida familiar. Para la inmensa mayoría de mujeres que apuestan por vivir la maternidad, la experiencia de ser madres en un mundo individualista se les presenta como un juego de equilibrios en el que es imposible no terminar dando de bruces contra el suelo.

 

Es evidente que la lucha por la causa de la mujer, si bien se ha dispersado en una heterogénea cantidad de frentes, se sigue librando en una encarnizada batalla cuerpo a cuerpo. Y nada mejor que volver a la fuente, al origen donde se fraguó la desazón primigenia, para comprobarlo.

 

 

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El hogar. Esa olla a presión

Corrían los años cincuenta y los hogares de los países industrializados eran ollas a presión donde a fuego lento las amas de casa cocinaban un malestar indefinible, una compresión de angustia y aislamiento. Una fuerza proporcional al vacío de su existencia estaba pronta a estallar. No es sino hasta 1963 que el éxito editorial de Betty Friedman y su libro ‘Mística de la feminidad’ hace saltar por los aires la situación, poniendo en relieve que el ideal de princesa de hogar ya no provocaba un suspiro general. En la prensa comienzan a multiplicarse los artículos que evocan la insatisfacción de la mujer de interior, la monotonía de su vida, y aumentan exponencialmente las denuncias y se radicalizan a través de las nuevas corrientes feministas.

¿Qué pasaría si pusiésemos hoy un barómetro dentro de las casas? Comprobaríamos que la presión, lejos de haberse disipado ha seguido en aumento, solo que ahora no son solo las mujeres quienes la experimentan. Tener un hijo y criarlo en una sociedad individualista es luchar  a contracorriente. Un buen indicador de esto es la avalancha de libros de autoayuda para la crianza, guías y revistas para padres, la desproporcionada cantidad de blogs dedicados a este tema o las series televisivas tipo Super Nany, que si bien no apuntan directo a la diana del problema, están repletas de consejos de “expertos” que no son más que soplidos para enfriar una situación que tarde o temprano terminará por estallar y convertirse necesariamente en diálogo social.

Sobre esta crucial necesidad de poner en relieve la situación de las familias hoy, y denunciar el fuego cruzado que mantienen sobre ella los expertos, la filósofa Carolina del Olmo ha escrito ‘¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista’ (Clave Intelectual, 2013) un libro que no pretende quitar hierro al asunto con consejos más o menos útiles sobre cómo sobrellevar mejor  la crianza, sino que abre el espectro a un marco más amplio, a lo que acontece con los cuidados mutuos en un mundo donde prolifera la individualidad y el hedonismo, poniendo el dedo en la llaga sobre el gran malestar en que se fragua la educación de los hijos de los países industrializados.

 

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¿Dónde está mi tribu?

El deterioro de las redes sociales acaecido a raíz de la explosión demográfica de las ciudades industrializadas es un aspecto fundamental para entender, según Carolina del Olmo, la situación crítica que sufren las familias hoy en día y también padecen los ancianos y quienes no gozan de buena salud. El mundo no está hecho a la medida de los más vulnerables de la sociedad, las exigencias que reclama para sí el mercado laboral son radicalmente incompatibles para quienes cuidan y quienes necesitan ser cuidados. Pero este grave problema puede también ser parte esencial de la solución al dilema que afronta nuestro sistema económico y político, opina Carolina del Olmo.

En ‘¿Dónde está mi tribu?’ se despliega un análisis de la disolución de las redes sociales a partir de la atomización de la vida urbana y el auge del individualismo. Un cambio radical que transformó la experiencia vital, las prácticas cotidianas y la cultura dominante de las sociedades tradicionales, para dar paso a la volátil vida moderna que prima los valores del mercado como principios universales y rechaza los compromisos y las ataduras, ocultando sistemáticamente la vulnerabilidad y la fragilidad del individuo y la red de cuidados e interdependencia en la que este se fundamenta.

“Estamos inmersos en una red inextricable de dependencias y vulnerabilidades recíprocas”, escribe Carolina del Olmo para luego señalar: “Por el contrario, la imagen típica de la sociabilidad que nos ha legado la modernidad es la de un acuerdo entre sujetos autónomos, sanos y en plenitud de sus facultades que, por un motivo u otro, consideran que vivir en común les reporta algún beneficio mutuo. Esta posición es una apuesta segura a la frustración y la alienación porque se basa en presupuestos falsos. La interdependencia es el punto de partida y no un añadido, caritativo e interesado, a la afirmación de nuestra individualidad.”

