‘La mujer de Andros’, de Thorntor Wilder [451 Editores]

«SIMON SE DERPERTÓ POCO ANTES DEL ALBA, ALARMADO por el sonido de unos gritos agudos y de un ajetreo inusual en el patio. Al acercarse descubrió que una anciana vociferante había franqueado la entrada y varios de sus esclavos trataban en vano de acallarla y de echarla de la casa. Reconoció a Misis. Con un gesto indicó a sus hombres que la soltaran.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—He de ver a Pánfilo.
—No está aquí.
—No puedo marcharme hasta que lo haya visto —contestó, elevando la voz en su insistencia febril—.
Una vida depende de ello. No me importa lo que pueda pasarme, pero Pánfilo ha de saber lo que nos han hecho.
Simón dijo con voz queda:
—Haré que te azoten; haré que te encierren tres días en una habitación si sigues armando este escándalo. Pánfilo podrá escucharte dentro de unas
horas.
Misis guardó silencio un momento y después alzó los ojos y dijo con gravedad:
—Dentro de unas horas será demasiado tarde y todo estará ya perdido. Os suplico que me dejéis verlo ahora. Él así lo desearía. No os lo perdonaría si me
echaseis ahora.
—Vamos, dime qué ocurre y yo te ayudaré.
—No, vos sois quien habéis causado el daño y ahora solo él puede salvarnos.
Simón despidió de allí a los esclavos. Entonces se volvió a Misis y le dijo:
—¿Qué daño os he causado yo?
—Vos no deseáis ayudarnos —replicó esta—. El barco del lenón ha llegado a la isla y mi ama Gliceria y todos cuantos vivíamos en casa de Críside le hemos sido vendidos como esclavos. Nos ha despertado en plena noche el heraldo del pueblo y nos ha dicho que reuniéramos nuestras pertenencias y bajáramos
al puerto. Gliceria no se encuentra bien; no se la deben llevar así. Yo he logrado escapar entre las parras de una viña y he venido a buscar a Pánfilo. Vos sois el causante de esto, pues fueron los Padres de la Isla quienes ordenaron que fuéramos vendidos como esclavos para pagar nuestras deudas.
Era cierto. Simón recordó haber escuchado sin gran interés una discusión sobre el tema, asumiendo que se llevaría a cabo con la demora suficiente para poder separar a Gliceria del resto de sus compañeros de infortunio. El barco del lenón visitaba Brinos con tan poca frecuencia que los Padres de la Isla pensaban que aún se verían obligados a correr con los gastos de los huéspedes de Críside durante muchos meses mientras aguardaban la llegada del comprador.
De pronto Misis tuvo una iluminación:
—¡Está en el templo! ¡Cómo se me puede haber olvidado que estaba bajo el voto de silencio y que seguro estará allí! —Dando media vuelta se dirigió hacia el camino.
—No debes ir a verlo al templo —dijo Simón en tono hosco—. Iré contigo al puerto ahora y saldaré la deuda de tu ama con el lenón.
Volvió a la casa en busca de su manto y luego se dirigió a la ciudad, con Misis pisándole los talones. Justo despuntaba el alba cuando Simón bajó los escalones serpenteantes que desembocaban en la plaza. Recortándose sobre el cielo brumoso vio el mástil del barco del lenón. El lenón no era solo traficante de esclavos, también era dueño de un bazar ambulante y vendía alimentos exóticos, baratijas y tejidos. En las islas lo bastante grandes, desembarcaba e instalaba una feria y un circo. Y ahora, con las primeras y frías luces del alba, Simón divisó sobre la tolda del barco una caseta de vivos colores, un oso atado con una cadena, un mono, dos loros y otras muestras de las mercancías del lenón, entre las que se contaban los desdichados de Críside. Filocles se había quedado en tierra y llevaba dos horas de pie en el muelle dirigiendo gritos entrecortados a sus compañeros. Al ser ciuda- dano griego no podía ser vendido como esclavo, y más tarde habría de ser devuelto a Andros.
Simón bajó con Misis los escalones del muelle y fueron conducidos a bordo en una barca de remos. Mientras este concluía su transacción con el negro y
sonriente lenón, Misis se arrodilló ante Gliceria para contarle el afortunado desenlace. Pero la noticia no alegró a Gliceria. Estaba sentada entre Apráxina y la muchacha etíope, junto a los bultos de sus hatillos, y de puro cansancio apenas era capaz de alzar los ojos o mover los labios.
—No —dijo—, me quedaré aquí contigo. No quiero ir a ninguna parte.
Simón se acercó a ellas.
—Hija mía —le dijo a Gliceria—, has de venir conmigo ahora.
—Sí, querida mía —le repitió Misis al oído—, debes ir con él. Todo irá bien. Te llevará a tierra con Pánfilo.
Pero Gliceria seguía con la cabeza gacha.
—No quiero moverme. No quiero ir a ninguna parte —declaró.
—Soy el padre de Pánfilo. Debes venir conmigo y cuidaremos bien de ti.
Por fin, con suma dificultad, Gliceria se puso en pie.
Misis la ayudó a apoyarse sobre la borda del barco y allí, despidiéndose de ella, le susurró:
—Adiós, amor mío querido. Que los dioses te den la felicidad. Nunca más volveré a verte pero te ruego me recuerdes, pues te he querido bien. Y dondequiera que estemos, recordemos ambas a nuestra querida Críside.[…]». Seguir leyendo ‘La mujer de Andros’.

