El arresto domiciliario de Roman Polanski

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Por Rebeca García Nieto

 

 

No parece una casualidad que, como telón de fondo para su última película, Roman Polanski haya sustituido la Rive Gauche de París, donde se desarrollaba la obra de teatro de Yasmina Reza en que está basada, por una barrio acomodado de Brooklyn. El guión de Carnage (traducida al español como Un dios salvaje) fue escrito mientras Polanski estaba en arresto domiciliario en relación con el proceso judicial que tiene pendiente en Estados Unidos desde 1978. Tal vez por eso se decantó por adaptar una obra en que los actores se ven obligados a permanecer en el interior de una vivienda. Quizá también por eso esta película sea su particular venganza contra quienes intentan sentarlo en el banquillo.

 

La trama, que gira en torno a los dos incisivos perdidos por un niño en una pelea, es una sutil reflexión sobre las diversas formas de violencia que imperan en la sociedad occidental. Una pelea entre dos críos da lugar a que los padres de los implicados discutan durante algo más de hora y media sobre las implicaciones de la agresión. Las conversaciones sobre el honor, el perdón y la culpa se alternan con vomitonas, rabietas infantiles y confesiones de borracho. A diferencia de Quién teme a Virginia Woolf, película a la que recuerda en algunos momentos, Carnage no ahonda en las complejas dinámicas de los matrimonios protagonistas, sino que utiliza la superficie de los personajes como espejo de la banalidad de la sociedad de la que forman parte.

 

 

 

Tanto los padres del niño agredido como los del agresor tratan de abordar la agresión de forma civilizada. Entre ellos destaca la madre del niño agredido, interpretada por Jodie Foster, escritora y amante del arte que aparenta ser la más cívica de los cuatro. En las antípodas de ésta está el padre del niño agresor, interpretado por Christoph Waltz, cuyos modales no se ajustan en absoluto al circo de las apariencias americano. Unos y otros se esfuerzan, sin conseguirlo, en darnos una lección de buena vecindad y tolerancia. Sin embargo, el olor de la colonia con la que tratan de enmascarar el del vómito se evapora pronto y, de manera casi imperceptible, el lenguaje se vuelve violento. Y no me refiero sólo al hecho de que todos acaben perdiendo los papeles y gritándose como si fueran capataces en un barco de galeotes, sino a la violencia implícita en el lenguaje políticamente correcto. En contra de lo que pueda parecer, las palabras, supuestamente el medio de conciliación que utilizan los adultos para no llegar a las manos como los niños, no son inofensivas. Y el lenguaje políticamente correcto no es una excepción. Así, por ejemplo, la palabra de moda de este discurso, “tolerancia”, se usa en muchos casos para encubrir otras realidades. Decimos con demasiada frecuencia que debemos ser tolerantes con quienes son diferentes para así mantener a cierta distancia el problema de fondo: la desigualdad entre los hombres y, en muchos casos, la explotación y la injusticia.

 

No obstante, las formas de violencia a las que alude la película son más sutiles. Los hechos más dramáticos, los niños de la guerra de África o las víctimas de la industria farmacéutica, nunca aparecen en pantalla. El personaje interpretado por Jodie Foster habla de escribir un libro sobre Darfur sin pararse a pensar en la contradicción en que se basa su vida: da mucha más importancia a una pelea de críos que al hecho de que un niño africano tenga que defenderse de otros niños Kalashnikov en mano. Por su parte, el personaje que protagoniza Christoph Waltz, abogado de una industria farmacéutica, se pasa la película asesorando a sus clientes sobre cómo ocultar los efectos secundarios que produce un medicamento sin pararse a pensar que puede dañar a sus propios compatriotas, como la abuela del niño agredido.

 

 

 

En una época en que todo debe ser visible, a fuerza de mostrar las cosas miles de veces, el efecto de la imagen ha desaparecido. Ya que resulta imposible ofrecer una imagen de los hechos (mostrar a los niños de la guerra no tendría efecto alguno sobre el espectador porque lo ha visto ya hasta la extenuación), la película se dedica a poner en entredicho nuestra vida cotidiana. Es la banalidad de nuestras vidas, el que convirtamos la pérdida de un hámster en una tragedia, lo que es obsceno.

 

Curiosamente, aunque Nueva York vive en un estado de emergencia permanente y la sociedad americana se rige por la máxima de “Teme a tu prójimo como a ti mismo”, nuestros protagonistas no estaban preparados para hacer frente a este tipo de amenaza. Esta vez no provenía de los sospechosos habituales (terroristas islámicos, inmigrantes o negros), sino que el peligro lo representaba el hijo de los vecinos: caucásicos e igualmente acomodados. La amenaza que tienen que combatir en realidad es su esencia americana. No en vano, hasta hace no mucho los problemas en América se han solucionado a lo John Wayne. Acostumbrados a elaborar retorcidas teorías de la conspiración, esta vez no tienen otro remedio que aceptar que el principal peligro son ellos mismos. Y es que, como señaló Chesterton, “la moralidad es la más oscura y temeraria de las conspiraciones”.

 

 

 

La película concluye con un epílogo que parece ser un guiño a Caché de Michael Haneke, uno de los directores que mejor ha reflexionado sobre la violencia. El hámster perdido aparece jugando en el parque con el resto de niños, que parecen haber solucionado sus diferencias sin recurrir a las artimañas de los adultos. Pero, pese a la apariencia de final feliz, el espectador no tiene motivos para estar contento. Sin duda alguna, Polanski se ha salido con la suya. No sólo ha logrado que le acompañemos en su arresto domiciliario durante hora y media, sino que, además, ha conseguido presentar con verosimilitud algunos de los hechos por los que la sociedad occidental debería ser juzgada: la falta de escrúpulos de la industria farmacéutica o nuestra doble moral con respecto a las guerras o África. Al espectador sólo le queda preguntarse en qué silla ha estado sentado: ¿ha sido testigo del proceso o ha estado sentado en el banquillo de los acusados?… Porque no vayamos a pensar ni por un momento que somos mejores que los personajes de los que nos hemos reído. El interior de los hogares es el lugar por excelencia del crimen perfecto y todos somos, en mayor o menor medida, cómplices de los hechos que se han expuesto.

 

 

 

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