La mirada del exilio

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Por Clara Felis.

 

Sala Canal de Isabel II 

Del 28 de noviembre al 23 de febrero de 2014

 

Afilando la guadaña. Hungría, 1935 © Nicolás Muller

Afilando la guadaña. Hungría, 1935 © Nicolás Muller

La Sala Canal de Isabel II de Madrid acoge desde este jueves y hasta el 23 de febrero de 2014 la exposición Nicolás Muller. Obras maestras. Una muestra que reúne 125 imágenes inéditas del fotógrafo donde se muestra la otra cara de aquellos lugares que visitó: Hungría, Francia, Portugal, Marruecos o España.

 

Contar la Historia a partir de historias propias. Así es como se podría clasificar la fotografía de Nicolás Muller (Orosháza, 1913) donde las gentes, las vidas anónimas, las tradiciones y los gestos van narrando la realidad de una época que estuvo teñida durante mucho tiempo por la miseria y la guerra. Aquella que borró a unos y enmudeció a otros. Tratar y retratar a los sin voz, a los sin forma, a los más débiles, a aquellos cuyas sombras tapaban su figura. Ese fue el objetivo perseguido y mostrado por Muller. Una actitud presente en cada una de sus imágenes que no son nada más que disparos de luz, de vida, de pureza, de cambio.

 

«Lo más que me gustaría hacer es una gran muestra en Madrid, en donde ya se hacen muchas importantes». Así se lo expresó Nicolás Muller a su amigo José María Díaz-Maroto en una misiva enviada hace algunos años. Y así las palabras se volvieron hechos. La inquietud y las ganas por exponer le han llevado años después a mostrar parte de su obra, que fue en gran parte su vida. Exiliado de su Hungría natal en 1938, el fotógrafo recorre y retrata todo lo que acontece allí donde va y así se muestra en la exposición.

 

El inicio se sitúa en Hungría en 1933, preámbulo del que fue uno de los episodios más devastadores de todos los tiempos: El Nazismo. Por aquel entonces, Hungría estaba sumida en la más absoluta miseria. Los campesiones apenas podían subsistir, los más pequeños estaba desnutridos y el país en sí estaba sumido en una burbuja donde apenas había ayuda exterior y la interior servía de muy poco. En este contexto comenzó a retratar el fotógrafo todo aquello que veía. Era el inicio de su carrera como documentalista. Pertenecen a esta época imágenes como Almuerzo o Siesta, dos fotografías que muestran los hábitos de aquellos húngaros sumidos en la vida del campo: Austera, rudimentaria y pobre.

 

Esta actitud de denuncia social, le obligó a marcharse en 1933 cuando la ocupación nazi estaba al caer y su superivivencia peligraba por su obra y también por su condición, pues era judío. «Su fotografía permite contar aquello que aparentemente pasa desapercibido. Su visión y la de Català Roca han aportado modernidad al reportaje fotográfico. Nicolás consigue que la fotografía no sea parte del fotógrafo, sino del espectador», explica Chema Conesa,  Comisario de la exposición.

 

 Xauen, Marruecos, 1942 © Nicolás Muller

Xauen, Marruecos, 1942 © Nicolás Muller

Del mar de Francia al de Portugal

Su huída le hizo dirigirse a Francia donde volvió a retomar la fotografía cercana, la fotografía de la vida cotidiana, de la calle, de los rincones, de los puertos. Así, en Francia retrata la dura vida de aquellos que trabajan en los astilleros y en el mar. Aquellos alejados de tierra, de lujos, de reconocimiento e incluso en ocasiones de nombre. Los marines, que en ocasiones la sociedad les da la espalda, son mostrados con la sencillez y la elegancia que los mismos protagonistas tenían.

 

Pero a pesar de su nueva etapa, Muller, vuelve a huir, en 1939 a Portugal, tras la ocupación nazi. Ahí permanecería un año, hasta que se dirige a Marruecos.

 

 La luz exótica de Oriente

Portugal sólo sería un lugar de paso para el fotógrafo, que se dirigió ese mismo año a Marruecos donde permaneció hasta 1947. La sensualidad árabe, las costumbres, la religión, la luz, los tejidos, la música y las fiestas son algunos de los momentos retratados por Muller, que supo transmitir esa luz cálida e intensa tan propia de Occidente. Son muestras de ello fotografías como La Luz Mora o Bailarina Tajara. «Estaba obsesionado con ser muy puro con su lenguaje. Al venir de la escuela húngaro-alemana su visión se acentúa aún más en esta etapa de Marruecos, donde retrata por medio del costumbrismo del lugar, la forma de vida de aquellos que allí habitaban. Esto permite que uno conozca de primera mano la verdadera realidad del país, que es al fin y al cabo de lo que trata la fotografía documental».

 

De nómada a sedentario

Tras las idas y venidas, Muller aterriza en 1947 en España. Traído y arropado por un gran número de intelectuales de la época como José Ortega y Gasset, Pío Baroja, Azorín, Pancho Cossío, que forman parte de su círculo de amigos y también de sus fotografías. Es en España cuando se asienta de manera definitiva y retrata tanto la vida intelectual y bohemia de los artistas de la época, como la vida cotidiana y sencilla de los ciudadanos del país. Muller busca entre los pueblos y los rincones de España y logra encontrar aquellos momentos más inusuales y desconocidos de un país que se encontraba silenciado por el Franquismo.

 

Arcos de la Frontera (Cádiz), 1957 © Nicolás Muller

Arcos de la Frontera (Cádiz), 1957 © Nicolás Muller

Son conocidos los retratos de la Semana Santa en Cuenca, Las Lavanderas, que reflejan la realidad de un momento determinado, Las Montañas de Sal de Cádiz, donde se muestra el trabajo de campo de aquellos humildes trabajadores y también retrata de forma distinta el costumbrismo de la época. Muestra una perspectiva distinta, natural, sin artificios de una España cargada de religión, prejuicios y miedo.  «Disfrutaba recorriendo el país, fotografiando el país, a su gente, sus tradiciones. Él aprendió español a base de la fotografía porque cuando llegó aquí se comunicaba con mi madre en inglés», indica Ana Muller, hija de Nicolás y fotógrafa como él.

 

Para su hija, la exposición permite descubrir a un nuevo Nicolás desconocido tanto por las imágenes como por la forma de tratar los temas. «Se ha engrandecido la visión de él. La selección de Chema nos muestra una visión distinta, más cercana y más íntima de lo que para él supuso vivir y trabajar aquí».

 

Un trabajo inamovible al paso del tiempo. Un trabajo donde se mantiene ese espíritu viajero y multicultural que tiene la la luz como definió su allegado y amigo Ortega «domesticada». Lo que nadie pudo domesticar fue su espíritu. Aquel que logró alzarse y gritar cuando muchos no lo hacían.  Aquel que logró vencer a los totalitarismos llenando de vivencias y emociones el espacio vacío.

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