El último adiós a dos librerías históricas (1): Y la Catalonia cerró los ojos

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Por José Vaccaro Ruiz.

La Librería Catalonia, uno de los referentes culturales de Barcelona, ha cerrado sus puertas de la Ronda de Sant Pere el pasado día siete de enero, según parece para dejar su lugar a un Macdonald’s.

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Este es el escueto comunicado de prensa.

El primer pálpito de la noticia que siente alguien como yo, que tuvo el placer de presentar varios de sus libros en el Saló dels Arcs del primer piso —Ángeles negros, La Vía Láctea o Catalonia Paradís—, es de tristeza, acompañada de nostalgia. Aquello que se siente hacia las cosas queridas e irrecuperables de nuestra vida, lo que pasó inadvertido y rutinario en su momento y que de repente toma un gran valor. La vida está llena de pequeñas cosas que, en la distancia, se vuelven trascendentes y cargadas de simbolismo. La primera caricia, un amigo, un atardecer, un viaje. También aquél vino rancio servido en pequeños vasos de cristal, y las pastas secas que en un acto de generosidad la Librería Catalonia ponía como contrapunto a los discursos de las presentaciones entre saludos y besos. Un tentempié frugal y medido que nada tiene que ver con las fritas, el ketchup  o los big de oferta del Madonald’s que pronto se servirán en la planta baja, seguramente sobre un mostrador que substituirá a la mesa de novedades de siempre. Ya jamás se escucharán las voces de mi editor –al que en más de una ocasión, llevado de un entusiasmo que le agradezco, le faltó muy poco para vocear el final de mis novelas-, de mis prologuistas –el discurso denso y humanista de José Cabrera-, o de mí mismo, dirigidas a un auditorio de juramentados lectores atento y silencioso. Nada que ver con el bullicio que presiento pronto se producirá entre sus cuatro paredes, acompañado del sonido de los móviles o de la rapera música de fondo que acompaña como el vino peleón al sueño a la multinacional de la hamburguesa.

La arquitectura de las librerías que uno frecuenta es lo más parecido a una casa sentida como propia que tiene lugares y rincones en forma de anaqueles, estantes, mesas, cada lugar con un recuerdo y un significado especiales. Allí encontré una vez aquella novela de Javier Marías, en ese otro están las obras de Stefan Zweig, ahí debajo la guía de Lisboa que compré para mi viaje a Portugal. 

Había un altillo al que se subía por una estrecha escalera en donde, y por orden alfabético podías encontrar, lejos de los best-sellers de nueva generación –con frecuencia quemados en una semana o un mes y de los que ya nadie se acuerda-, los clásicos de la novela negra, de aventuras, de ciencia ficción. Los peldaños de esa escalera tenían el mismo misterio que rodea el acceso al trastero o las golfas en donde está el pasado familiar, los baúles cargados de cosas inservibles de las que no podemos desprendernos porque nos vieron nacer y crecer –las figuras de terracota de un belén hoy sustituido por un árbol de Navidad de plástico, una muñeca a la que le falta un brazo o el juego de la oca-; que en la Librería Catalonia representaban Julio Verne –Un capitán de quince años, El hombre invisible, Matías Sandorf-, Alejandro Dumas –Los Tres Mosqueteros, Pedro el cruel-, Emilio Salgari –Sandokan, Los misterios de la jungla negra-. Debo confesarlo, de vez en cuando me entretenía abriendo las ediciones de bolsillo en donde estaban mis viejos amigos, verbalizando sus nombres que, además de gozar con sus aventuras, me enseñaron países y sentimientos –amor, envidia, odio, amistad-: D’Artagnan, Miguel Strogoff, el Capitán Nemo, Achab…

En el primer piso, contiguos al Saló dels Arcs estaban los libros de autoayuda, de viajes, las biografías, la filosofía. Todo perfectamente ordenado y catalogado. Y frente a cada estantería gentes hojeando el interior de los libros, las solapas con la somera biografía de los autores, buscando un enamoramiento de quien les cortejaba con su palabras impresa, guiñándoles un ojo o con un gesto de complicidad puestos en un lugar, una fecha o una historia que buscaba hermanar lector y autor hacia una emoción común.

¿Qué hay detrás de la desaparición de la Librería Catalonia?, ¿de ella y de tantas y tantas que una tras otra cierran sus puertas? ¿Es sólo una anécdota o nos indica la muerte anunciada del libro tal y como lo hemos conocido –materia de celulosa y tinta-, y su reemplazo por el formato digital, esa tableta que cabe en un bolsillo, capaz de almacenar enciclopedias y miles de títulos? Si el libro clásico quiere sobrevivir a la era digital, ¿tiene que transmutarse en objeto, en un fin en sí mismo, en una cosa, y dejar de ser medio, instrumento? Yo sinceramente no lo sé.

Lo que sí recuerdo es lo que un día oí decir a un compañero escritor al referirse al libro físico, material. Aunque suene a violencia de género –en los tiempos que corren lo políticamente correcto condiciona nuestras vidas-, la reflexión me gustó: Un libro en sus páginas, en su lomo, en las marcas de interrupción de su lectura, guarda uno tras otro el paso de todos aquellos que lo tuvieron en sus manos, de los ojos de cuantos posaron su mirada en sus manchas de tinta sobre papel blanco emocionándose, riendo, llorando o aburriéndose con él. Es como una mujer que conserva en su alma, y también en su cuerpo, la huella indeleble de cada uno de sus amantes, la impresión de sus caricias, la hiel de sus desengaños.  

Con la Librería Catalonia desaparece algo más que un establecimiento comercial. Volviendo al símil del libro, es como si le arrancáramos una página a nuestra vida, mutilado un referente físico de la trama que nuestro paso por este mundo va conformando.  

Cuando la Catalonia ha cerrado sus ojos algunos, muchos o pocos, nos hemos acercado un poco más a la muerte. Nos queda decir, tomando las palabras de Gustavo Adolfo Bécquer, ese poeta que marcó con sus versos la adolescencia de nuestra generación en los años cincuenta y sesenta, una adolescencia mutilada por una censura implacable contra la que luchó y porfío la Librería Catalonia: “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”.  

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