Luis García Montero habla de “No me cuentes tu vida”, su última novela

 

Por Benito Garrido.

 

No me cuentes tu vida (Editorial Planeta, 2012) es la nueva novela del escritor granadino Luis García Montero, quien ya convenció a los lectores y a la crítica con su primera novela Mañana no será lo que Dios quiera (Libro del Año por el Gremio de Libreros de Madrid, 2009).

García Montero es poeta y catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada. Autor de once poemarios, ha recibido premios como el Adonáis de 1982 por El jardín extranjero, el Premio Nacional de Literatura 1994 por Habitaciones separadas, o el Premio Nacional de la Crítica 2003 por La intimidad de la serpiente. Como ensayista ha escrito varios libros de pensamiento y teoría poética. Colabora habitualmente en diversos medios de comunicación.

 

No me cuentes tu vida. Luis García Montero. Editorial Planeta, 2012. 459 páginas.  20,00 €

 

«No me cuentes tu vida», es una frase con la que los jóvenes han callado a sus padres en más de una ocasión cuando éstos trataban de aportarles su experiencia. Esta es una ambiciosa novela que aborda la complejidad de la vida y de los confusos tiempos que nos ha tocado vivir a través de dos países distintos y tres generaciones: la que sufrió el exilio tras la guerra, la que protagonizó la transición y, finalmente, la de los que se enfrentan a un futuro incierto a causa de la crisis. Un canto a la memoria y al amor, en el que los lectores de todas las generaciones se sentirán reflejados.

 

Ramón tiene veintitrés años y se ha enamorado de Mariana, la joven rumana que trabaja como asistenta en el domicilio familiar, y a la que visita en Alcalá de Henares donde ella vive con amigos de su comunidad. Juan y Lola, los padres del muchacho, exmilitantes de izquierdas, viven con desconcierto esta relación: por un lado la aceptan, pero por otro les pone en contradicción con sus propios principios. Cuando el abismo generacional entre padre e hijo parece agrandarse, Juan decide escribir en un diario su historia para intentar encontrar en el pasado un punto de unión con el presente.

 

Entrevista:

 

P.- Libro de profundas meditaciones donde tratas temas como el amor, la familia, el pasado, los ideales. ¿Cuáles fueron las razones que te llevaron a escribir esta historia?

Vivimos tiempos difíciles: de incertidumbre, de crisis económica, y también de valores. Es importante buscar una guía ética, algo con lo que responder al momento que nos permita saber que recursos éticos tiene una persona de mi generación para ir dando respuestas a la realidad. Yo fui muy crítico con muchas cosas de la transición, pero tenía la conciencia de estar en una sociedad, en un país que avanzaba. Nosotros vivimos mejor que nuestros padres, y esperamos que nuestros hijos vivan mejor que nosotros, pero eso se está quebrando. La inquietud de cómo van a vivir mis hijos es algo que me asalta de forma inmediata y continua. He querido trazar un argumento que permita servir de guía ética para los conflictos de la sociedad contemporánea.

 

P.- ¿Podríamos hablar de una generación perdida?

Sería un eufemismo pues las personas solo tienen una vida. Cuando el protagonista entra en contacto con las utopías de los países del este, se da cuenta de que aquello del fin justifica los medios, no se sostiene, pues solo se tiene una vida. Quizás es más correcto llamarla generación sacrificada. Estamos ante un túnel de difícil salida: con los años, nos encontraremos con una Europa y una España muy degradadas, sin derechos, sin servicios, con unos trabajos inseguros, donde el empobrecimiento sea general y la riqueza se acumule en pocas manos. Los hijos de la generación perdida van a vivir igual o peor que sus padres, y ese es el verdadero problema.

 

P.- ¿El título no es ya una declaración de intenciones de lo que vamos a encontrar en el libro?

El título resume por una parte la lucha generacional, y por otra la temperatura moral que estemos viviendo: tus problemas son tuyos, sálvese quien pueda, la ley del más fuerte, y si tú fracasas es porque eres realmente un fracasado y no porque haya algo que funcione mal en la sociedad. El intento de dialogar entonces se hace indispensable. Me ha interesado contar la historia de una familia como metáfora del desarrollo de un país entero. En los vínculos de la familia, están los esfuerzos y los vínculos de la comunidad donde se diluye la ley del más fuerte. Es cuestión de buscar una ilusión colectiva, y hacer que la vida de uno sea la vida de todos.

 

P.- Tratas el pasado marcado por unos ideales políticos hoy perdidos. ¿El espíritu de lucha siempre sobrevive o acaba diluyéndose en la rutina?

