Domingo Villar, profeta en su tierra… y fuera de ella

 

Por Benito Garrido.

 

Domingo Villar es uno de nuestros escritores de novela negra más destacados y valorados, tanto a nivel nacional como internacional.  A su serie del inspector Leo Caldas, que no puede haber entrado con mejor pie en el mundo editorial, le van llegando los reconocimientos uno tras otro.  En nuestro país sus novelas ya obtuvieron varios galardones, y ahora que se están traduciendo a otros idiomas, es cuando también empiezan a ser consideradas fuera de nuestras fronteras.  Es de agradecer, que tras tanta novela escandinava, nórdica o báltica, un autor español inicie como si de la ruta de los salmones se tratase, una lucha a contracorriente por ocupar un lugar en el horizonte literario de la novela de intriga.  Ojos de agua y La playa de los ahogados son los dos títulos que hasta el momento la editorial Siruela ha publicado, y de los que ya se cuentan varias ediciones.

 

D. Villar. Foto © Beatriz Lozano / Siruela.

Villar nació en Vigo el año 1971 y es uno de esos gallegos emigrados a Madrid que no se olvida de su tierra, de hecho, los personajes de sus novelas se mueven, investigan y resuelven por tierras gallegas.  Ligado desde niño al mundo del vino, es desde hace años crítico gastronómico en una emisora de radio nacional y colaborador habitual en diversas publicaciones escritas.  También ha ejercido como guionista de cine y televisión.  Pero lo que claramente le ha dado a conocer han sido sus novelas.  Literatura escrita con tranquilidad y talento, que habla de lo cotidiano sin enredar al lector en inexplicables galimatías.  El autor muestra con cercanía y humor a unos protagonistas, que en su vida diaria de problemas e inquietudes, se desenvuelven con calma, y nos hacen partícipes de los avances en sus investigaciones.  Investigadores que tienen claro que nada es lo que parece, y que demuestran una gran calidad humana.

 

Los que busquen persecuciones de cine, deberán abstenerse.  Entre estas páginas prima más la solvencia inteligente que los disparos a quemarropa.  Y aunque los crímenes se producen, como en cualquier otro lugar del mundo, éstos como que resultan más reconocibles en su injustificado daño.  Estamos ante un excelente escritor que ha fascinado a miles de lectores con sus historias policiales de la Galicia costera y lluviosa.  Ha creado un universo propio dónde la ciudad de Vigo y los escenarios que la circundan (por extraño que parezca) configuran la atmósfera perfecta para el desarrollo de una novela negra.  Y es en ese mundo cerrado dónde las conspiraciones y los crímenes surgen con ese halo de misterio que consigue atrapar la curiosidad del lector.   Sus personajes están perfectamente dibujados y son reconocibles para cualquier cómplice seguidor que terminará comulgando con sus extremos caracteres.  Así, si el inspector Leo Caldas es el típico antihéroe racional y templado, su ayudante Estévez, es el habitual aragonés resolutivo y terco que se mueve por impulsos.

 

Siempre se ha dicho que al escritor se le debe conocer por sus obras.  Y en este caso, con solo dos libros Villar ha llegado a ese nivel al que solo los buenos narradores pueden llegar, el del reconocimiento del público.  Con independencia de la crueldad que puedan tener sus crímenes, lo que engancha es esa forma de contar historias tan propia, en la que se mezclan en adecuadas dosis tensión, sarcasmo y misterio.  Atractivo es el inicio de cada uno de los capítulos, con una entrada del diccionario de la Real Academia de la Lengua, que nos va abriendo apetito.  Apetito que se sustenta en un trabajado recorrido gastronómico.  Porque estas son también novelas en las que se come y se bebe de lo mejor de la tierra, desde las sardinas con cachelos a las empanadas de vieiras.  Y el jazz es la música que suena de fondo…  Solo es cuestión de ponerse a leer y dejarse llevar.

 

Ojos de agua (Siruela, 2006), primero de los títulos de la serie, ha quedado recientemente finalista al acreditado premio que la Svenska Deckarakademin (academia de la novela negra sueca) concede a la mejor novela negra traducida en 2010.  Ya previamente se había hecho con el I Premio Sintagma, el Premio Brigada 21 y el Premio Frei Martín Sarmiento, y fue finalista en dos categorías de los Crime Thiller Awards del Reino Unido.

En una torre residencial junto a la playa, un joven saxofonista de ojos claros ha aparecido asesinado con una crueldad que apunta a un crimen pasional. Sin embargo, el músico muerto no mantiene una relación estable y la casa, limpia de huellas, no muestra más que partituras ordenadas en los estantes y saxofones colgados en las paredes.  Leo Caldas, un solitario y melancólico inspector de policía que compagina su trabajo en comisaría con un consultorio radiofónico, se hará cargo de una investigación que le llevará de la bruma del anochecer al humo de las tabernas y los clubes de jazz. A su lado está el ayudante Rafael Estévez, un aragonés demasiado impetuoso para una Galicia irónica y ambigua, e incluso demasiado impetuoso para el propio Leo, que busca entre sorbos de vino los fantasmas ocultos en los demás mientras intenta sobrevivir a los suyos. Gracias a la labor de este singular equipo la verdad termina por aflorar.

 

 

La playa de los ahogados (Siruela, 2009), segundo capítulo de la serie, no le va a la zaga en recolección de premios.  Así, si el pasado mes de julio quedaba entre las siete finalistas al prestigioso CWA International Dagger Prize 2011 (de la asociación anglosajona de escritores de novela negra) a la mejor obra internacional del año, ya antes se había hecho con los siguientes galardones: Premio Antón Losada Diéguez, Libro del año por la Federación de Libreros de Galicia, Autor del año por la revista Fervenzas literarias, Finalista al Premio Libro del Año del Gremio de Libreros de Madrid, Finalista al Premio Novelpol y Premio Brigada 21.  Casi nada.

Una mañana, el cadáver de un marinero es arrastrado por la marea hasta la orilla de una playa gallega. Si no tuviese las manos atadas, Justo Castelo sería otro de los hijos del mar que encontró su tumba entre las aguas mientras faenaba. Sin testigos ni rastro de la embarcación del fallecido, el lacónico inspector Leo Caldas se sumerge en el ambiente marinero del pueblo, tratando de esclarecer el crimen entre hombres y mujeres que se resisten a desvelar sus sospechas y que, cuando se deciden a hablar, apuntan en una dirección demasiado insólita. Un asunto brumoso para Caldas, que atraviesa días difíciles: el único hermano de su padre está gravemente enfermo y su colaboración radiofónica en Onda Vigo se está volviendo insoportable. Tampoco facilita las cosas el carácter impulsivo de Rafael Estévez, su ayudante aragonés, que no acaba de adaptarse a la forma de ser del inspector.

 

El escritor gallego ya anda rematando su próximo libro, Cruces de piedra, con su inspector Leo Caldas embarcado ahora en la resolución de otro crimen por la ciudad de Vigo.  Pero para este título todavía nos va a tocar esperar un poco.

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