“Tiza”, comedia agridulce sobre la educación de los hijos vista por padres y maestros

Por Ana Riera

 

La Joven Compañía de Blanca Oteyza presenta la obra Tiza, una comedia escrita por Susana Prieto y Lea Vélez que trata sobre el tema de la educación de los hijos y todas las preocupaciones y tensiones que desencadena, tanto en los padres como en los profesionales que se dedican a ella, y que ganó el premio Agustín González en 2009.

Una pareja joven se enfrenta a la dura tarea de escoger colegio para su vástago, un niño de tres años al que le cuesta pronunciar la “R” y que tiene la desgracia de llamarse Roberto Revuelta Romo. Se debaten entre seguir el consejo de una amiga de la madre, que les anima a optar por la escuela pública, que es gratuita, y la de ofrecer a su hijo una educación privada y elitista que le abra más puertas y le distinga de la mayoría, aunque eso implique hipotecarse y vivir por encima de sus posibilidades.

De su elección dependerá el futuro del pequeño, o al menos eso creen ellos. Nueve años más tarde, tras superar la etapa de educación infantil y la de primaria, su situación, y la de su hijo, no es tan idílica como esperaban.

La obra nos habla de profesores y padres, de amor y desamor, de ilusiones y frustraciones, de esperanzas y miedos, de los roles que hombres y mujeres adoptan frente a la educación de los hijos. Y también de colegios privados y públicos, de las extraescolares, de los deberes, de las dificultades de conciliar la vida laboral y la familiar, de los distintos métodos educativos y de cómo las buenas intenciones no siempre son suficientes.

El trabajo actoral es uno de los grandes alicientes para ver esta obra ya que, a pesar de su juventud, todo el elenco consigue elaborar unos personajes creíbles y bien trabajados con los que buena parte del público se identificará. Cayetana Oteyza es la madre de la criatura. Al principio está atrapada en su rol de madre a tiempo completo y se debate entre la escuela pública y la privada. Es probablemente el personaje que más evoluciona a lo largo de la trama, ya que reivindica y retoma su carrera profesional, y es la que acaba poniendo sobre la mesa su crisis de pareja rebelándose a seguir aceptando una situación con la que no se siente feliz. Y lo hace con absoluta solvencia.

 Marcos Ovengo es el padre de la criatura. Convencido de ser un hombre moderno y triunfador, por el camino irá descubriendo que es más machista de lo que creía y que las cosas no le van tan bien ni son tan fáciles como pensaba antes de afrontar la paternidad. A pesar de todo ello, consigue que el público lo comprenda y se identifique con él. Es el responsable, además, de la banda sonora.

Clara Galán interpreta a una entrañable maestra de la vieja escuela, doña Covadonga, que antepone sus muchos años de experiencia a las nuevas tendencias pedagógicas, que ve como llenas de buenas intenciones y palabras grandilocuentes, pero muy poco realistas y eficaces.

Finalmente, Álvaro Sotos se pone en la piel de un joven profesor absolutamente vocacional y con una capacidad de ilusión infinitas, que trata de motivar a sus alumnos con nuevas metodologías, haciendo que la enseñanza resulte más lúdica y cercana, pero que acaba topando con la incomprensión y la rigidez de muchos de los padres, que sólo piensan en los resultados y en el futuro prometedor de sus hijos.

De izquierda a derecha: Álvaro Sotos, Clara Galán, Blanca Oteyza, Marcos Ovengo y Cayetana Oteyza: personajes jugando con la directora de la función como si fuera una implacable rectora. Humor y sensibilidad con eficaz tensión dramática.

 

La propuesta, dirigida por Blanca Oteyza, nos presenta una sucesión de escenas que se reparten entre el colegio donde trabajan doña Covadonga y el joven profesor, y la casa de los padres de Roberto. Para marcar las transiciones, suena “El Muro” de Pink Floyd y se produce un intercambio de sillas. Una estrategia simple pero eficaz que demuestra que a veces no es necesario complicar las cosas para que funcionen. También es sencilla y eficaz la escenografía, propuesta de Laura Lázaro, que consiste en un gran encerado que también hace las veces de puertas, una mesa de madera con múltiples cajones que no se ven y cuatro sillas.

En una sociedad competitiva como la nuestra, los padres sienten una gran presión a la hora de escoger la mejor educación para sus hijos. Hay que formarse y estar muy bien preparado para tener un buen futuro. El miedo a equivocarse y el deseo de proteger a sus vástagos de todo lo malo, les lleva a menudo a situaciones absurdas —como la madre paraguas que se queda de pie en vez de sentarse en la terraza de un bar por hacer sombra a su queridísima hija— que no solo no hacen ningún bien a los pequeños, sino que además provocan que su capacidad de frustración futura se vea muy mermada.

Por eso el texto, a pesar de su tono humorístico y desenfadado, invita a la reflexión y a la autocrítica. ¿De verdad es eso lo que queremos para nuestros hijos? ¿No deberían los niños disponer de tiempo para jugar libremente, sin reglas, en lugar de tener una jornada tan amplia o casi como la jornada laboral de un adulto? ¿No tendría que importarnos más su felicidad que su formación? ¿Sabemos realmente qué significan y qué implican expresiones del tipo “atención a la diversidad”, “educación integral” o “conocimientos transversales”, tan en boga en la actualidad?

Si desean averiguarlo mientras pasan un buen rato y disfrutan de una buena actuación actoral, no dejen pasar la oportunidad. Acérquense a los Teatros Luchana los sábados a las 20.15 y disfruten de esta interesante propuesta.

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