Entrevista a Ariana Harwicz por “Matate, amor”

 

Por Benito Garrido.

 

Creo que la mejor manera de presentar a la joven escritora argentina Ariana Harwicz es a través de sus propias palabras, las que nutren esta entrevista y las que pueden leerse en su novela Matate, amor. Solo unos breves apuntes biográficos sobre la autora: nació en Buenos Aires en 1977; estudió guión cinematográfico, dramaturgia y completó sus estudios con una licenciatura en Artes del Espectáculo y un máster en Literatura comparada en La Sorbona. Matate, amor es su primera novela.

 

Matate, amor.

Matate, amor.

Matate, amor.  Ariana Harwicz.  Editorial Lengua de Trapo, 2012.  152 páginas.  16,64 €

 

Matate, amor es un thriller donde todo ocurre en la casa con salida al bosque que habitan un ciervo y una familia, ella + él + el bebé, tres, aunque más bien dos contra una, ella, que los espía con un cuchillo en la mano o con una escopeta desusada que todavía no ha dicho su última palabra.

El contacto con lo salvaje de la naturaleza que rodea a la protagonista y de los vecinos a los que acecha, pero también del desbordamiento de su deseo, de su oscura ansia e incluso de la pulsión de implorar a su marido: matate, se convierten en los elementos nucleares de una arriesgada, contundente y honesta novela.

 

No me hago cargo de lo que pueda pensar de mí. Lo traje al mundo, ya es suficiente. Soy madre en piloto automático. Lloriquea, y es peor que el llanto. Lo alzo, le ofrezco una sonrisa falsa, aprieto los dientes. Mamá era feliz antes del bebé. Mamá se levanta todos los días queriendo huir del bebé, y él llora más. Quiero ir al baño, pero ese cacareo interminable, esa queja, me lo hace imposible. Qué quiere de mí. ¿Qué se supone que deba hacer? ¿Tragarme sus excrementos como frutas exóticas, aspirar su acidez bucal, bailar una conga porque logré expulsarlo de mí y no es deforme? ¿Qué querés? No me deja dejarlo.

 

 

Ariana Harwicz.

Ariana Harwicz.

Entrevista:

 

P.- ¿Cómo surgió la idea de este oscuro y rotundo thriller campestre?

No surgió a partir de una idea sino de una imagen: una mujer sumergida en los altos pastizales como si fuera agua. Pero me parece que uno nunca puede decir de dónde viene exactamente un personaje o un universo ficcional. En mi caso estaban las pinturas de Francesco del Cairo (sobre todo “Martirio de Santa Inés”), Caravaggio, está Glenn Gould, está Etty Hillesum, la mirada de Virginia Woolf, Sylvia Plath, pero eso no es la novela. Estuve muchas veces, en todas las estaciones, en un mismo bosque pero un día entré por el camino de siempre y la novela estaba ahí. La novela me esperaba. Y pude comerme el campo, me lo morfé. Un día devorás un paisaje, una geografía y entonces hay diégesis. Escribir para mí es dar con un perímetro, con una luz. Escribir es un acto de canibalismo. Toda la novela abarca tres casas y un gallinero, ni un centímetro más. Ahora busco esa geografía superpuesta, busco el paisaje de la novela por el campo y no está más, está en el libro.

 

P.- Tremendo planteamiento de relación familiar el que tiene la protagonista. ¿Cuando la insatisfacción ocupa por completo cada día, solo queda la autodestrucción?

La autodestrucción o la rebelión. La frase: “matáte, amor” es un acto de rebelión. De insurrección con ella misma. La novela puede ser vista desde la óptica familiar pero creo que el personaje es bélico ante todo contra sí mismo. Ese cuchillo que no apuñala es un regalo para ella. El personaje busca sacarse de encima a esa mujer pesada, a ese fardo, que se le vino encima que es ella misma, muy a su pesar.

 

P.- El sentimiento de maternidad siempre asociado al cariño, aquí se convierte en algo casi insoportable, incluso desquiciante. Arriesgado y valiente el tratamiento que haces de este tema en tu novela.

El amor maternal está mezclado con el desquicio. El amor y todas sus texturas. Pero yo no veo que el personaje a quién por supuesto el bebé satura y enloquece, deje por eso de amarlo. Veo en la novela muchos gestos de amor de la madre al hijo. Por citar algunos: no toma el Prozac y se aferra a su vientre aunque no se siente comprendida por ese animal que lleva dentro. Se lo da al padre cuando el padre puede ejercer mejor que ella el rol, cuando el padre encarna la alegría que ella no tiene y le quiere mostrar el mar o enseñar a mirar las estrellas. Y sobre todo, lleva al niño al bosque y lo convierte en jungla, lo lleva a la copa de los árboles, a su reino. Le enseña, también, que las noches están hechas para devorar. Estamos de acuerdo, no es un amor de madre muy ortodoxo que digamos, pero, ¿Por qué un amor convencional sería más intenso?

