La última bandera (2017), de Richard Linklater – Crítica

 

Por Miguel Martín Maestro.

“A veces mi carga parece más de lo que puedo soportar
Todavía no está oscuro, pero está llegando” Not Dark Yet – Bob Dylan.

El tiempo, gran escultor, decía Marguerite Yourcenar, y si algo es característico del cine de Linklater es el tiempo, su paso, sus huellas, sus cicatrices, sus deformaciones, sus construcciones. La última bandera (Last Flag Flying) no es ninguna novedad en el cine del director, sus historias están inmersas en un tiempo con el que se quiere jugar para ofrecer un retrato, normalmente de una generación que va creciendo en edad, no siempre en sabiduría, aunque no esté exento de una intencionalidad radiográfica de una sociedad y un país políticamente contradictorios, capaz de asumir la vanguardia de los derechos civiles y al tiempo arrasarlos en aquellos que le contradicen, sean enemigos externos o internos. La “confianza” en el mando atraviesa capas sociales, diferencias intelectuales, abismos ideológicos y económicos para, ante la llamada del “gran jefe”, olvidar el peligro y alinearse bajo una bandera, aunque su manera de ondear y llamar al combate esté teñida de falsas consignas de libertad y democracia y escondan oscuros intereses geoestratégicos cuando no de mero enriquecimiento personal. No es de extrañar así que Linklater se apoye en una película de 1974, El último deber, de Hal Ashby, para elaborar una sutil, poco encarnizada, pero subyugante crítica a la política exterior norteamericana desde la administración Nixon hasta la de Bush Jr., y de paso reflejar sus efectos en la propia sociedad que la apoya y la sufre como quienes son objeto de la “ira y el fuego” de la gran potencia.

Basada, como la precedente, en las novelas de Darryl Ponicsan, los treinta años de distancia entre una y otra historia no son nada, aquellos jóvenes masacrados en Vietnam, llenos de heridas invisibles, ahora se han convertido en sesentones resentidos que han buscado la manera de rehacerse desde la religión, la familia o el cinismo. Linklater utiliza los esquemas de la road movie y de la buddy movie para, sin estridencias, como es su cine, lleno de diálogos, unos ingeniosos, otros demasiado poco espontáneos, otros simplemente eficaces y alguno también superfluo, reflejar el día a día, y cómo lo enfrentan, de unas personas normales a lo largo del tiempo que se van a ver obligados a compartir. Tres personajes dibujados para que el choque entre sus diferencias provoque la disputa, el roce agresivo o la ironía salvaje, tres antiguos marines que un día regresaron de Vietnam y no volvieron a verse, uno terminó en la cárcel como cabeza de turco, otro discapacitado de una pierna y viendo la luz del señor haciéndose pastor, casándose y sentando la cabeza, pasando de ser Mueller el demoledor a ser Richard, y el tercero se dedicó a olvidar el daño provocado y el daño sufrido a fuerza de alcohol, mujeres pasajeras y dejando transcurrir los años como si de una pesada carga se tratara, un peaje necesario para conseguir descansar al final. Jóvenes que fueron engañados hace treinta años para enrolarse en el ejército, confiados como estaban en que quien tenía el mando sabía lo que se hacía combatiendo en un país extraño, a miles de kilómetros de casa, en el infierno del calor y la humedad de la jungla, poco más o menos utilizando el lenguaje de la misma mentira que llevó, en el año 2003 en que se sitúa la acción de la película, a otra guerra absurda y criminal, la de Irak.

