¿Quince minutos de fama? El pop surcoreano y la conquista de América.

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Corea del Sur sigue los pasos de Japón, pero quiere ser mejor.

 

Por Jaime Moreno.

Ignoro si el público de a pie lo conoce, pero no creo que haya muchos aficionados a la música oriental que no estén al corriente de la bulla creada por el grupo coreano Girls’ Generation hace tan sólo unos días, en el popular programa nocturno de entrevistas de David Letterman. En YouTube el obligatorio vídeo no tardó en aparecer, multiplicado obligatoriamente por mil. Cuando escribo esto, el vídeo pirata “oficial” ha sido visto por casi dos millones y medio personas. O quizás por muchas menos, que lo vieron muchas veces.

 

 

No es una gira, sino la presentación del grupo en EE.UU. Girls’ Generation, cuyas ventas en Asia se cuentan por millones, firmaron autógrafos espontáneos en las calles de Nueva York y, bajo contrato, en una franquicia de Times Square. También actuaron en otro popuar show –esta vez matutino– y fueron fotografiadas pasándolo bien en un club de Manhattan. Los fans, mientras, crearon la atmósfera propicia: hicieron cola durante días, gritaron hasta perder la voz e inudaron los foros del Internet.

 

La respuesta de los medios angloparlantes ha sido proporcional a la locura de su base electoral, por llamarla de alguna manera. Las emisoras de radio les dedicaron varios minutos, los telediarios hicieron lo propio y los periódicos (sobre todo a través de blogs, donde cabe lo que no tendría lugar en el diario en formato papel) publicaron artículos preguntándose acerca del destino del pop asiático en EE.UU.

 

Entre los comentaristas más inspirados está Jeff Yang, que escribe sobre Asia para The Wall Street Journal. Yang intuye que la cuestión es retórica, pura especulación periodística, y que la respuesta a la pregunta de si el pop coreano podrá conquistar las listas de ventas norteamericanas es no. Y lo es por la sencilla razón de que ni Girls’ Generation ni otros grupos populares como 2NE1 cantan en inglés, o no mucho. Lo que hacen es tres discografías destinadas a tres mercados diferentes –el coreano, el japonés y el internacional– y acaso el primer mercado del mundo, el estadounidense, no es internacional, sino sólo estadounidense.

 

 

Tan sólo seis canciones no cantadas en inglés han tenido el privilegio de llegar a la cumbre del Billboard; la última fue “Macarena” en 1996. Esto no es indicativo del mal gusto de los estadounidenses, ni tampoco de su empecinado provincianismo. En España, como sospecho que ocurre en todas partes, triunfa el producto local y aquello que venga empaquetado en inglés: la Britney Spears de turno, música disco –que no requiere intelecto para adivinar su país de origen: sólo requiere bailar– y quienquiera que venda millones bajo la etiqueta “indie”.  Nada más.

 

La única diferencia de Estados Unidos con respecto al Viejo Continente reside en la nutrida y orgullosa comunidad asiática de ese país. En efecto, son los hijos de los inmigrantes quienes primero, independientemente de su país de origen, suelen prestarle oídos a las importaciones discográficas orientales. De ahí el pop coreano ha pasado a la categoría de objeto de culto cibernético.

 

Entre los fans y los periodistas se crea un arco mediático gigantesco, pero su envergadura no suele tener un impacto duradero. Es una cuestion de minorías que hablan a una mayoría, y de una mayoría que, en un mundo saturado de información, no tiene tiempo ni ganas para detenerse demasiado en un solo producto comercial. El llamado k-pop es, por lo tanto, exótico y atractivo pero relativamente insignificante. Una de las claves en la traducción al mercado estadounidense está en el patronazgo de productores de moda. Will.i.am, de los Black Eyed Peas, participa en el nuevo proyecto de 2NE1, que verá la luz este año y cuyo resultado es una incógnita.

