Las reflexiones de Pablo Neruda sobre la poesía al recibir el Nobel

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En un capítulo de sus exquisitas memorias Confieso que he vivido, Pablo Neruda describía su adscripción al partido comunista con cierta resignación. “Sencillamente había que elegir un camino” apostrofaba, y con ello dejaba claro que su convicción social hubo de hermanarse a la fuerza con una de las tendencias que por aquella época parecía la única dispuesta a batallar contra el avance del fascismo. Y nunca se arrepintió; a pesar de las críticas el chileno siempre sintió su destino inexorablemente ligado al de los otros hombres, y su condición de poeta, de gran poeta, igualmente condicionada por las vicisitudes de sus semejantes.

Jorge Luis Borges argumentó en alguna ocasión que a Neruda le había hecho bien el destinar su poesía al cambio social, pues había pasado de ser un mediocre poeta sentimental a un enorme poeta revolucionario. Parece que Borges tenía razón. De su archipopular Veinte poemas de amor y una canción desesperada, que en tantas y tantas edulcoradas cartas de amor  vio reproducidos,  a sus Odas elementales, en las que Neruda dejaba claro su cambio de dirección poética, habían pasado treinta años, treinta años en los que Neruda presenció el viraje de su actividad como poeta hacia el compromiso, como no podía ser de otro modo ante las atrocidades perpetradas en el siglo que le tocó vivir.

Durante su recepción del premio Nobel en 1971, Neruda quiso significar esa tumultuosa vida que como hombre de su tiempo y como poeta se vio obligado a transitar. La conciencia de su origen, el profundo sentimiento de ligazón con su patria y su dolido continente, tomaban la palabra frente a una Europa que lo condecoraba con su más insigne distinción literaria. Como una travesía anunció Neruda su discurso, y una travesía fue para los oyentes y para los que hoy leemos sus palabras. El poeta narró, ante el engalanado público, el difícil tránsito allende las fronteras de su amado Chile. En su exilio hacia tierras argentinas Neruda vio peligrar su vida y presenció hechos fundamentales que más tarde darían forma a su Canto general.

Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misión.

El poeta encuentra en el peligro de la travesía la experiencia conformadora del instinto poético; en comunión con sus acompañantes Neruda penetra el sentido de la comunión humana y la razón última del poema.

Comprendí entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compañeros, que existía una comunicación de desconocido a desconocido, que había una solicitud, una petición y una respuesta aún en las más lejanas y apartadas soledades de este mundo.

Cansados y maltrechos, montando animales sangrantes y temblorosos, los cinco peregrinos alcanzan la lumbre de una fogata y, reunidos con desconocidos que les ofrecen amparo, festejan el éxtasis de la reunión y la hermandad. Neruda, sorprendido por la gentileza de sus anfitriones, duda por un momento de su anonimato:

Ellos ignoraban quiénes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos no conocían mi poesía ni mi nombre. ¿O lo conocían?

Si Neruda decidió compartir su experiencia en el discurso del Nobel fue para aclarar lo que la poesía significaba para él. No una poesía de libros, no una poesía de academia: una poesía viva y naciente del contacto humano, una poesía forjada a golpe de martillo sobre el yunque encendido de la colectividad.

Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema: y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferentes a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo.

“El poeta”, sentencia Neruda, no es “un pequeño dios”. Y comparando el poeta al panadero que cada día hornea la masa y proporciona el pan a sus congéneres, Neruda define su idea de la poesía y su idea del compromiso.

Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos.

PABLO-NERUDA

Y frente a la solemne congregación, Neruda se atreve a denunciar – y quizás para justificar ante sí mismo el galardón- la situación del mundo hispanoamericano, lacerado todavía con las llagas a medio cerrar del colonialismo:

Heredamos la vida lacerada de los pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante: pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe…

¿Cómo podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una mínima parte en la transformación actual de mi país?

Neruda cierra su discurso recordando esta profecía de Rimbaud:

Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades.

“Sólo armados de esa ardiente paciencia”, nos dice Neruda, “lograremos conquistar la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres”.

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Una respuesta a Las reflexiones de Pablo Neruda sobre la poesía al recibir el Nobel

  1. Sabias palabras de un hombre sencillo… Me recuerda al Lorca de los años veinte.

    Vicente González Gutiérrez
    24 noviembre 2014 at 9:08 am

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