Las Memorias Líquidas de Enric González, más que una lección de periodismo

 

Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

Puede que algunos consideren que este artículo carece de la debida objetividad crítica que toda reseña literaria requiere; aquellos que así lo consideren no errarán en su opinión, sin embargo, y a modo de nota previa, déjenme decir que en ocasiones es necesario ser heterodoxo. Resulta difícil mantener la distancia en el momento de hablar de Memorias líquidas, el último libro de Enric González; resulta particularmente difícil no sólo cuando se ha sido y se sigue siendo una lectora habitual de El País, sino cuando se es una consumidora insaciable de noticias que, aunque cada vez con menos ingenuidad y con más desconfianza, espera encontrar en los medios la honestidad y la independencia periodística demasiadas veces ausente. Todos los diarios se declaran independientes, pero, afirma González, “casi todos mienten”.

       “El periodista contratado nunca ha sido independiente:

                              depende de su sueldo y de sus jefes,que a su vez  dependen

                             de otros jefes, de los mayores anunciantes, de los intereses

                             corporativos de la propiedad o de la vanidad caprichosa del dueño”

 No hay matices en las palabras de González, su contundencia es solamente comparable con la claridad de su escritura. Nada nuevo, pensarán algunos, en las palabras del periodista y, sin embargo, escritas de su puño y letras estas mismas palabras adquieren un valor y un sentido desconocido. No se trata de la mera reescritura de comentarios a  pie de calle;  las palabras de Enric González no sólo dan sonido a todos estos comentarios de lectores anónimos, sino que retratan sin condescendencia y, sin embargo, sin ensañamiento, un periodismo que, a pesar del “colorín” que impregnó hace tiempo sus páginas, se ha ido ennegreciendo a medida en que “los bancos se han convertido en dueños de los medios de comunicación y no tienen necesidad de camelarse a sus empleados”. El escepticismo no es la respuesta, como tampoco lo es la ingenuidad.; Memorias líquidas carece de todo atisbo de ingenuidad, pero el escéptico “todo vale” tampoco impregna sus páginas. Enric González sabe de lo que habla, siempre lo ha sabido; a lo largo de sus páginas, así como en todos sus artículos, se percibe el pulso de quien es periodista, pero, y ante todo, persona. No siempre la distancia, la fría distancia, asegura una mayor claridad de visión; la implicación –los intereses son de muy largo otra cosa- es necesaria, indispensable, para un oficio, el de ser periodista, que “consiste en hablar de personas y de hechos con el máximo respeto a la verdad”. González nunca perdió ese respeto, como tampoco perdió aquella humanidad añorada por Martí Gómez; precisamente en un coloquio con Gómez publicado por Jot Down, González afirmaba: “es verdad que ahora la prensa está mejor hecha, pero tiende a basarse en informes más o menos rigurosos y no es frecuente que los periodistas salgan a la calle a hablar con la gente”. En esas calles a las que se referían González y Gómez palpita una sociedad poco escuchada, ya no sólo por los políticos y por las instituciones, sino también por unos medios de comunicación en los que hay, decía Martí Gómez, “mucha llamada, mucho Internet, mucho dato”, mientras falta “el calor, el sudor de la persona”.

Toda generalización resulta injusta y las excepciones no son siempre tan escasas. Hubiera sido un ejercicio demasiado fácil para González condenar sin piedad el periódico en el que ha trascurrido la mayor parte de su carrera profesional, como también hubiera sido fácil e, incluso, cómodo, exculpar a la profesión de periodista de toda responsabilidad. Memorias líquidas no permanece en un inestable y políticamente correcto equilibrio, no busca complacer a nada ni a nadie, pero tampoco encuentra en el escarnio un motivo de alivio. “Al César lo que es del César” proclama el refranero y González, fiel a estas palabras, no duda en mostrar su gratitud; “no quiero olvidar esas cosas”, escribía, en efecto, en su carta de despedida de El País. La memoria debe ser un antídoto contra el rencor, sentimiento que no desprenden estas memorias en las que nombres como Joaquín Estefanía, Sol Gallego-Díaz, Xavier Vidal-Folch, Jacinto Antón o Agustí Fancelli – “Aventurero de la vida, explorador de los confines más anchos y hermosos de la amistad”, así lo definía Antón en su artículo de triste despedida- recrean el escenario del periodismo más brillantes de la democracia. Junto a ellos, González no se olvida de Arcadi Espada o Hermann Tertsch, pues la distancia ideológica nunca impidió al autor de Memorias Líquidas reconocer su valía periodística: “debajo de su gusto por la provocación y la polémica”, escribe González de Tertsch, “y de unas costumbres no siempre morigeradas, hay un periodista como pocos y buen compañero”.

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 Los buenos libros, como los buenos artículos, nunca agotan las lecturas; el tiempo, por su parte, es siempre traicionero, pues, como bien decía Francisco Ayala, la memoria se compone de recuerdos y de olvidos. Pese a los vacíos de una memoria imprecisa, no hay grietas en el relato de Enric González, quien no se limita a recopilar los recuerdos de una extensa y brillante trayectoria en el mundo del periodismo. Memorias líquidas es algo más que una novela con pinceladas autobiográficas, es un recorrido a través de la prensa por los años más recientes de un país que hoy vive los tiempos más difíciles de su historia contemporánea. A lo largo de este recorrido, González hilvana con agilidad experiencias personales con hechos históricos; los recuerdos profesionales se entremezclan con reflexiones acerca de los vericuetos tomados, no siempre inconscientemente, por un periodismo convertido en industria. Todos son culpables: algunos pocos cargan con la culpa de haber sucumbido a la “ludopatía bursátil”, a la cruel dependencia de un mercado en el que los ganadores son pocos, pero las víctimas son muchas, y otros muchos son responsables de haber sido testigos mudos, observadores ciegos de cuanto acontecía.

Hay autocrítica en sus Memorias líquidas, no se trata sólo de puntar el foco en la crisis de la prensa tradicional, tampoco en la crisis general que golpeó los juegos empresariales de los holdings mediáticos, sino también los periodistas, escribe González en primera persona, “demasiado acomodados, demasiado complacientes, demasiado crédulos ante los poderes externos e internos, tenemos nuestra parte de culpa”. Memorias líquidas invita a una reflexión, una reflexión a la que, sin embargo, no debe sumarse solamente el mundo periodístico, pues, al fin y al cabo, los lectores hemos también pecado de esa complacencia y esa ingenua credulidad a la que se refiere González. Como decía en uno de sus artículos publicados en Jot Down, son diversas “las falsedades que hemos creído, hemos creído creer, o quieren hacernos creer”; ha llegado el momento de correr este velo que nubla la vista, ha llegado el momento en que, periodistas y no, pero todos, al fin y al cabo, ciudadanos, volvamos a preguntar, como ya ha empezado a hacerse en las calles –se recuerda que ésta es un espacio público, es el ágora a la que todos tienen derecho- y a desconfiar para poder salir de este “sistema en el que seguimos encallados”. Memorias líquidas es una invitación a reflexionar, a mirar con perspectiva incrédula cuanto nos rodea y a no aceptar cuanto nos imponen. Enric González no sólo ofrece una clase magistral de periodismo, sino y, sobre todo, de ciudadanía. 

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