Teatro en el cine: The Dresser, 2014: crónica de una muerte anunciada

Por Maximiliano Curcio

 

La magistral obra original, The Dresser, autoría en tono autobiográfico del escritor sudafricano Ronald Harwood (ganador de Oscar al Mejor Guión Adaptado por su trabajo en El pianista, de Roman Polanski), fue escrita en 1980. Inicialmente llegó a la pantalla grande tres años después, bajo el título de La sombra de un actor dirigida por Peter Yates, y  protagonizada por Albert Finney y Tom Courtenay, en sendas antológicas interpretaciones. Sin embargo, su historia de adaptaciones no termina allí; luego de numerosas representaciones teatrales alrededor del mundo, el cine conocería una versión posterior —en 2014— estelarizada por Anthony Hopkins e Ian McKellen con dirección de Richard Eyre. Acompañados por Emily Watson, Sarah Lancashire, Vanessa Kirby, Edward Fox y Tom Brooke, el notable elenco daría vida a una nueva versión del clásico de Harwood.

La obra en cuestión relata las peripecias que atraviesa una compañía teatral ambulante, en la época de la Segunda Guerra Mundial, luego de que los nazis invadieran y bombardearan Inglaterra. Bajo ese contexto, el relato se centra en las desavenencias de un veterano actor shakespeariano, egocéntrico y narcisista hasta límites insospechados (no obstante, un disfraz para sus propias inseguridades), cualidades que lo hacen volverse meramente insoportable.

La estrella atraviesa un profundo periodo de crisis personal y artística. ¿Está el actor en cuestión mentalmente enfermo o ha sido fagocitado por su propio personaje? La angustia existencial que atraviesa el personaje de Hopkins a lo largo de sus horas más oscuras revela la enorme sabiduría humana que destila la obra, con su dejo de amargura y melancolía. Allí aparece la figura de su fiel vestidor —McKellen, amigo y leal servidor— que, no solo cumple sus caprichos, sino que también le da entereza y confianza, cuando los fantasmas y delirios acosan al afamado intérprete.

A lo largo de la película, ambos establecerán una compleja relación que no hará más que desnudar intimidades y realidades que atraviesan a toda relación afectiva sin distinción: los misterios del ser humano que confunden admiración, miedos, necesidades y vanidades. Allí, en el camerino que sirve de escenario para los sucesos relatados, la puesta cinematográfica otorga un desafío extra: la claustrofobia que genera el encierro, el cual potencia las emociones humanas que transita. En medio de esas tensiones propias del profundo lazo que los une, la relación se teñirá de una dependencia casi simbiótica, en donde Hopkins y McKellen se entregarán a  un auténtico tour de force actoral, una sentida oda al sacrificio que el oficio actoral requiere: el fuego que alimenta la pasión por actuar es aquel que está combustionado por los propios miedos al servicio de un amor perpetuo, aunque a veces no correspondido por la propia inspiración.

Cabe mencionar que la obra original posee el atractivo extra de representar escenas cotidianas de la vida y los vínculos dentro del ámbito teatral. Resulta paradójico que, en tiempos de guerra y en pleno conflicto, la gente acudiera a los teatros a distenderse. Es curioso, pero es absolutamente cierto. Desde siempre la ficción y los mundos de fantasía que el teatro y el cine construyeron fueron un bienvenido escapismo a una realidad que por momentos se torna atroz. Allí, en pleno conflicto, el teatro constituyó ese amparo, un lugar de resistencia para que aflore la imaginación y triunfe el deseo; en definitiva, la vida por sobre la barbarie. Allí, en ese espacio sagrado, donde la función nunca se puede cancelar, el telón se levantará una vez más y esa celebración que representa el teatro para actores y público por igual, cobrará vida.

El tema de los vínculos es universal, y aquí The Dresser propone una interesante mirada acerca de la imperfecta naturaleza de la condición humana. Una sabia y reflexiva indagación que tiene como ámbito ese microcosmos que representa el teatro, con su magia y encanto atemporal, en donde se dejarán al descubierto los valores que ponen en juego las relaciones afectivas y laborales de esta serie de personajes que comparten los preparativos de un clásico de Shakespeare (King Lear, que el propio Anthony Hopkins protagonizara en teatro en Londres, y en una película para televisión, también dirigido por Richard Eyre, con fecha de estreno para el corriente año).

Pese a seguir la marca clásica de opuestos que se atraen, ambos personajes tienen muchísimo que ver entre sí. El artista actor y su servidor (un artista también a su manera) se necesitan, se completan y complementan. Por momentos se repelen, en otros se espejan. Se identifican en sus flaquezas, en sus miserias, en sus debilidades: uno sufre una gran crisis de salud que no puede superar en medio de una exigente interpretación, mientras que el otro es un fiel servidor que busca reconocimiento a toda costa y cuya vida también simula una gran tragedia. En última instancia, el egoísmo, y las miserias humanas también definen el vínculo que establecen ambos y, en definitiva, todos los seres humanos podemos portar nuestro antifaz. El espectador deberá saber que los roles, cada tanto, también se invierten: las estrellas, a priori intocables, son sacudidas por inseguridades inherentes  a la naturaleza humana. Aun en la piel del inmenso Hopkins, la condición de actor shakespeariano pertenece a un simple mortal.

 

Federico Luppi (Ramallo, Buenos Aires, Argentina, 1936-Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina, 2017)

En Buenos Aires hubo un antecedente de la obra en 1997, presentada en el Complejo La Plaza, con las recordadas actuaciones de Federico Luppi y Julio Chávez, y la dirección de Miguel Cavia. En 1999 la misma producción con el mismo reparto se representó en Málaga y en otras 25 ciudades españolas.

Actualmente, también en el Paseo La Plaza de calle Corrientes, se presenta la obra con dirección de Corina Fiorillo y con protagónicos de Jorge Marrale y Arturo Puig.

 

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