AUTOR: Thorntor Wilder
TRADUCCIÓN: Isabel González-Gallarza
EDITORIAL: 451 Editores
COLECCIÓN: 451.http://
GÉNERO: Novela
ISBN: 978-84-96822-08-5
ENCUADERNACIÓN: Rústica
formato: 24 X 15 cm
PÁGINAS: 128 p.
PVP: 12 €

Sinopsis: Extranjera en la isla griega de Brinos, sola pese a rodearse de los jóvenes que visitan su casa fascinados por la belleza de su cuerpo y su rara sabiduría, la mujer de Andros asume con dignidad su condición de hetaira, cortesana culta cuya valoración social no es mucho mayor que la de una esclava. Como cualquier mujer «descarriada» en una sociedad fuertemente patriarcal, sabe que, a los treinta y cinco años, ha vivido bastante, y busca en su interior fuerzas para enfrentarse a la enfermedad que une los hilos de su vida y al don más terrible de los dioses: la incomunicabilidad del amor. Porque el mundo es demasiado valioso como para ser comprensible, la mujer de Andros ama todas las cosas y celebra la vida entera, con sus luces y sus sombras.

El autor. Thornton Wilder (Madison, Wisconsin, 1897 – Hamden, Connecticut, 1975) ha sido el único escritor honrado con el premio Pulitzer tanto de narrativa, por su novela El puente de San Luis Rey, como de teatro, en dos ocasiones: por Nuestra ciudad (1938) y por The skin of our teethi (1943). Sus otras novelas son La cábala (1926), La mujer de Andros (1930), Heaven’s my destination (1935), Los idus de marzo (1948, la gran novela sobre la muerte de Julio César), El octavo día (1967) y Teophilus North (1973). Entre sus piezas teatrales destacan The matchmaker (1955), cuya adaptación más adelante originó la célebre comedia musical Hello, Dolly!, y The Alcestiad (1977). Wilder, que hablaba con fluidez cuatro idiomas, adaptó obras teatrales de autores tan diversos como Henrik Ibsen, Jean-Paul Sartre y André Obey, y fue guionista para Alfred Hitchkock en La sombra de una duda. Como estudioso, llevó a cabo una amplia y destacada investigación literaria sobre la novela de James Joyce Finnegans Wake y el teatro de Lope de Vega.

Nota del editor [451 Editores]: La gran novela histórica que habla de la gente corriente y no de una gran figura histórica. La obra más personal y actual del autor de Los idus de marzo.

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