 

 

Otra cosa es lo que Girls’ Generation representa: el despertar de la cultura pop surcoreana, a la sombra de los maestros japoneses. Si alguna vez han visto a los ídolos nipones en acción (especialmente a ellas, esa elaborada versión de Lolita) habrán notado las similitudes: complejas coreografías de incontables miembros, escenografías barrocas y maquillajes que van más allá de lo posible. Quizás la profusión decorativa, que también afecta a la producción musical, sea el rasgo más característico del pop asiático moderno. Es curioso pero cierto que Occidente, cuando se trata de pop, es mucho más minimalista. ¿Es posible que Europa se vuelva otra vez neo-romántica o pre-rafaelita, como pasó con la purpurina en los años 80 o con las boy-bands en los 90? Lo es, me temo, y en ese caso la tentación del orientalismo sería demasiado fuerte.

                                                                                      

Por ahora esto no ha ocurrido, al menos en el ámbito musical. Japón conquistó los corazones de la infancia mundial con sus dibujos animados y sus videojuegos, todos ellos igualmente hiperbólicos. Una de las ramas de la invasión (porque fue una invasión, la que quitó de en medio a Superman y puso a Super Mario en su lugar) es la música pop. Cada serie animé viene acompañada de una o varias canciones japonesas y, aunque millones de personas vean los dibujos animados, apenas unos miles compran la banda sonora. De entre todos los países asiáticos, sólo Japón ha llegado a la cima del Billboard, por medio de Kyo Sakamoto, con el tema “Sukiyaki”, en la remota fecha de 1963.

 

El mundo del cómic en Corea del Sur es infinitamente más pequeño que en Japón. Sin embargo, la industria musical comienza a ganarle terreno, gracias sobre todo al espectacular desarrollo de la economía coreana en las últimas décadas. En apenas unos años, el k-pop se ha infiltrado en las listas de éxitos de toda Asia, Japón incluido. El primer álbum japonés de Girls’ Generation, publicado el año pasado, supera ya con creces el medio millón de copias vendidas. Y se parece demasiado a la fórmula que practican AKB48, por ejemplo, el conjunto nipón más popular del momento.

 

 

El modelo coreano imita al japonés en otro aspecto: la manufactura de ídolos. Mientras que en Occidente cualquier injerencia corporativa causa escándalo y rechazo –Lana del Rey me viene a la mente– en Asia es algo aceptado por los fans que las chicas pasan por una escuela en la que aprenden a ser celebrities. Hay en esta ficción y protocolo una mentalidad de mall, superficial y consumista, y una ética de perfeccionismo extremo. Dichos valores no venden bien en Europa e incuso en EE.UU, donde los inventaron, cada vez más gente los rechaza. Dos de las miembros de Girls’ Generation, por cierto, nacieron en California y se mudaron a Seúl para apuntarse a una de las escuelas de ídolos. Y ahora regresan, en la carabela sexy del k-pop, a la conquista de América.

 

La última pregunta es ¿por qué? Estados Unidos es el pasado, una economía condenada y un país culturalmente yermo. Asia es el presente, ¿o no? No, Asia a lo mejor es el futuro. EE.UU. aún ejerce un influjo desorbitado sobre todo el mundo globalizado. Ellos inventaron el pop y en Asía los ídolos aspiran a triunfar al otro lado del Océano Pacífico. Quizás falte el liderazgo de China para que Corea y Japón y el resto de países de la región olviden su complejo de inferioridad continental. Porque ustedes se preguntarán por China. Parece una anomalía, pero lo cierto es que, cuando hablamos de cultura pop como producto de exportación, China carece de identidad y empuje. Al menos, como digo, por ahora.

 

Jaime Moreno es el autor del libro Rokku, una historia del rock japonés, 1945-2010″ (Quatentena, 2011) y administra el blog de música nipona www.akaneindie.com Actualmente es corresponsal en Asia del Diario Siglo XXI

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