“El trayecto”, de Rafael Romero

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“El trayecto”, un relato de Rafael Romero.

Él la notó de reojo, recostó el periódico en el volante, la vio a través de sus gafas y movió la cabeza. Ella respondió con una sonrisa, diciendo hola con la mano. Y se quedó ahí, del lado del copiloto, agachada, viéndolo a través de la ventanilla, escrutándolo con un gesto más que indagador, inocente. Entonces él bajó un poco el cristal y le dijo que lo sentía, que no estaba de servicio. Lo dijo casi sin verla, más pendiente del Marca que de lo que ella intentó decirle y que no escuchó por la rapidez con la volvió a subir la ventanilla. Ella esperó unos segundos más antes de marcharse. Era él, era su mirada, estaba segura. A mitad de la calle, recapacitó y volvió. Esta vez fue directamente hacia el lado del piloto. Se detuvo a esperar a que pasara una pareja y se acercó. Cuando la vio, dejó el periódico en el asiento y resopló. No lo entendía. El cartelito pegado al parabrisas decía «ocupado».

—Perdona, acabo de decirte que no estoy de servicio. Ve a la esquina, allí puedes coger otro taxi —le dijo.

Ella negó con la cabeza y rió nerviosa. Se esperaba una respuesta grosera, la típica de los conductores y taxistas que han perdido la paciencia. Él dejó escapar una sonrisa al darse cuenta de que ella seguía ahí, observándolo.

—¿Qué haces? ¿Estás de coña, no?

—Soy yo, Carlos, ¿no me reconoces? —habló, agachándose un poco más para que la viera mejor. Su voz sonaba ligeramente ronca, pero en esos segundos él reparó más en sus labios, secos y agrietados, y en un pequeño piercing que brillaba en su ceja izquierda.

¿Cómo coño sabe mi nombre?, pensó mientras se asomaba a la ventana y la veía de pies a cabeza. No pasaba de los treinta, el pelo, rubio y graso, recogido en una coleta, la piel un poco oscura, con ese tono de quienes pasan demasiado tiempo a la intemperie, y algunas pecas, visibles, pequeñas manchas. Llevaba un mono de lona, como los de las embarazadas, que le quedaba un poco grande, una camiseta azul, desteñida, y unas zapatillas de correr, negras y empolvadas. Atada a la cintura, una sudadera.

—Me estás confundiendo, yo no te conozco —le dijo. Es verdad que se llamaba Carlos, pero Carlos había miles. Era una mera coincidencia.

—Soy yo, ¡Lucía! —ahora su risa, más que nerviosa, era infantil y entusiasta.

Cuando les había contado a sus colegas de profesión que ya no vivía con su mujer, que llevaban separados casi tres meses, que sus dos hijos no querían hablarle, no se imaginó que fueran a ser tan cabrones para hacerle ese tipo de bromas. ¿Mandarle a una puta? Conocía a Sergio. Sabía que era un cachondo. Mientras veía las muecas que la chica hacía, intentando convencerlo de que la conocía, lo consideró. Sergio y Tomás, los muy capullos, partiéndose de la risa no muy lejos de ahí, en el coche de uno de ellos o en el café de la esquina, pegados a los ventanales.

—Mira, da igual como te llames. No te conozco, de veras. Me estás confundiendo, o lo que sea. Además, si quieres algo, lo llevas mal porque…

—¡Joder, Carlos, qué pronto olvidas! —lo interrumpió, encogiendo los hombros y subiendo las manos a la altura del pecho. Él se fijo en sus dientes, amarillos, en su delgadez, en que no llevaba sujetador. No es una puta, es una yonqui. Sí, tiene pinta de yonqui, pensó. Podría haberle dicho que no se confundiera, que se trataba de un taxi y no de una cunda, pero tampoco quería ofenderla.

—A ver, dime, ¿de qué nos conocemos? —a su edad, ya no estaba para discusiones. Eran las 11:45. Quedaban 15 minutos para que viniera Antonio y se llevara el taxi. Él saldría, entraría en el parking al otro lado de la calle, cogería su coche y se iría a casa de sus padres, que ahora era su casa, de nuevo, después de tantos años. Si era una broma, les seguiría la corriente. Ella percibió, por fin, una pizca de correspondencia.

—Nos conocemos del sábado, Carlos, del sábado, ¿no te acuerdas? Te encontré por Alberto Aguilera, ahí nos conocimos.

Él no sabía muy bien cómo reaccionar. Había algo en ella, no sabía muy bien qué —quizás sus gestos, espontáneos e incluso inocentes—, que lo intrigaba. Andará puesta de quién sabe qué y creerá que soy el Carlos ese, pensaba. Tenía esa pinta, pero sólo si la veías de cerca, muy de cerca. A cierta distancia veías a una chica rubia, como cualquier otra. Atractiva, incluso. Sí, por qué no.

—¿El sábado? ¡El sábado!

—Sí, el sábado. Me dijiste que te acompañara. Íbamos a tu casa, pero al final no quisiste y me llevaste al piso ese, por Embajadores. Mira, da igual que quieras pasar de mí y hacerte el que no sabe de qué va la cosa. Es más, no estoy cabreada ni nada. Te piraste y punto. Somos adultos, ¿no?

Era una mañana como cualquier otra. La gente iba de un lado a otro. Algunos se acercaban al estanco de la esquina a por el periódico. Otros pasaban con sus perros. El cielo estaba nublado. Finales de octubre. Estaban empezando a bajar las temperaturas. Ella parecía no sentirlo; era evidente que estaba emocionada. Reía, gesticulaba y seguía hablando, contándole una historia no tan descabellada pero sí ajena, que tampoco que le incumbía. Lo curioso es que, oyéndola, cayó en la cuenta de que no recordaba exactamente lo que había hecho el sábado. Había trabajado desde el mediodía, sí, pero… ¿había tenido alguna clienta rara, como la tía esta que no dejaba de decirle que por qué se había ido sin despedirse, el sábado?

—Mira, no quiero ser borde, de veras. Tú y yo no nos conocemos de nada. Y el sábado yo no fui a ningún piso de Embajadores con nadie, ¿vale?

Ella notó que el tono de voz de Carlos ya no era el mismo.

—¿Vale?

—Vale, vale, bien, como quieras.

Lo menos que ella quería es que hubiera mal rollo. Le gustaban sus brazos, gordos, vellosos. Su voz, su bigote. Era él, lo había encontrado. Suspiró y empezó a registrarse los bolsillos. Sacó un monedero y lo apachurró con la mano. Se agachó, apoyándose en las rodillas y, con una fea mueca de aflicción y molestia, le pidió que por favor la llevara a dar una vuelta, que esta vez nada de sexo ni de drogas, que sólo quería dar una vuelta, a cualquier sitio. Con la voz quebrada, le dijo que tenía dinero, que se lo habían dado los tíos del piso de Embajadores, que podía pagarle el trayecto.

—Toma, hay 40 pavos, no los quiero.

Carlos, que sólo quería olvidarse de que su mujer acababa de mandarle los papeles del divorcio, buscó una explicación fijando la vista en el retrovisor, esas cejas canosas y esos ojos que cada vez parecían hundirse en un espeso terreno de piel y arrugas prematuras y, sin saber por qué, quiso hacer lo mismo: llorar. Sintió que podía hacerlo, que no pasaba nada si lo hacía. No recordaba lo que suponía llorar porque sólo lo había hecho de niño. Entonces quitó el freno de mano y el seguro de las puertas. Vio el reloj. Veinte para las doce. Iba a llorar, así que encendió el coche, de prisa.

—Venga, sube —le dijo.

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