Richard Donner. De maestros invisibles.

Por Rubén Sánchez Trigos.


A todos nos ha ocurrido alguna vez, uno de esos ritos vitales que encienden la llama de la empatía cuando alguien lo cuenta: acudes al directo de alguna banda musical, entre la obligación y el compromiso, con la convicción de no conocer ni uno solo de los temas de su repertorio, para acabar descubriendo, con abobada nostalgia, que el grupo en cuestión se parapeta detrás de algunas de las canciones de tu vida… sin que a ti jamás se te hubiera ocurrido asociarlas. Es la sublimación del arte por encima del artista, la obra que, como un adolescente insatisfecho –valga la redundancia-, se independiza de su progenitor a la primera de cambio, la séptima esencia del pensamiento bartheniano Con Richard Donner ocurre exactamente lo mismo. Uno lo cree un director de segunda o de tercera con cierta suerte, una marioneta hueca de personalidad (des)animada por los hilos de la industria; en suma, un realizador de urgencia, de esos a los que los estudios llaman cuando ese caballo loco que son las películas se les ha ido de las manos, tal como un cerrajero acude a abrirte la puerta. Uno, digo, asume todo esto con la quimérica naturalidad con que se asumen todos los prejuicios, y resulta que cuando a alguien se le ocurre asomarse a su filmografía, descubre, pasmado, que el nombre de Donner se encuentra ligado a algunos de los títulos más emblemáticos de los setenta y ochenta, es decir, de las décadas en las que, para bien o para mal, el cine cambió por última vez y quizás, no lo sé, para siempre.

 

El set-list de Richard Donner es de los que invitan a la taquicardia: La profecía, Superman, Los Goonies, Lady Halcón, Arma letal (y secuelas), Los fantasmas atacan al jefe. Esos son los incontestables. Pero Donner también posee algunos de los títulos más sólidos y entretenidos del cine comercial de las últimas cuatro décadas: Maverick o Conspiración, por ejemplo. Imposible repasar la lista y contener a la vez una sonrisa de secreto regocijo. Y sin embargo, pocas de estas películas se lanzaron en su momento apelando al: “Una película de…”, o se publicitaron con las fotos de su director en el rodaje, tal y como es costumbre hoy. Digámoslo ya: nadie, o casi nadie, iba al cine a ver una película de Richard Donner, a pesar de facturar un Blockbuster tras otro, de fijar tendencias que aún hoy padecemos -como la estructura desde entonces canónica de la moderna película de superhéroes o la buddy-movie, que no inventó Arma letal pero lo parecía-, o de marcar a una generación para siempre.

 

El caso de Donner, además, es paradójico, porque cohabitó en los inicios de su carrera en el cine con los Spielberg, los Lucas o los Coppola, esa generación insultantemente joven e impetuosa que quiso emplear el imaginario cinéfilo de su infancia para conquistar el mundo. Tiburón o La guerra de las galaxias impusieron definitivamente el modelo de película-comercial-de-autor, pero Richard Donner nunca estuvo en esa onda, a pesar de especializarse él también en taquillazos invariablemente deslumbrantes. Por el contrario, el futuro director de 16 calles siempre se movió cómodamente entre dos aguas, o mejor dicho, entre dos generaciones: la susodicha y la inmediatamente anterior, aquélla en la que los directores se fogueaban primero en la televisión, conocían su oficio como el carpintero conoce el suyo, y se contentaban con contar una historia con una eficacia y sobriedad que hoy parece pérdida. Lo que se llama, despectivamente, un artesano. Así, entre Spielberg y Sidney Lumet, Donner siempre mantuvo la cabeza fría y el ojo ágil para no perder de vista cual era su cometido en la guerra que supone todo rodaje. Solo de esta forma se entiende que llegara a filmar ¡en el mismo año! dos títulos tan aparatosos de producción como Los Goonies o Lady Halcón. Ahí es nada.

 

Se le ha acusado con frecuencia de no poseer estilo, pero la marca de estilo de Donner era y es la profesionalidad y la eficacia, el respeto por su público y, sobre todo, por unos personajes y una trama que no por sentarse en la silla del director le pertenecen. Donner nunca estuvo por encima de la película –tal y como, significativamente, ilustra la imagen que acompaña a este texto-. En sus manos, Superman, Damien o el detective Martin Riggs son patrimonio de todos. Su fuerte, más que una estructura narrativa poderosa, son las imágenes elaboradas con mimo que se alojan en la retina: el inolvidable cristal que cercena la cabeza en La profecía, Superman dando la vuelta a la Tierra para invertir el tiempo o los barcos piratas secretamente inflados de oro que le salvan a uno el verano. En esa mezcla de generosidad y pragmatismo reside la grandeza de un director que decidió dar un paso atrás, ocultarse en las bambalinas y permitir que fueran las películas, y no él, las que alcanzaran la inmortalidad con la que otros sueñan. Y hablando de inmortalidades, no busquen hoy su necrológica: Richard Donner sigue vivo. Los maestros invisibles también merecen el reconocimiento antes de que nos dejen… si es que alguien que ha filmado Los Goonies puede dejarnos alguna vez.

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