Ambrose Bierce: el cínico valiente

Por Enrique Tillman.

Ay, qué pocos héroes macarras nos quedan, gente como Malcolm Lowry, por ejemplo, o como Jean Genet, ese vulgar ladrón que escondía un petate lleno de genio en estado puro. No creo que ya nos quede ninguno, como no sea Montero Glez y sus retruécanos calés, fruto de muchos años de voluntariosa inmersión en la vida. Menos mal que, de vez en cuando, alguien se acuerda de devolvernos a Ambrose Bierce, aunque el pobre esté ya requetemuerto.

Digo todo esto en un estado de feliz efervescencia, aunque a la vez me sienta un poco derrotado. Es algo así como leer a Thomas De Quincey sin una buena pipa de opio a mano: acabas por perderte entre las grietas fabulosas de su escritura volcánica. Y todo esto es gracias a un libro muy pequeño, pero que esconde toneladas de tesoros en forma de incómodas verdades; un libro mágico y poderoso, un artefacto de relojería amargo y genial lleno de inéditos -y algún rescate- de ese aventurero canalla y valiente que fue Ambrose Gwinett Bierce. El libro, claro, se lo debemos a Sequitur, que sigue luchando contra viento y marea empeñada en resucitar joyitas en medio de este muriente y mugiente mercado del libro nuestro. Pero tranquilos, que esto será breve: no crean que les voy a desvelar ningún secreto. Sí les dejo aquí un dato sobre la supuesta muerte del Sr. Bierce, por si andan un poco despistados: ya setentón, “cansado de ser tan viejo y seguir vivo”, este escritor al que nadie hace ya mucho caso cruzó la frontera de El Paso para enrolarse en el caótico ejército del fiero Pancho Villa. Quería morir en la guerra, nada menos, como se decía que morían los valientes.

Ya saben que hay escritores que acaban combustionando en busca de la verdad, porque lo que encuentran es algo muy parecido a una cloaca. El deseo de muerte de Bierce es, quizá, uno de los más poderosos destellos de esta hoguera de genios de apariencia desdeñosa (el duende Artaud, Fante, Lautréamont), aunque su figura es distinta, seguramente porque casi nadie le conoce. Su desaparición en la vorágine bélica le confiere, quizás, un aura especial, un algo legendario que atrajo en su día a escritores y cineastas. Busquen Gringo Viejo -libro y peli- y se harán una idea de lo que hablo. Pero lo que quería decirles es que deben leerse La mirada cínica, el libro que me ha dejado casi temblando, así que les voy a hablar un poco de cinismo.

No sé por qué pero nadie recuerda ya que los cínicos (los griegos, of course) fueron unos anarquistas de tomo y lomo, aunque fuesen vestidos con togas elegantes. A pesar de la mala prensa que tienen hoy, por entonces ser un cínico significaba ser enemigo de las costumbres políticas y culturales de la época, ir a contracorriente, olfatear el hedor maniqueo de las formas demasiado acabadas y perfectas, su poso de mentira, la pura falsedad de los manjares estéticos paladeados por la nobleza de turno. Hoy nos harían falta unos cuantos cínicos de veras, alguien que, como Bierce, nos advierta contra los falsos profetas y nos recuerde que todo es un extraño sinsentido.

Pero no soy capaz de explicar a Bierce, no creo que se pueda. Sólo queda leerle (vayan, vayan) e intentar aprender un poco de su cinismo. Piensen que, con los tiempos que corren, el ejército de Pancho Villa puede acabar llamando a nuestra puerta bandolera en mano, y obligarnos a llevar una vida llena de verdades sarcásticas, inmediatas y, sí, también verdades como puños. Las mismas que conocía aquel gringo viejo llamado Ambrose Bierce. Hagan el favor de no olvidar jamás su nombre.

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Una respuesta a Ambrose Bierce: el cínico valiente

  1. Me gusta mucho este buen hombre. Lo cínico me llama.
    Gracias por el texto.

    Gonzalo Muñoz Barallobre
    4 diciembre 2010 at 11:40 am

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