El individualismo y las relaciones de competencia que promueve, de modo cada vez más feroz, el mercado laboral, no se vive solo de puertas para afuera sino que ha penetrado hasta la antesala misma de la forma de relacionarnos con las personas más cercanas, la pareja, los amigos, etc. El compromiso estable y los vínculos sociales basados en la solidaridad, la cooperación y la fraternidad, se han vuelto cada vez más débiles, dando paso a una realidad sentimental fragmentaria, inestable, que pone los cuidados mutuos en crisis. “En un mundo que ensalza la virtud de la independencia y la realización personal, enlazándola al consumo, al ocio y al trabajo, la maternidad o la familia, la red de cuidados necesarios para el desarrollo, solo pueden aparecer bajo la etiqueta de esclavitud”, escribe Carolina del Olmo, quien pone en evidencia que la soledad en la que cada vez más individuos eligen o les toca vivir, sería no solo una opción lícita tanto como una manifestación de la crisis de compromiso que sufre nuestra sociedad occidental.

 

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La maternidad en un mundo individualista

La asimilación de las mujeres en los procesos productivos ha sido uno de los cambios más radicales que ha sufrido nuestra sociedad en los últimos cincuenta años, “pero el marco economicista en el que ha tenido lugar la transformación social impulsada por el feminismo nos ha dejado en muy mala situación para apañárnosla con un hijo. Tanto es así que la tradicional figura de la abnegación femenina acaba apareciendo muchas veces como la única opción si no queremos renunciar totalmente a la maternidad, o mutilar la experiencia dando la espalda a todo cuanto la define.”

Las opciones disponibles para conciliar la vida familiar y la laboral son muy escasas, las guarderías y las escuelas, con sus horarios cada vez más amplios, así como la oferta “de cuidados low cost que suministran los inmigrantes” que ayudan a paliar la situación, no son más que tiritas para una herida que desangra la base de nuestra sociedad. Aún así, la autora opina que “la crisis de los cuidados no puede resolverse únicamente con políticas de conciliación”, a lo que agrega que “no depende de las instituciones, de un mecanismo institucional, dar respuesta a la necesidad de cuidar de nuestros hijos, de nuestros mayores, de nuestros amigos enfermos.”

Como contrapartida, la imagen de la esposa y de la madre confinada en casa que encarnaba el sinónimo de una pesadilla para las feministas, hoy está en boga. Una corriente cada vez mayor de mujeres (y de hombres) decide –si es que pueden permitírselo-, aparcar sus carreras profesionales, pedir una excedencia, y dedicarse a criar a sus hijos pequeños. Esta reivindicación maternalista actual, una corriente de crianza intensiva “un poco anticuada y de cierto romanticismo ecologista” que ha vuelto a meter a las madres en sus casas, “no se corresponde al principio de una revolución, pero sí a un movimiento de resistencia ante la despiadada fractura social. (…) Es importante su potencial crítico, ya que afecta a una de las experiencias compartidas más importantes del ser humano, y no se debería dilapidar”.

 

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Hacia la búsqueda de un nuevo modelo

Tomando la maternidad y los cuidados como base, el cuestionamiento moral de nuestro funcionamiento social se hace indispensable. Carolina del Olmo lo suscribe sin dejarse engañar, desactivando con pericia argumentos que podrían detonar el artefacto explosivo de los falsos idealismos. La solución, de este modo, no se presenta de forma sencilla. La autora propone un movimiento de defensa del compromiso y la cooperación contra los efectos devastadores del capitalismo neoliberal contemporáneo. “Se aprueban medidas de pro-conciliación, se crean comités para supervisar que no se discrimine a las mujeres o a quienes tienen cargas familiares y se aprueban leyes de dependencia. A la vez se priman los criterios de rentabilidad en la gestión de escuelas y hospitales, se permiten jornadas laborales más y más largas, se rebajan los salarios, se aumenta la edad de jubilación, se recorta el gasto social, se precarizan aún más las condiciones de existencia. De poco sirven las políticas sectoriales que supuestamente apuntan a favorecer la conciliación cuando se promulgan a la vez otras políticas más generales que la socavan día a día.”

La vulnerabilidad debe ser asumida y entendida en todos sus ámbitos. Repensar el papel fundamental que ocupan los cuidados mutuos y otorgarles el valor y la importancia que merecen, descubrirnos como entes frágiles y profundamente dependientes unos de otros, opina Carolina del Olmo, es el principio del camino hacia la defensa de los vínculos sociales basados en la ayuda mutua y el compromiso. “Necesitamos una organización social en la que ser madre no implique salirse del mundo ni hacer equilibrios imposibles; en la que participar activamente de la vida común no signifique mutilar la experiencia maternal ni externalizar el cuidado; en la que todo el mundo entienda y proteja la importancia de los cuidados. Es cierto que nos hace falta toda la tribu. Una tribu que nos permita elegir de verdad y, en el mismo acto, comprometernos. No una sociedad que nos fuerza a decantarnos por opciones igualmente defectuosas y a dar la espalda a lo que son ingredientes irrenunciables de nuestra constitución como personas.”

 

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