Qué contar (2)

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Con periodicidad quincenal Culturamas publicará su visión sobre un aspecto del difícil arte literario. Esta nueva sección difundirá los secretos de la narrativa a todo aquel que quiera leerla. Creemos en la democratización del conocimiento.

 

 

Por Recaredo Veredas.

 

El buen novelista debe llenar de vida a sus personajes, lograr que posean la energía de un adolescente aunque hayan cumplido los noventa años o estén hundidos en una profunda depresión. Debe crear personajes de carne y hueso que, pese a su bondad o su maldad, sean comprendidos por el lector. Ser comprendido no es lo mismo que ser querido. Incluso si escoge al mismísimo Goebbles como protagonista, el buen novelista debe ser capaz de entender los motivos de su Golem. De no hacerlo creará una caricatura y la implicación del lector se esfumará. Solo los niños y las ancianitas consiguen un apoyo sin matices.

 

En la anterior entrega comprobamos que los personajes no solo precisan un dibujo detallado de su carácter, también necesitan escenas que favorezcan el trazado de sus acciones y, sobre todo, flexibilidad suficiente para adaptarse a los recovecos de la historia. Hasta ahora he hablado de los personajes pero la historia -entendida como la sucesión de peripecias- resulta fundamental. La descripción de la cotidianeidad de los personajes puede  contribuir a la creación de un relato breve o, en casos excepcionales, de una novela corta. Pero la novela necesita conflicto, ruptura de la realidad compartida. Los personajes deben vivir una experiencia -sea provocada por hechos externos o por una modificación en su conciencia- que quiebre el normal devenir de su vida. Como parece obvio, ese “motor de la obra” puede ser tan extraordinario como una conjura templaria o tan habitual como la muerte.

 

 

¿Es más difícil elaborar una novela que hable de la muerte que otra centrada en la decadencia los Templarios? Decir algo nuevo, o que parezca novedoso, sobre lo más universal resulta casi imposible pero tal dificultad no implica que centrarse en las peripecias sea fácil. Los personajes no poseerán la misma importancia y el autor deberá cuidar con esmero el ritmo y la coherencia de la trama. Porque, salvo gloriosas excepciones, existe cierta proporción inversa entre la importancia de las peripecias y la complejidad de los personajes.

 

La mayoría de las historias utilizadas en una novela muestran la evolución de un personaje en un contexto que alterna ayudas y contratiempos. En la combinación de unas peripecias verosímiles y sorprendentes y unos personajes matizados se encuentra gran parte del magisterio del novelista. Muy pocos autores hallan ese difícil equilibrio. Regresemos al final que a todos nos aguarda, a la manera en que Lev Tolstoi traza lo universal en La muerte de Ivan Illich. Todos nos largaremos de este mundo pero Ivan Illich no solo se derrumba en su cuerpo mortal. A su lado también se desmorona todo un mundo, todo un estrato social. Así, lo central –la agonía del protagonista- es acompañado por una mínima e imprescindible sucesión de peripecias que permite que digiramos lo indigerible.

 

CONTINUARÁ…

 

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