 

P.- En tu narración late una violencia extrema, agobiante a veces. A través de potentes imágenes, tanto visual como literariamente hablando, ¿buscas escarbar quizá en esa línea tan sublime que marca el paso a la locura, a la alienación de la persona?

Los golpes con guantes de boxeo al pecho del marido, los insultos, el lenguaje hecho de gruñidos y berridos, la onomatopeya como grito, darse contra el ventanal, encerrarse en el baño, las puertas de la casa convertidas en cuchillas con filo, todo esa maraña, toda esa espesura de violencia en las cosas y los paisajes son su lucha por no alienarse. Alienarse sería haberse quedado quietita en la mecedora contando luciérnagas.

 

Matate, amor. Detalle de portada.

Matate, amor. Detalle de portada.

P.- Y luego está esa irracionalidad que nos acerca a las bestias. Incluso escribes “Nada nos distingue a unos de otros”.

Ella se siente, se ve a sí misma, desde el primer capítulo como “esos zorros con la cara teñida de rojo y un palo atravesándoles la boca de par en par”. La confusión, la igualdad entre bichos y hombres no está planteada como tesis, no hay desarrollo teórico de eso, es la visión onírica, deformada de ella sobre sí misma y sobre los demás. Ahí está otra vez la pintura. Los cuerpos de Egon Schiele, de Lucien Freud, de Francis Bacon, que no están animalizados pero sí deshechos, marcados, heridos. Su monólogo interior, su solipsismo, todo el libro es esa confusión por momentos poética, por momentos depresiva o lírica entre bestias y hombres.

 

P.- ¿Cuándo el amor deja realmente de ser una redención para convertirse en una carga, o en un acoso (así lo marcas tú en la novela)?

Cuando hay incomprensión. Y lo hay siempre, según ella. Por eso ni el amor estable de su marido, ni el salvaje del amante ni el amor puro de su hijo pueden salvarla porque no se comprenden. Ella dice “qué asco hablar”. Volvemos a la empatía entre bestias y hombres, ella se siente salvada por “el ojo dorado del ciervo mirándome todavía”.

 

P.- Dejas al lector que sea el que juzgue a la protagonista y decida la visión que quiera tener de ella. Pero puede ocurrir que quizás llegue a equivocarse en relación a la idea que tu pretendes transmitir…

Si ves a una mujer corriendo y gritando en medio de una autopista, puede que pienses que está loca de atar, puede que la veas como a una apasionada, una enamorada, una valiente, pero lo que me importa es la visión de una mujer que sale a la autopista a dejarse rozar por los autos que van a toda velocidad. Lo que me importa es una mujer que mata a un perro de un solo tiro, o se masturba entre pastizales, o amaga con tirarse de un auto en movimiento. Es esa vehemencia, ese ímpetu, lo que hace al personaje, lo que me interesó construir, no que de eso se derive un comportamiento único, no que se la interprete “bien”. Para algunos será una madre abandónica, para otros alguien que no se traicionó, lo mejor, como siempre, es no idealizar. La novela gana si el lector accede a sus claroscuros.

 

P.- Has conseguido armonizar la narración en primera persona, el monólogo, los trazos íntimamente poéticos y una enérgica recreación de imágenes. Para ser tu primera novela, ese es un trabajo realmente arduo. ¿Cómo es tu proceso creativo?

Mi proceso creativo es todos los días una habitación bajo llave. Afuera el campo y adentro Glenn Gould. No podría haber escrito Matate, amor sin “Allegro molto e vivace from Sonata No. 13 in E Flat Major”, Op. 27 No.1 Ludwig van Beethoven. No podría haberla escrito sin esos hachazos, esos tajos que le da Glenn Gould a las teclas. Las imágenes, la pulsión lírica, el color de la novela vino de ahí. Y del silencio.

 

P.- ¿Me destacarías algunos nombres que hayan sido de influencia decisiva en tu escritura?

Las referencias en general son oblicuas. En varias reseñas que han salido mencionan, con razón, a Lars Von Trier, a Cassavetes, pero aunque aparentemente no tenga mucho que ver con este mundo expresionista, yo siempre estoy acompañada de Chéjov y de Cheever, de sus universos campestres. Estuve cerca de Alejandra Pizarnik, de la prosa inconclusa de Etty Hillesum. No me importó si venía de la vida o de la obra, si era una anécdota oída al pasar en el pueblo o el relato del relato de un libro, yo me convertí en vampiro y aspiré.

 

P.- ¿Estás ya trabajando en nuevos proyectos de los que puedas hablar?

Sí, estoy trabajando en una novela en la que habrá campo (otro), nieve, fuego, una familia (otra) y un personaje principal hombre en el que me voy metiendo de a poco, como en el agua helada, con mucho cuidado.

 

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