“Esquina inferior del cuadro”, de Miguel A. Zapata

 

Esquina inferior del cuadro


Puede ser su pincelada. Suave pero firme, delimitando contornos sin menoscabar la presencia de la mancha de color en sus obras. Ese concepto arcaizante del dibujo que aprendió siendo apenas un crío y que hoy, pocos años después, ha perfeccionado para privilegiar las figuras y la narración. No extraña su técnica virtuosa. En la biblioteca de su dormitorio, donde todos (sus padres, su hermana, amigos y visitas) podrían imaginar una colección de cómic manga o, en el mejor de los casos, los seis o siete libros de Harry Potter, Álvaro dispone con delicadeza sus monografías de Fra Angélico, Giotto o Cimabúe, las ediciones de libros de Taschen o los facsímiles de miniaturas iluminadas de la Escuela Palatina de Aquisgrán, ordenados sobre los anaqueles.

 

Quizá sea su interés por los cromatismos suaves, ingenuos pero de una maestría casi balthusiana. La paleta de Álvaro gusta de los colores menos agresivos sin que ello suponga ausencia de apasionamiento en sus creaciones. Más bien, luce una pasión contenida, no desplegada, sugerente antes que impúdica o vulgar, oscilando de una gama fría a los tonos más desvaídos de la cálida: ocres crepusculares o sutil azul cobalto que se someten sin estridencias al contorno, dejando entrever la intención de no disturbar con trucos coloristas al espectador. Álvaro es también así en su vida cotidiana: suave de formas y contenido en sus juicios; jamás se ha podido oír de su boca una grosería, una interrupción de palabras ajenas o una opinión de carácter polémico. Cierta vez fue obligado a bajar del autobús porque el conductor se negaba a cambiarle un billete: ni un ápice de violencia, ni un tono más alto que otro; descendió Alvarito resignado hasta la marquesina y se despidió del agresivo al volante con un simple movimiento de cabeza. Se pinta, supongo, como se es.

 

Las temáticas y motivos de sus cuadros son también un reflejo de su forma de andar por el mundo, de su personalidad. Trigales expandiéndose en un fulgor gualdo, mecidos por la brisa, bosques preñados de madreselvas, retamas o rosales silvestres, con la presencia trotona de algún pequeño ciervo, abubillas volanderas y liebres jugueteando por entre la enramada, entornos campesinos donde bullen pastores amables, labriegos que ríen y conversan azada al hombro o tenderos que vocean al sol sus productos en el mercado local. Marinas en calma absoluta, búcaros con claveles y amapolas, niños jugando felices en el parque de atracciones, familias de picnic junto al lago, bulevares de domingo llenos de ociosos paseantes. Si se pregunta a quien lo conozca, todos dirán que Álvaro, a sus quince añitos, es un adolescente de trato amable y risa fácil, generoso con propios y ajenos, cortés, desprendido, idealista, de naturaleza filantrópica, dueño de una inmaculada ética personal, sensible al dolor del otro tanto como al de su propia carne, con un sentido del humor sutil y profundamente humano. En una cena de Navidad, entre la algarabía y las panderetas y los polvorones, se disculpó con la familia y bajó hasta la calle, manta al hombro y con una bandeja de entremeses, pavo relleno y dulces, ofreciendo su pequeña ración de Buon Natale al grupo de mendigos sicilianos de la plaza; luego volvió a sumarse a la celebración de su gente, a la algarabía y las panderetas y los polvorones, al cuadro feliz de los suyos desde el cuadro también algo más feliz de los otros. O sus actividades de ayuda a comunidades indígenas de Kenia. O sus labores como lector para ciegos las tardes de los sábados. O el cariño y dedicación durante la última noche en agonía de su abuelo, sin soltar su mano ni un solo instante, durante las horas dilatadísimas de la habitación del hospital. Se pinta, sí, como se es.

 

[…]

 

Hoy admiramos las obras de su exposición en esta galería de arte del centro. Han venido todos: papá, mamá, su hermana Elena, un nutrido grupo de familiares y amigos. Menudean todos por la sala, dejando frente a cada lienzo bisbiseos de admiración que flotan vagamente entre bandejas de canapés y bienaventuranzas de críticos entusiasmados. De las paredes cuelgan sus bosques y bulevares, trigales y aldeas, brotan sus inocentes niños, sus familias junto al lago, la fauna forestal tierna y sensible. En los ojos de sus padres y su hermana, satisfacción y emoción contenida. El resto de los ojos se congratula en gozar o conocer la amistad del artista adolescente.

 

Y Álvaro en un rincón de la sala, serenísimo, recibiendo con sonrisa invariable las felicitaciones y los laureles, tendiendo su mano sin sombra de hastío en el rostro. Yo junto a él, ejerciendo de la forma más discreta posible mi papel de descubridor, mecenas y, casi anecdóticamente, profesor de un Arte, el suyo, que ya nació andando solo, eso es indiscutible. Escucha Álvaro ahora, por enésima vez, la pregunta de críticos y observadores curiosos: ¿por qué siempre la esquina inferior derecha del cuadro cercenada, como arrancado un pedazo de lienzo en forma de abanico irregular, pintado después desvaídamente el hueco con un tono humoso, tal si se disolvieran dulcemente los niños y las abubillas y las retamas y el lago y los campesinos y el parque de atracciones y el bulevar? Y Álvaro respondiendo, siempre con ese humor suyo inasequible a cansancios, inercias y repeticiones: también podría haber sido la esquina inferior izquierda, sí, cualquiera de las dos. O quizá indiferente él, retador y enigmático: incluso podría haber expuesto yo hoy aquí las esquinas, sólo esas esquinas, ¿quién podría decir que no son la misma piel, quién podría evitar que lo hiciera? Y estallar el interlocutor en una sorprendida risotada, y si era un crítico decididamente posmoderno (digamos algún pope de Lienzo y fiebre) celebrar la ocurrencia con un guiño de complicidad y despedirse redoblando admiraciones, convencido de que aquellos cuadros de técnica fabulosa añadían además el espíritu trasgresor de  los tiempos, de cualquier tiempo de vanguardia, de plena libertad artística.

 

(Y mirar yo, su maestro, descubridor y mecenas,  sí, mirar en este momento a Álvaro, Alvarito, el artista casi púber, el modélico y virtuoso, el orgullo de sus papis y sus abuelos y los mendigos y parte del África Oriental, mirarle no sé de qué forma, recordando su taquilla de la Escuela de Artes y Oficios abierta hoy accidentalmente, después de las clases, cuando ya se había marchado, y ver yo cómo cae al suelo desde la taquilla –lluvia emponzoñada- el porfolio con los recortes de lona en forma de abanico dentro, los retazos con imágenes atroces y terribles, paradójicas visiones en suaves tonos, de engañosas pinceladas serenas, continuación perversa y bizarra de sus inocentes  obras al  óleo, visiones de chicos y chicas ahogándose en el lago, flores y carroña de animales corrompidos por larvas e  insectos  entre  los  arbustos, cadáveres de mujeres brutalmente asesinadas   en   trechos   transitados   del   bulevar, niños disfrutando monstruosas prácticas sexuales junto a la taquilla del parque de atracciones.

 

Y miro a Álvaro, sí, lo estoy mirando ahora, miro su sonrisa y su éxito vital de éticas y estéticas a los ojos de todos, y descubro, observando simples trozos de lienzo en forma de abanico, el reverso oscuro y silente de todas las cosas en la esquina inferior derecha –o izquierda, qué más da- de cada cuadro).

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