“Chau, Reymond”, de Nicolás Correa*

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Es así, hace dos años que tenía unas ganas de hacerle una maldad y ahora que estoy guardado, no pierdo nada. Ya que te acercaste para ver lo que hacía con el muñeco, te cuento. Además, acá, sólo vienen a pedirme cosas.

 

Reymond. Así se llama, porque nadie se llama Reymond, a menos que te llames Ramón y a alguien que no se lo banque le quiera poner onda. Mi mujer me dijo que le prometiera, por su hijo, no tocarle un pelo. Y ahora que aguja entra y aguja sale, ni siquiera ahora me arrepiento de lo que le voy a hacer. Posta, no me arrepiento, aunque ella diga que el que se lleva la peor parte es el hijo, para mi, le salvo la vida.

 

La gota que rebalsó el vaso fue que me hiciera esa escenita pelotuda de padre fatal, en la entrega del boletín del nene: me encaró en un rincón, mientras mi mujer, su ex esposa, hablaba con la mamá de un compañerito, y me dijo que no le enseñe más esas porquerías al hijo que eran todo superstición. La palabra “porquerías” me dolió. Volvimos a casa y dele cranear, porque las que me fumé por el sorete este, no tienen nombre: desde que le faltara el respeto a mi señora cuando le dijo que era una mala madre, hasta los boleos en el orto que le pega al nene cuando se enoja. ¿Y la vez que me preguntó si en provincia había asfalto? Eso es Light, porque el día que el pendejo vino y me dijo híbrido, casi lo volteo de un arrebato. “Guacho maleducado” le dije con la sonrisita del Muñeco Mateico, y después me soltó que lo había escuchado al padre decir eso: que yo era un híbrido porque en capital era un cabeza, y en provincia era un careta, y en ningún lado encajaba. Yo le dije al nene: decíme villero si querés, pero ningún híbrido. Mi mujer me miró y me rogó con esa caidita de ojos que no siguiera.

 

Y ahora, aguja va, aguja viene, el que se va a entretener es el Reymond.

 

Me acuerdo cuando me preguntó a qué me dedicaba, y estuve tentado en decírle la verdad, pero enseguida me lo guardé: “albañil” le dije. Y después de eso, dos días después, le compré una pelota de Boca al nene, y el muy puto se la pinchó y encima me llamó para que le haga un trabajito en el baño. Yo por adentro dele cranear y decirme para mí mismo: “Relajáte, que ya vas a tener tu momento.”

 

Algunos se tientan y meten bala, otros mandan a que se los cojan, pero hay los que  tenemos un gusta más refinado. Y aunque yo sepa que el muy puto no cree, no importa, que él crea o no, la maldad se la voy a hacer igual y le va a llegar lo mismo. Hay algunos boludos que creen que porque no creen, los gualichos no llegan.

Y te digo más, ¿cómo te pensás que su mujer se fijó en mí? ¿Vos te pensás que fue amor a primera vista? Nada. Lo único que me hizo falta fue una bombacha ensangrentada. Después un par de oraciones a mi regente y la constancia, en este trabajo la constancia es lo principal. El que persevera triunfa, y no es joda. Ah, te quedás mudo, no es como los superhéroes, eh. ¿Vos te pensás que porque estoy en la tumba, mi maldad no le va a llegar? Sos un pendejo atrevido, ya me vas a venir a pedir que te haga una atadura o que te baje a un pata de lana que anda gavilaneando a tu jermu.

 

Me acuerdo la vez que fuimos a la entrega de trofeos del guacho y los padres jugaban un partidito amistoso para recaudar fondos. Mi jermu y el nene me pidieron que jugara, pero el muy puto cayó sorpresivo a la entrega, con su chica, y quiso el destino o mis ruegos al Pantera Negra, que jugaramos en equipos contrarios. El tipo la mueve, pero yo la muevo más, por qué te pensás que del pabellón Guaraní siempre quieren que juegue con ellos, y te digo que si no hubiese sido por la rotura de ligamentos cruzados de mi rodilla derecha, hoy estaría jugando afuera. La flaca me advirtió que me rescatara, pero en la primera pelota que tocó, lo mordí en el tobillo. El árbitro me miró feo, pero a mí no me importaba nada. Enseguida me la devolvió y preferí mantener el empate y no pudrirla. Para darle el gusta a mi mujer nomás.

 

Hoy el gusto es mío, aunque esté encerrado. Chau, Reymond. Chau a tu forma de ser padre, de tener que soportar que le enseñes a pegar al nene, de que no estés cuando te necesita, de que no le compres ropa y lo tengas como un cachivache, de que lo hagas cagar de frío a la noche cuando se va a dormir, de que le grites y te tenga miedo, de que no le pases un peso a la mamá, de que la maltrates y encima de todo, que ensucies el nombre del general diciéndole a todo el mundo lo peronista que sos.

 

Reymond, vas a tener que aprender a rezar.

Vos reíte, pendejo atrevido, reíte que cuando estés afuera y no sepas que te pasa, el que se va a reír voy a ser yo. ¿Te pensás que necesito salir de esta tumba para hacer una maldad?

 

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*Para leer más de Nicolás Correa, te sugerimos pasearte por su sitio.

 

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