Mujeres Cazadoras

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Por Tura Varla

Se habla mucho del hombre noctámbulo como criatura cazadora de la noche. Pero al hacer esta apreciación, con frecuencia se olvida recordar que en los últimos tiempos se ha desarrollado una variante femenina del “cazador nocturno”, igual de agresiva que la clásica.

 ¿Para qué mentir? Tengo muchas amigas cazadoras, y responden a un perfil claro y común: todas son mujeres jóvenes, solteras, amantes de la juerga, más o menos liberadas sexualmente (están las excepciones de las que se hacen las mojigatas y de las que no saben que lo son) y, por lo general, divertidas. Suelen salir en grupo y ligar todas, con un tío diferente cada noche. Lo cual les produce una cierta insatisfacción emocional. Yo las llamo catadoras de hombres.

 Pues una de estas catadoras, a la que llamaré M por llamarla de alguna manera, me contó en un café la historia de una noche desenfrenada de jueves. Y la contó más o menos así:

 

 Salimos C, P y yo el jueves pasado por la zona de copas habitual con la conciencia revuelta por la corrección en la que la cagué, por lo que quería emborracharme y follar con el primero que se me pusiese a tiro, y como íbamos con P no iba a ser difícil porque P es como el gancho, todos los tíos se quedan colgados de ella y es ella la que elige, dejando a los demás para las amigas, así que cuando vamos con P follamos fijo y lo sabemos, vamos, que si quieres salir a tomarte solamente una copa no vayas nunca con P o acabarás en la cama con algún tipo sin comerlo ni beberlo, por eso C salió sin mucha convicción y me decía M, no sé si salir o no porque seguro que me acabo liando con alguno y no estoy para muchos trotes porque eso de que me gusta ser mujer me lo paso yo por la… ya te lo puedes imaginar porque conoces a C tan bien como yo, pero al final salió después de mucho protestar y diciendo que no se la pensaba chupar a ningún imbécil que rechazara P, pero como es como es al final lo hizo, porque sabía a lo que iba y antes de nada se echó un par de condones al bolso la muy cerda, así que nos fuimos las tres, un jueves por la noche, tarde y con una botella de vodka en el cuerpo a la zona de bares donde sabemos que hay tíos en abundancia y salidos para más señas, con P delante para que la vieran bien, porque, las cosas como son, a nosotras dos no se nos mira al lado de P, y ella diciendo, ay, chicas, no sé, me veo gorda hoy, será la ropa, no pienso liarme con ningún tío, que son todos unos babosos y unos cerdos, porque P decía que le iba a ser fiel al mamón con el que se había liado la semana anterior, pero que la promesa no le duró ni un par de horas, porque al rato de llegar se largó con un guiri grandote y tosco que decía llamarse Hank y que tenía una voz de nena que a P le hizo mucha gracia, así que C y yo nos quedamos las dos solas y un poco decepcionadas porque no teníamos cerca a P y ya no era tan seguro que follásemos esa noche y además a mí me remordía la conciencia por lo de la corrección, porque la hice deprisa y corriendo porque me estaba tirando a un argentino que en cuanto se levantó dijo si te he visto no me acuerdo y allí estaba otra vez, buscando un hombre con el que consolarme, y C se estaba emborrachando peligrosamente porque se aburría y de pronto un tío se me acercó y me preguntó, oye ¿cómo te llamas?, guapa, y yo le dije que M y me ofreció coca y le dije que no y me dijo que se llamaba Pedro, pero que le decían el Peter y que venía con un amigo, el Jones, que era para C, para que no se aburriese, y entonces yo le pregunté que por qué se iba a aburrir mi amiga y él me contestó, porque se va a morir de aburrimiento mientras te como el coño, y te juro por Dios que pensé en darle una hostia o algo, pero no me salió y me quedé parada en mitad de la pista, mirando al Peter y tratando de decidir qué hacer, y el tío, lleno de tatuajes, preguntándome si me podía comer el coño y yo, de repente, viéndome a mí misma diciendo que sí, que bueno, te voy a comer el coño aquí mismo, me dijo, y yo dije que sí a eso también y C se llevó el índice a la sien cuando el Peter me empujó al rincón de la barra y yo me dejé hacer pensando, es un vacilón no va a tener huevos, pero sí que los tuvo, de verdad, imagínate, el tipo ese agachándose, poniéndose de rodillas con sus pintas, ¿te he dicho que llevaba cresta?, metiendo la cabeza debajo de mi falda y bajándome las bragas con los dientes, y de golpe yo agarrada a la barra con cara de poker, y su lengua subiendo y bajando y abriéndose hueco y C diciéndome, M, tú estás loca, dile que salga que te está mirando media discoteca, pero es que te crees que no lo sé, respondía yo, y ella con los ojos desorbitados, entonces ¿por qué no te lo sacas de entre las piernas?, y  es que lo hacía tan pero tan bien que no me atreví, ya ves, hasta que no me corrí del todo y C se fue de allí con el Jones muerta de vergüenza y el Peter me dio la vuelta y me dijo que me iba a comer el culo y yo dije, ni muerta, chaval, llévame a casa, y él se levantó del suelo y me dijo, ¿cómo te llamas?, y yo repetí que M, M, no te voy a llevar a casa porque te pienso follar aquí mismo, y yo, que siempre me había querido liar con un tío tatuado hasta las cejas, con un pendiente en la nariz y cresta dije que no, que ni hablar, que a casa, que no me daban morbo los sitios públicos, y él dijo que entonces nada, que yo me lo perdía, y me preguntó otra vez que cómo me llamaba y yo dije que M, y él respondió que se iba al servicio, pero no repitió mi nombre y yo, como un corderito, le seguí porque me pillé de su cresta, y follamos contra la taza rabiosamente hasta que nos pilló el de seguridad y nos echó, y una vez en la calle se volvió para mirarme y me preguntó, ¿cómo te llamas?, dije que M, y él me dijo, muy bien M, cazadora cazada, M, no me olvidaré nunca de tu nombre, M, y me tiró un beso y se fue encendiéndose un cigarro, dejándome a mí llorando como una imbécil porque sabía que era mentira.

 Y después de esta introducción, he de señalar que lo que me llama la atención y lo que me sorprende, es que después de todo aquello, lo que más lamentaba mi amiga era que no le había dado el teléfono al tipo. Y si se lo hubiera dado, opino yo, lo más probable es que no la hubiese llamado nunca. Y eso sería otra cosa a lamentar, supongo. Y mis preguntas son: ¿Incluso las cazadoras se quedan mirando el teléfono durante horas esperando que suene? ¿Es que no hemos evolucionado nada? ¿Sigue siendo necesario para nosotras de alguna manera la implicación emocional para echar un polvo? ¿O es que hemos encontrado en el sexo ocasional un filón para no encontrarnos tan solas? Supongo que estos artículos buscan algunas respuestas a lo anteriormente dicho.

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