Luka Bloom: La melancolía soberbia de manos de una electroacústica

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Por: Octavi Franch

Hablar de este cantautor, el mejor que he conocido y que muy probablemente conoceré nunca, no es del todo fácil para mí. Por dos motivos: por un lado me trae muchos malos recuerdos, de cuando lo conocí en 1996; y por otra su música es muy dura, muy real, triste, seria y lacerante.

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De: JP Daniels

Todo empezó porque en la desaparecida megatienda cultural Virgin del paseo de Gràcia con Gran Via de Barcelona (y ponen un Zara; ¡alegría!) compré un recopilatorio de música celta, un tipo de música que siempre me ha gustado, sobre todo por su conexión con mi dios en clave de sol Gary Moore (mira por donde un primo de lejos del protagonista de hoy). Porque como catalán, Irlanda siempre me ha tirado mucho, tanto a nivel cultural como político. De hecho, en las primeras elecciones donde pude votar, las europeas de 1989, buscaba la papeleta del Sinn Fein pero me informaron que sólo se podían votar partidos hispánicos. Suerte que en aquella época había un partido decente en Euskal Herria que si no…

Si no recuerdo mal, en ese mismo cedé también descubrí a la grandísima música multifunción Loreena McKennitt, la cual tuve la suerte de ver en concierto en el antiguo Palau d’Esports de Barcelona hace unos 20 años, aproximadamente.

Pero volvamos al genio Kevin Barry Moore, es decir Luka Bloom. Como os decía, lo descubrí en ese recopilatorio con la mágica canción Ciara. Me quedé estupefacto cuando capté que aquella música tan perfecta siquiera estaba creada por una voz y una guitarra electroacústica. ¡Por todos los dioses! Entonces, al cabo de unos días, volví a la Virgin (donde además trabajaba un compañero de conciertos que conocí en una gira en París de los Van Halen) y compré el único LP que en aquellos momentos tenían disponible de Luka bloom: Turf, editado en 1994.

En aquella época, tuve una relación sentimental muy importante en mi vida (la que más después de mi queridísima y nunca suficientemente valorada mujer, la cual lleva aguantándome 14 años) y, cuando rompimos y tenía ganas de recordar el amor que compartimos, me ponía de banda sonora, justamente, aquel disco. Y una canción me tenía totalmente atrapado: True blue.

En el año 2012, poco antes de volver a convertirse en empresario, pasé una mala época anímica por culpa del trabajo y me torturaba, todavía más, escuchando esta canción una y otro. Como aquel cedé lo vendí cuando me arruiné en 2008 (como tantos y tantos cientos), True blue la escuchaba en directo por youtube, en un concierto fraccionado que se puede encontrar de nuestro hoy y aquí protagonista.

Sólo os ruego que si la deseáis escuchar no estéis tristes, porque si no todavía os pondréis más. Pero vale muchísimo la pena disfrutar de la perfección de los dedos de Luka Bloom enredados en una electroacústica de 6000 euros, con una voz única que te revienta el alma cuando y como quiere.

Y la excusa para poder escribir este artículo es que hace unas semanas me encontré, casualidades de la vida, por la calle a la chica que antes os mencionaba. Suerte que ella no me vio…

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