Arturo Fernández: “Desde que la mayoría de los teatros están en manos públicas, me cuesta entrar en algunos”

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ÁLEX ANDER. Cuando Arturo Fernández (Gijón, 1929) llegó a Madrid tenía diecinueve años y 300 pesetas en el bolsillo —lo que le habían podido dar su madre y su tía Iluminada, y con lo que se pudo pagar la pensión de estudiantes en la que aterrizó al principio—. Un ayudante de dirección, paisano suyo, le ofreció intervenir como extra en una película. A esa le siguió otra. Y, en poco tiempo, encadenó varias. Con los años, logró abrirse un hueco también en la pequeña pantalla y en las programaciones de los teatros. Ahora, roza los noventa años y sigue triunfando sobre las tablas —lleva tiempo protagonizando la obra ‘Alta seducción’ en el madrileño Teatro Amaya, cuya sala principal llevará a partir de ahora el nombre del actor asturiano—.

En esa obra, escrita por María Manuela Reina para el actor asturiano y estrenada por primera vez en 1989, Fernández tira de autoironía para dar vida al seductor Gabriel (“un hombre inasequible al desaliento, un optimista irreductible, que cree que la felicidad es posible y lucha por ella sin querer reconocer las limitaciones que la edad tiene”). Y, además de dirigirse a sí mismo, comparte protagonismo con la actriz Carmen del Valle, con la que hace unos años interpretó ‘La montaña rusa’.

Lo cierto es que la obra le viene como anillo al dedo al actor —que tiene tres hijos de un primer matrimonio y, desde 1980, sale con la abogada Carmen Quesada—, ya que le permite seguir haciendo gala de la fama de conquistador que le precede. “Solo he practicado la seducción arriba de un escenario, y a través de un personaje que ha creado  un autor. En mi vida privada, mi relación con las mujeres ha sido absolutamente natural, sin ‘armas’”, confiesa sin atisbo de falsa modestia.

Con más de sesenta años en la profesión, el actor cuenta que lo más complicado de esa larguísima carrera fue sobrevivir, al principio, en una ciudad en la que no tenía familia ni amigos. “No tenía oficio ni formación académica, tenía 300 pesetas cuando llegué y una carta de recomendación de un policía de mi Gijón natal diciendo que era un buen chico”, recuerda perfectamente. Hasta que, de forma casi accidental, descubrió el cine. “Lo más difícil fue aprender. Aprender a hablar, a quitarme el fuerte acento asturiano, aprender a interpretar… Fue un camino largo y duro, pero en el que puse toda mi voluntad”.

En aquellos primeros años, el actor empezó a acudir a todas las tertulias de actores y escritores que se celebraban, y a pasar horas en el Café Gijón —punto de reunión de cineastas, literatos e intelectuales—. Por fortuna para él, poco después de participar en las primeras películas, allá por 1951, consiguió trabajo en el Teatro Nacional de Cámara de Modesto Higueras, que solía representar a autores prohibidos —como Ionesco— en el Teatro María Guerrero. Después, se incorporó a la Compañía de Conchita Montes y a la de Rafael Rivelles, y ya nunca dejó de trabajar.

De hecho, lleva décadas con su propia compañía teatral y presume de no haber pedido jamás una subvención. Se embala hablando del tema. “Desde que la mayoría de los teatros están en manos públicas, me cuesta entrar en algunos, pero sólo por el sectarismo que algunos practican, ya que yo no sólo no cuesto dinero a teatro alguno sino que además, y gracias a contar afortunadamente con el favor del público, soy muy rentable para ellos”, argumenta.

Fernández está convencido de que la única manera de ser verdaderamente independiente en su profesión pasa por “ser tu propio productor”. Y que si no lo hubiera comprendido hace muchos años, habría pasado bastante tiempo en el paro, o esperando a que sonara un teléfono. “Cuando se juega con dinero público, que es de todos pese a lo que diga la Vicepresidenta actual, pero que parece que no es de nadie, es fácil no esforzarse tanto como cuando te juegas el tuyo propio”, explica sin despeinarse. “Creo que el dinero público está, en el mundo del arte en concreto, para proyectos de indudable interés general que por su coste no pueda acometer la iniciativa privada. No para repartirlo con criterios de amiguismo o clientelismo político, lo cual sucede a menudo”.

Toca bajar el tono un poco. Le hablo de la popularidad. Aunque nunca dejó de hacer teatro, la serie de Antena 3 La casa de los líos —en la que trabajó con Lola Herrera—, catapultó a Fernández a la fama —ahora lleva muchos años sin hacer televisión—. ¿Le incomoda eso de que le reconozcan allá donde va? “La fama es un privilegio”, responde sin titubeos. “Que la gente te pare por la calle y te pida una foto o un autógrafo, o te diga lo que le gustó tu función, es el mejor homenaje que puede recibir un artista. El público es el que te encumbra. A él nos debemos porque a él le buscamos para que venga a nuestros espectáculos”.

Charlando con él, uno tiene la sensación de estar ante un tipo educado y elegante que, sin embargo, se moja siempre y no elude preguntas. Le saco el tema del movimiento feminista, tras leer unas declaraciones en las que aseguraba que no tenía mucha razón de ser hoy día. ¿Piensa que el feminismo se está llevando a un extremo? “Creo que se está radicalizando el feminismo y está desconcertando al mundo masculino. Una cosa es educar en la igualdad y en el respeto y otra cosa es sentir como un ‘insulto machista’ que un hombre ceda el paso o el asiento a una mujer, o le diga que es bellísima”, responde.

Si de belleza se trata, salta a la vista que Fernández sigue siendo un tipo atractivísimo. Es coqueto por naturaleza, pero no pretende luchar contra la vejez. Prefiere abrazar la sabiduría que viene con ella. Y seguir con esa receta suya basada en levantarse tarde y no pasarse con la comida. Eso, y no parar de trabajar mientras las piernas no flaqueen (“La primera mitad de 2019 estaré, Dios mediante, de gira. Estoy buscando la función con la que presentarme de nuevo en Madrid en el otoño”). Pero seguir a tope. Produciendo sus propias comedias: “Creo que el público y yo tenemos una buena conexión; creo saber lo que quiere y espera de mí y me gusta asegurarme de dárselo. Y no escatimar esfuerzo para que cada nueva comedia le guste más que la anterior”.

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