Don Cronenberg

Por Rubén Sánchez Trigos

 

Rectificar es de sabios. Tenía cierta reticencia a leer a Don LeLillo, por más que mi amigo Ismael Martínez Biurrun, que es un tipo de gusto exquisito, se deslome recomendándolo en cada entrevista. En mi prejuicio –pocas veces un prefijo tiene tanto sentido- creía que el norteamericano era uno de esos autores a los que hay que leer antes de que le den el Nobel, para quedar de entendido con respecto a los que después se sumen al carro. Craso error por mi parte. Cosmópolis ha sido mi bautismo, y he de admitir –con cierto sonrojo- que en la elección ha influido, y mucho, la adaptación que David Cronenberg ha filmado de la novela, cuyo trailer ya circula por las redes arrancando exclamaciones de asombro aquí y allá.

 

Con Cronenberg, y en especial con sus últimos títulos, tengo sensaciones encontradas. Y empleo la palabra sensaciones para advertir que, más allá de cualquier espíritu crítico, en mi acercamiento a la última etapa de su filmografía pesa de forma considerable el hecho de haber crecido –como persona, como cinéfilo y como autor- a la sombra de sus obras digamos más emblemáticas, más personales, dirían algunos. Así es. Mi adolescencia está marcada por la imagen de Seth Brundle (Jeff Goldblum, o el animatrónic viscoso que lo imita) arrastrándose hasta una espantada Verónica (Geena Davis) para pedirle que dispare contra él y acabe así con el horror en que ha mutado, o por los zombis adictos al sexo de Vinieron de dentro… entregándose a una apocalíptica orgía final en la piscina cubierta del edificio donde se ha desatado la plaga (sólo Cronenberg, por cierto, puede conseguir que nos tomemos en serio semejante idea). Por eso entiendo, hasta cierto punto, las quejas de quienes acogen películas como Una historia de violencia -personalmente, una de mis favoritas-, Promesas del Este o Un método peligroso con furibunda decepción, proclamando en sus blogs, en las redes sociales o en sus columnas que no, que este no es su Cronenberg, que (ay) nos lo han domesticado de la misma forma en que se le extrae el veneno a una cobra para poder exhibirla en el circo.

 

La verdad, me resisto a creer –y aquí cambiamos de la experiencia personal a la fe- que el bueno de David se haya dejado tentar por el círculo del prestigio y la taquilla, pero, al mismo tiempo, es difícil no planteárselo cuando sus películas inauguran festivales, cuando el propio Cronenberg aparece como jurado de los mismos –algo impensable en un director adscrito a la historia del fantástico-, o cuando, cada dos por tres, se queja en sus entrevistas de lo mucho que le cuesta levantar un proyecto –y sin embargo, estrena puntualmente cada dos años, un ritmo formidable considerando los tiempos que nos han tocado en gracia-. Para colmo, dicen sus ex acólitos, al nuevo Cronenberg no le tiembla el pulso a la hora de contratar actores de indudable tirón comercial pero escaso prestigio interpretativo como cabezas de cartel: antes Viggo Mortensen, ahora, en Cosmópolis, RobertCrepúsculoPattinson.

 

Supongo que algo de eso hay, que levantar una película supone un infierno del que el espectador ni quiere ni tiene porqué saber, y que casi siempre implica un precario equilibrio entre lo que el director tiene en la cabeza –incluido el perfil de su actor protagonista- y lo que el mercado le demanda si quiere seguir filmando. En cualquier caso, ¿alguien cree que el público potencial que va a ver las desventuras románticas de Edward y Bella se va a sentir atraído por una película de Cronenberg, incluso de este Cronenberg? Lo cierto es que ya hay quien se ha lanzado a augurar que este Cosmópolis nos va a devolver al director fiero e insobornable de Inseparables. Personalmente no lo creo. Primero porque las carreras de los directores pocas veces tienen billetes de ida y vuelta, sino que se parecen más a una carretera con un único sentido: Scorsese no volverá a entregarnos otro Taxi Driver, y de Woody Allen no podemos esperar otro Manhattan. Ni falta que hace. Esas películas ya están hechas. Con el tiempo, los artistas pulen sus obsesiones y sus modos de representación, a veces hasta hacer irreconocibles los rasgos que les identificaban. En segundo lugar, la novela de LeLillo es un áspero y desquiciado retrato del mundo que padecemos, y es cierto puede proporcionar a Cronenberg la oportunidad de recuperar algo de la visceralidad que caracterizaba sus primeros trabajos, pero no es, para entendernos, ni Videodrome ni El almuerzo desnudo. Como mucho, introducirá al director en una nueva etapa, tras la que parece haber cerrado con Mortensen, una (aún) más sofisticada, y eso está bien, supongo. Significará que Cronenberg está vivo, que sigue haciéndose preguntas, que sigue nadando, aunque sea en aguas no del gusto de todos. 

 

Rubén Sánchez Trigos es profesor e investigador en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos. Especializado en cine y literatura fantástica, en 2009 apareció su primera novela, Los huéspedes (Finalista Premio Drakul), un thriller de terror en un ambiente urbano.

 

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