“El banquete”: emotivo encuentro con ilustres personajes de la historia del teatro

Por Horacio Otheguy Riveira

Aunque se llegue a la sala con una vaga idea de El banquete de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, nadie se espera lo que en verdad sucede, porque el hecho indudable de estar sentado a una mesa y cada tanto levantar la copa para brindar con los intérpretes es sólo un juego menor, lo sorprendente es todo lo que ocurre desde el primer brindis: un encadenado de vivencias en las que el espectador se siente integrado en una escenificación de momentos estelares de la historia del teatro a través de personajes con los que se establece una emotiva comunión; un encuentro donde la imaginación es la divinidad absoluta en un mundo donde la comedia deleita y lo trágico acaricia los oídos.

 

Las mesas aún no están montadas para un público expectante que no quedará indiferente. Los comediantes ensayan sus muchos personajes. A lo largo de la función el disfrute será muy grande y felizmente compartido por los espectadores.

 

El banquete es un espectáculo que conlleva una consagración de la hermandad entre espectadores y gente de teatro. Al compartir mesa y mantel para brindar con vino, agua o mosto, se produce una encantadora atmósfera de camaradería en la que Celestina, Romeo y Julieta o Lady Macbeth, Segismundo, Hamlet y El Quijote asisten embelesados al homenaje de su eterna juventud. Se dejan caer en brazos de sus nobles intérpretes y con ellos formamos la unidad indispensable para que el arte teatral siga girando y creciendo con fuerza. Sabido es que nos necesitamos, pues amar el teatro es amar a sus hacedores, y del mismo modo sin nuestra presencia no hay función posible. Una intensa relación amorosa que a veces incluye disgustos tales como la indiferencia, el desprecio, el mutuo aburrimiento: “el público no lo entendió”; “esta vez no han acertado, mucho barullo y poca efectividad”; “genial”; “un plomo”; “menudo público el de esta noche, parecía de piedra”… Sin embargo, en El banquete la unión es total: divertida, conmovedora, admirable, ya que el regocijo ante el desfile de cuadros con textos tan ricos va de la mano de una puesta en escena que anima a una evolución minada de sorpresas, escrita con el talento cada vez más creativo de Álvaro Tato (Crimen & Telón, Cervantina, Comedia MultimediaEl alcalde de Zalamea, La dama duende).

El poder de la imaginación llega a cotas especialmente gratificantes de participación activa del público sin moverse de la silla. Los propios intérpretes nos conducen a nuestro lugar en una gran mesa, y se quedan entre nosotros desde el comienzo; todo el desarrollo se resuelve con muy buen ritmo, y localización de secuencias siempre fáciles de seguir moviendo la cabeza o ligeramente el cuerpo. Sin duda, se trata de una función indispensable para los que integramos el singular club de locos por el teatro clásico, locura felizmente compartida con una puesta en escena llevada a cabo por dos valiosas mujeres de teatro, que son a su vez directoras de instituciones tan importantes como la Compañía Nacional de Teatro Clásico (Helena Pimenta) y el Théâtre National de Bordeaux en Aquitaine (Catherine Marnas).

 

Como no todo ha de estar regado por ilustres personajes, cada tanto irrumpe un descolocado que invoca a su más adorada personalidad: “Mi abuelo decía que; mi abuelo conoció a Hemingway y entró en el camerino de Lord Laurence Olivier; mi abuelo tuvo un romance con Marilyn, sí, pero muy secreto para todo el mundo menos para mí” (Aleix Melé, ingenuo, fresco, perturbando la armonía de las celebridades con el tono de las ansiosas confidencias de un joven impetuoso). Y en la misma línea de irrupciones de tiempos fuera del tiempo a alguien se le escapa una referencia a Luces de Bohemia, como si Valle Inclán no pudiera soportar la callada por respuesta, y Lola Baldrich (que ya había sido sombría Celestina pasada de copas) es poseída repentinamente por la Bernarda de García Lorca y nos sobrecoge con aquella orden final: “¡Silencio! ¡Silencio he dicho!”. Son fugaces salidas de lo clásico estupendamente colocadas. La concepción escénica —desde el pormenorizado texto de Álvaro Tato— se desarrolla con una libertad en la que todo es posible al servicio de la inmortalidad en el reino de la imaginación.

