Dos miradas sobre ‘127 horas’ (I)

Por Alejandro Contreras.

 

Aunque su madre le ha dejado un mensaje en el contestador invitándole a compartir el fin de semana, Aaron Ralston (James Franco) tiene otros planes. Él prefiere coger su mochila y su bicicleta para irse a caminar y escalar por los cañones de Utah. Para esta ocasión ha seleccionado como destino el cañón de Big John, uno de los lugares menos conocidos y transitados por otros escaladores.

 

De camino al cañón de Big John, se encuentra con Kristi (Kate Mara) y Megan (Amber Tamblyn), un par de chicas algo novatas que están algo perdidas. Aaron se ofrece para ayudarlas y les indica el camino hacia su ruta, no sin antes llevarlas a una gruta muy especial donde poder darse un buen chapuzón. Las chicas no pierden la oportunidad y le invitan a un fiesta que van a organizar para esa noche. Con la promesa de que se uniría a la fiesta después de acabar su ruta, Aaron se hace una fotografía con ellas y prosigue su camino.

 

Cuando ya estaba a punto de llegar a su destino, un traspié en un descenso le coloca en una situación bastante delicada a la que nunca se había visto expuesto. Con sólo una cámara de video, una navaja y algunos utensilios más que llevaba en su mochila, y siendo consciente de que nadie va a venir a socorrerlo, Aaron tendrá ante sí la prueba de supervivencia más dura de su vida.

 

Danny Boyle no sale muy mal parado del reto de rodar una historia prácticamente con un único actor y tener enganchado al público durante la proyección. Pero siendo sincero, el resultado no es tan contundente ni emocionante como el de BURIED (2010) de Rodrigo Cortés. Danny Boyle ha recurrido a flashbacks ficticios y otros recursos que sabiamente reusó utilizar Rodrigo Cortés, con lo cual la historia que se nos presenta es básicamente la que te supones. Y si encima te has enterado del único giro notable del guión, pues la película termina siendo algo previsible.
 
El protagonista tiene el reto de cargar con todo el peso de la película, prácticamente todas las líneas de diálogo y además con suficiente cuidado de que el retrato de una persona real no enfade a nadie por el retrato que se haga. El encanto de James Franco no es suficiente para mantenerte alerta toda la película, y terminas un poco harto de él y de su personaje. Cierto es que pocos podrían salir bien parados de semejante reto, pero este mismo año hemos visto que un actor como Ryan Reynolds conseguía en la película de Rodrigo Cortés superarlo con creces.
 
Al querer ser tan fieles con la historia original se ha ido en detrimento del resultado final de la película. Una de las mejores escenas, la del baño en la gruta con las excursionistas perdidas, no ocurrió en realidad, fue un añadido al guión. El mundo anterior que se nos retrata de Aaron no es nada fuera de lo común y tal vez se podría haber reescrito para reforzar la película.
 

Cuando vi Enterrado (2010) fantasee con la idea de cómo rodaría Hollywood una historia como la que nos presentaba Rodrigo Cortés, y con esta 127 Horas (2010) ya tengo la respuesta. Tal vez sea más fácil reconocer una película protagonizada por un héroe anónimo que otra más incómoda que sólo hace señalar los brutales daños colaterales que tienen las guerras. Ni la película es tan buena como nos quieren hacer creer, ni James Franco está tan brillante. Si le quitamos la anécdota, la película se queda en nada. Una nada muy bien filmada, pero en el fondo nada.

 

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