Se dan las dos cosas: el hijo está condenado a decirle al padre “no me cuentes tu vida”, y el padre está condenado a intentar contarle su vida al hijo. Lo bueno es que existan las dos cosas: que el hijo busque sus propios medios y soluciones, pero también que el padre le cuente su experiencia para que aprenda. En ese diálogo entre pasado y futuro está la experiencia humana, lo que funda una comunidad, lo que nos vincula con una historia. Con la lucha y la resistencia ocurre lo mismo: en las situaciones más difíciles puede brillar la dignidad humana, la solidaridad, y al mismo tiempo la necesidad de mantener una conciencia vigilante para que los valores no se conviertan en dogmas anquilosados del pasado. Hay que buscar la flexibilidad con los nuevos tiempos.

 

P.- ¿En relación a las formas de pensar, es tan abismal la diferencia generacional que existe entre padres e hijos hoy en día?

Piensa que la brecha generacional no solo está en la forma de pensar que implica el cambio de una generación a otra, sino que aquí también debemos añadir una brecha tecnológica muy fuerte. De una generación de vida de barrio, se pasa a unos hijos que se han criado en su cuarto con una pantalla de ordenador y sin salir a la calle. Si a esto añadimos la transición que supuso no solo la entrada de la democracia, sino también el paso de un país subdesarrollado y pobre a un país instalado en el capitalismo avanzado y la sociedad de consumo, entonces las diferencias se llegan a incrementar inevitablemente.

 

P.- El diario de Juan, ese cuaderno negro, ¿no es en el fondo una manera de afrontar la realidad que no quiere ver, de justificarse ante un hijo con el que no se entiende?

Es la necesidad, ante el desprecio del hijo, de no renunciar a contarle su vida. El miedo a que cualquier conversación entre ellos termine en discusión, hace que recurra a contarle por escrito esa vida. Pero ese diario se le va convirtiendo en una especie de terapia que le permite comprender las razones de su hijo. Se hará entonces más comprensivo con él. Conforme se va alargando esa carta, se encuentra con más fuerza para hablar con el hijo y recuperar una relación estable con él.

 

P.- Y finalmente la comunicación termina por encauzar los caminos. ¿Es quizás la mejor vía para el entendimiento?

La crisis que vivimos no es solo económica sino también política, cultural, de valores. Como decía Camus, tan peligrosa es la degradación laboral como la degradación del tiempo de ocio, estamos viviendo una sociedad con unos valores propios de los instintos bajos, de la telebasura, de la demagogia, de la reacción repentina. Y frente a eso debemos volver a una cultura entendida como vínculos, a un esfuerzo de entendimiento, de saber que los hijos cuidaran de nosotros como lo hicimos nosotros con ellos. La familia se convierte en la  mejor metáfora de esa sociedad que debe buscar los vínculos, el compromiso entre la gente, de cuidar y de ser cuidados, de ver que vamos navegando todos en el mismo barco. El esfuerzo por entenderse es fundamental, intentando evitar los malentendidos.

 

P.- Hablas en tu libro del comunismo y sus valores. ¿Qué queda de esa militancia defensora del proletariado?

Ese ha sido el tema de mi vida. Yo milité porque había que luchar contra la dictadura. El ejemplo más digno de lucha contra el franquismo lo dio el partido comunista, y en torno a él se reunió buena parte de lo mejor de una sociedad a la hora de defender unos valores. Cuando yo viajé por los países del este descubrí que en nombre del comunismo se habían hecho en Europa unas dictaduras feroces similares a la franquista. Un joven de la transición no podía acomodarse a ese estilo de vida. Lo que queda es el reconocimiento de la historia en toda su verdad, huyendo siempre de los dogmas para mantener tus propios valores. Al poeta le queda la doble sensación que supone oír la internacional como himno de la lucha contra el franquismo, y que se le ponen los pelos de punta cuando oye esa misma internacional en países donde utilizaron ese himno para machacar a las poblaciones.

 

P.- Se nota mucho en el lenguaje ese bagaje poético por el que se te reconoce como autor. ¿Es difícil desligarse de la poesía para escribir una novela?

Esa es la primera tarea. El poeta que quiere hacer una novela tiene que mirar con ojos de novelista. Son recursos distintos, ámbitos distintos. Me parece un error hacer virtuosismo de estilo a la hora de escribir una novela, pues la novela tiene otros retos muy difíciles: creación de personajes, cálculo de estructuras, sensación del paso del tiempo… Yo aquí he procurado que el estilo esté al servicio del argumento, con toda la dignidad posible.

 

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Una respuesta a Luis García Montero habla de “No me cuentes tu vida”, su última novela

  1. Me gusta el concepto de la obra por su visión realista, nada maniquea de un complejo conflicto personal, generacional y político. No me la perderé.

    Juan Laborda
    9 noviembre 2012 at 12:55 pm

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