El elenco transmite la felicidad de navegar por aguas paradisíacas en las que hasta el accidente de uno de ellos (Jimmy Castro, magnífico Segismundo con muletas) es aprovechado para rendir tributo a la solidaridad y la poesía colectiva. Se dan ánimos, se ayudan, cada uno saca brillo a sus escenas individuales y en conjunto son unos mosqueteros henchidos de gloria, servidores del arte de representar a otros… como partes de sí mismos. En definitiva, un equipo cuyo brío mantiene firme romance con la belleza de los textos en un ambiente tan consolidado que permite cantar algunos temas de contagiosa alegría o profunda emoción como cuando entre todos arman un coro sublime que sintetiza esta aventura retrotrayéndose a 1934, cuando el músico Kurt Weill, exiliado del nazismo en Francia, compuso el musical María Galante, sobre la novela homónima de Jacques Deval. Hoy olvidados obra y autor, Weill no para de ser recordado por sus muchas aportaciones al teatro y a la música, y la canción principal que se tarareaba entonces al salir del teatro sigue dando la vuelta al mundo: Youkali.

Ute Lemper la interpreta entre muchas cantantes de diverso estilo, y en este Banquete toda la compañía nos brinda en castellano una deliciosa interpretación con la que nos vamos a casa profundamente agradecidos:

Y al fin de casi todo

Mi barca vagabunda

Mecida por las olas

 
La isla misteriosa,
La que soñamos todos,
Parece que te invita
A entrar en su interior.
 
Youkali es el país que alguien soñó,
Youkali es donde se inventó el color,
En su frontera se detuvo el dolor…

Jimmy Castro y Gonzalo de Castro son los criados que, estupefactos, presencian la escena de la locura de Lady Macbeth que Lola Baldrich compone con escalofriante sobriedad.

 

La actriz sale de escena, no la vemos por ninguna parte, hasta que reaparece en lo alto convertida en Julieta: eriza la piel su confesión de amor completo por un muchacho que por amarla corre peligro mortal. Manuela Velasco y Pablo Bejar en mágico encuentro con personajes que pasaron a la historia como jóvenes hermosos y malditos.

 

Fabulosa creación de Gonzalo de Castro en el cenit de su banquete asumiendo la recta final del temible señor Harpagón en El avaro de Moliere, una obra que, en versión completa, debería esperarle a la vuelta de cualquier esquina…

 

Jimmy Castro, Aleix Melé, Manuela Velasco, Gonzalo de Castro, Lola Baldrich, Pablo Béjar forman un gran equipo con espléndidas ocasiones individuales.

EL BANQUETE

Sobre textos clásicos universales, inspirado en La especie fabuladora, de Nancy Huston: “Es imposible vivir fuera de la ficción”.

VERSIÓN Álvaro Tato

DIRECCIÓN Helena Pimenta y Catherine Marnas

REPARTO: Lola Baldrich, Pablo Béjar, Jimmy Castro, Gonzalo de Castro, Aleix Melé, Manuela Velasco

ASESORA DE VERSO Pepa Pedroche

COREOGRAFÍA Nuria Castejón

MÚSICA Madame Miniature / Miguel Magdalena

ILUMINACIÓN Enrique Chueca

ESCENOGRAFÍA Carlos Calvo

PRODUCCIÓN Compañía Nacional de Teatro Clásico 

TEATRO DE LA COMEDIA Sala Tirso de Molina. Del 3 de mayo al 3 de junio de 2018

Duración aproximada del espectáculo: 1 hora y 20 minutos

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