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Por Gerard Altés
A finales de 1956, la BBC se decide a dar entrada en su parrilla a un arriesgado, pero entusiasta magazine de actualidad. En aquel año, Gran Bretaña se acogía a un panorama complejo de su historia, viendo como el mundo se precipitaba hacía un escenario en que su presencia era difusa; una guerra fría, en que se le intuía un papel circunstancial mientras asistía al hundimiento de su insumergible Imperio. Y además, debía encararlo huérfano de su líder espiritual, Sir Winston Churchill (primer año retirado de la política activa). Pero el hecho más destacable es que el lanzamiento de The Hour, en aquel suculento mes de octubre, coincidía con la crisis de Suez (y no es baladí, ya que se trata de un conflicto que simboliza la época a la perfección).

Precisamente todo se precipita cuando uno de los periodistas y redactores del programa, el joven e intrépido Frederick Lyon (uno de los personajes ficcionales del año en la TV), queda enredado en una turbia trama entre los servicios secretos británicos (MI6), y los de la Unión Soviética con efectos directos sobre el conflicto de Suez. Fredie, corajudo y abrasivo, deberá de desdoblarse para tener un pie en cada mundo, mantenerse como profesional siguiendo los acontecimientos “oficiales”, sin dejar de seguir el rastro a la conspiración orquestada desde diferentes frentes. No podemos olvidar que 1956 también fue el año de Alfred Hitchcock: El hombre que sabía demasiado.

Bel Rowley, también una joven brillante, y obviamente una mujer avanzada a su tiempo, es la productora. En un principio se optó por ella por creerse que podría ser fácil de dominar, y a la vez para hacer de barrera frente al temible e imprevisible Lyon…, pero ella se acabará ganando el respeto, y no sólo con el alto mando de la BBC, sino también en los reiterados conflictos con los hombres de Downing Street, que en tiempos de Eden, tenían excesiva familiaridad y facilidad de acceso al contenido de la televisión pública. Y aún más, desde la aprobación de la ley “mordaza”, que impedía formular opiniones sobre leyes y acciones 14 días después de que fueran legisladas y aprobadas por el Parlamento.

The Hour, también ha supuesto el regreso a la televisión de calidad de Dominic West (Hector Madden), el que fuera el detective Jimmy McNulty de la policía de Baltimore en The Wire, pero ahora lo hace en la otra banda del océano, donde nació. Aunque The Wire fue una serie coral por antonomasia, es innegable que él era el protagonista; en cambio en The Hour se ha de ganar las alas ante unos jóvenes actores británicos de mucho talento. Y este es uno de los atractivos de la serie, ya que en un principio no se le otorga un papel regalado. El escenifica al periodista en consonancia con el status quo, casi se le podría considerar un hombre llano y anodino: un héroe de guerra, posteriormente casado con una mujer de familia influyente, y que gracias a estos contactos goza del privilegio de que le nombren presentador y cara visible del nuevo programa. Podríamos decir que es su compañero, Frederick Lyon, quien desempeña el McNulty’s style en esta historia, el que está dispuesto a recibir todos los golpes para ofrecer un mejor periodismo, enfrentándose a las altas esferas a cuerpo descubierto. La pequeña diferencia estriba en que Mr. Lyon no tiene las artes de McNulty con las mujeres, y es incapaz de mostrar su amor hacía la señorita Bel, que obviamente acabará en brazos del galán en este drama y amor triangular de backstage. Se ha de decir, como es obvio, que Hector Madden enseguida se contagiará del entusiasmo y ganas de dignificar la profesión de sus jóvenes y abyectos compañeros.

Otro de los personajes más interesantes es la figura paradoxal de Clarence Fendley, uno de los hombres fuertes de la BBC y quien tiene el encargo de hacer el seguimiento del nuevo programa. A pesar de actuar como un hombre de orden en los despachos de los ejecutivos de la cadena, en el fondo sabe y reconoce que “estoy permitiendo un programa a los albores de la aceptabilidad”. Y Frederyck Lyon remata en tono de mofa refiriéndose a este andar por los límites: “Somos la dosis nocturna  seguridad, de qué todo anda bien”. El empuje del equipo de The Hour acaba convirtiendo cada programa en una maquiavélica batalla para conseguir un periodismo más integro, a pesar de todas las presiones externas. Clarence, en el fondo, reconoce que este programa es el broche a su carrera, pero también escondo otros motivos… (No os perdáis la última conversación entre el joven Lyon y el veterano Fendley).

La gran virtud de la serie es que sonando a moderno y original, está recubierta de líneas clásicas como un conjunto de Savile Row (famosa tienda del centro de Londres). Y todo a expensas de Abi Morgan, el creador que ya se había ganado la fama con la miniserie también de la BBC, State of Play (2003). Pocas cosas se les ha de enseñar a los ingleses por lo que respeta a hacer televisión, y menos en las obras que combinen ficción-thriller-política-humor. Son unos verdaderos genios al tratar los asuntos políticos con mordacidad, pero también de forma holística. Y lo hacen desde una óptica que prefiere decantarse más por la interpretación clásica, y no tanto por el hiperrealismo imperante a la televisión estadounidense; aunque algo si ha traspasado; ¡qué lejos queda Yes, Minister!

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