Doc (Steve Carell) aparece de improviso en el bar de Sal (Bryan Cranston) después de treinta años, y después de una condena en la que Sal algo tuvo que ver saliendo indemne, pidiéndole que le acompañe para enseñarle una cosa, que no es sino al viejo camarada Mueller (Lawrence Fishburne) dando un sermón, transformado ahora en el padre Richard. Doc ha usado el chantaje moral del reencuentro de viejos compañeros de armas para conseguir que le acompañen al verdadero motivo de su visita, recoger el cadáver de su hijo, muerto de manera nada honrosa en Bagdad cuando compraba Coca-cola, la marca del imperio. Bajo esta premisa se sucederán las situaciones cómicas, las situaciones tensas, los enfrentamientos dialécticos, los malentendidos, los absurdos de un viaje no programado entre tres personas absolutamente dispares, el ausente, taciturno, triste personaje del padre que acaba de perder al hijo y poco antes a su esposa, el expansivo, vitriólico, descreído y fanfarrón personaje de Sal, cuya coraza para resistir todos esos años se ha basado en el cinismo, y el reposado, regenerado, comprensivo pastor que termina dando muestras de su anterior forma de ser acosado una y otra vez por los aguijones de Sal. Un trío que se las ingenia para cumplir el deseo de un padre que no quiere que su hijo repose en el cementerio militar de Arlington, sino en su casa, al lado de su madre, para lo que tendrá que enfrentarse, con ingenio y determinación, a la propia institución que tanto daño les ha hecho pero que siguen admirando por ser parte de ella, el ejército.

El terreno para el lucimiento actoral está abonado, basta la presencia de cualquiera de los tres en pantalla, y es casi permanente, para que la película no decaiga en ningún momento. Las apuntadas cargas de profundidad contra el sistema americano van más allá, se acercan a una crítica del consumismo, al anuncio del mal de los teléfonos móviles e internet, al fin de las relaciones sociales personales sustituidas por un teclado o  un aparato, se respira cierto aire demócrata en la propuesta pero sin querer herir ninguna susceptibilidad, es el mando, el poder, la autoridad, la que sale escocida por los comentarios de Sal, secundado en silencio, o con más tacto por sus dos compañeros, pero Linklater respeta al americano medio, al que convencido pone la bandera en el porche de su casa, al que siente que el ejército es algo defendible y contiene valores positivos. El intento de Linklater no es el de tomar partido, ni hacer juicios morales sobre las personas concretas que han sufrido pérdidas enormes como consecuencia de decisiones políticas adoptadas a espaldas del votante. El retrato de esta América en un viaje que mezcla coche y tren se llena de melancolía, de patético homenaje a aquellos que ofrecieron su juventud ignorante al servicio de quien no se lo iba a agradecer jamás. Ver a Cranston y Fishburne enfundados en sus uniformes de gala dando el último homenaje a otra víctima más une la emoción de lo que se hace con sentimiento con lo patético de reivindicar la figura del soldado pese a que destrozó sus vidas juveniles.

Y para ello la cámara no busca el alarde técnico, ni epatar con el encuadre o el simbolismo fugaz de una metáfora visual, como si de una línea clara se tratara, la imagen se emparenta con la de un telefilm cualquiera, buscando siempre la sencillez, la humildad del trazo suave sobre una historia profunda en la que se quiere mantener un grado de empatía con el espectador que no le sitúe ante una historia desgarrada y sin futuro. Estamos ante tres personas llenas de contradicciones cuya meta es cumplir una nueva misión que les sirve de reencuentro en medio del dolor y les permite exorcizar, a su manera, errores muy graves del pasado que provocaron otros ataúdes similares al que recogen en la aséptica nave de la base naval. Cada vez que un militar, o un escrito oficial, recuerda a Doc y sus compañeros lo compungido que se encuentra el Presidente, lo que éste acompaña en el dolor a los familiares, la mirada de asco y el deseo de decir lo que se siente se contrarresta con un último momento de orgullo para no caer en lo más bajo en medio de un sufrimiento que nadie puede compartir. Linklater consigue, para mi gusto, su mejor película, tan contenida como siempre, pero con ciertas reminiscencias políticas que la engrandecen dentro de su consabido retrato de personajes que se definen mediante la palabra. Sea como sea, esta última bandera ondeante concluye con imágenes líricas muy sentimentales pero muy creíbles, para algunas la ausencia se suplía con un lazo amarillo en la puerta, para otros con una bandera que no homenajea al miserable político, sino al ciudadano que se creyó que su servicio era valioso para todo el país, un país creado y sostenido desde la violencia.

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