“El símbolo sagrado”, de Julien Ries

Por Sergio Gallego Isla.

3097Hoy día vivimos rodeados de símbolos. Es difícil mirar en alguna dirección y no cruzarnos con alguno. Es difícil no pensar  en alguna marca, empresa, o firma, y no asociarla con un símbolo determinado. De tal forma se han integrado estos en el sistema económico y social contemporáneo que el símbolo ha perdido el aspecto sacro que lo caracterizaba en origen.

El símbolo es un elemento esencial del imaginario del ser humano, como afirma Julien Ries al comienzo de su obra. Etimológicamente hablando, el término “símbolo” deriva del griego σύμβoλoν (symbolon), que era utilizado para designar un objeto el cual, una vez divido en dos partes estas eran entregadas a sendas personas, que de esa manera establecían entre sí un vínculo de participación. Así, el símbolo, como signo que es, posee una realidad propia, pero evoca otra realidad ajena. Pone en relación dos mundos disociados.

Con su libro El símbolo sagrado, que la editorial Kairós se encarga de editar magníficamente en castellano, Julien Ries nos embarca en un estudio pormenorizado a través de la historia del símbolo, como manifestación humana, y de su nexo con lo sagrado.

“Lo sagrado es lo real”, afirma Ries, citando a M. Eliade (una de sus grandes referencias en la obra.) El término “sagrado”, de herencia indoeuropea, y que encontramos en el latín sacer, hace referencia a un poder, a una fuerza ligada a la tierra, y más genéricamente, a algo que confiere validez y realidad. Desde el inicio de sus diferentes culturas, el hombre trató de comprender y expresar las estructuras de lo real.

¿De dónde partió la marcha de la conciencia, del pensamiento, del imaginario, de la reflexión sobre lo sagrado? La respuesta a esta pregunta es clara. Son las manifestaciones del cosmos las que permitieron y estimularon ese proceso. La bóveda celeste es un elemento principal, pues despertó en el hombre la conciencia de una transcendencia, de una Realidad que sobrepasa este mundo. Desde su condición de Homo erectus, el hombre contempló la bóveda celeste, el sol, la luna, los astros. Admiró el fenómeno misterioso de la vegetación, de los árboles, los bosques, la primavera, el verano, el otoño; el crecimiento, la maduración, los frutos. Vio que el cosmos supone un eterno retorno. Pudo mirar a lo largo del día los paisajes, las montañas y los lagos, las llanuras y los ríos. Todos los días asistía al amanecer, al trayecto y la puesta del sol. Era testigo del crecimiento y el decrecimiento de la luna. Aprovechando esta multitud de manifestaciones del ambiente, el hombre trató y sigue tratando de comprender las estructuras de lo real y su propia condición humana en el cosmos.

A través del símbolo sagrado el hombre hace visible lo invisible, se pone en relación con lo otro trascendente que no es él, descubre una Realidad que le estaba velada y que no era evidente. Y, además, es capaz de transmitirlo a sus iguales.

Tomando como punto de partida al Homo habilis, Ries elabora un recorrido histórico del desarrollo del simbolismo que comienza hace 2,5 millones de años.

En los albores de la humanidad, la evolución lleva a este primate a erguirse sobre sus pies y a liberar sus manos. Una vez que eleva su vista hacia la bóveda celeste, toma consciencia de su pequeñez y, probablemente, empieza a hacerse preguntas, que ya no cesaran durante milenios. Esa contemplación del curvado espacio infinito, hace que el hombre reconozca cada vez más su situación y su lugar en el cosmos. Y, espoleado por la necesidad acuciante de darse respuesta a las preguntas generadas, comienza a utilizar sus ahora libres y refinadas manos para plasmar mediante símbolos  la historia de sus orígenes. O más bien, del origen del cosmos que habita.

Un símbolo, un mito, un ritual pueden revelarnos la condición humana en tanto que modo de existencia propio del universo. En la vida religiosa, desde el hombre arcaico hasta los grandes místicos, el símbolo ocupa un lugar esencial, pues permite penetrar en profundidad en el misterio. Esta es la razón por la que el simbolismo debe ocupar un lugar preferente en todo culto. En efecto, gracias al simbolismo, la experiencia individual se transforma en experiencia espiritual: mensaje, acceso a lo sagrado, hierofanía.

Gracias al símbolo, el hombre marcha hacia el descubrimiento del sentido de su existencia. Primero, como Homo symbolicus que hace referencia “a una facultad específica del hombrecueva-de-las-mano-santa-cruz exteriorizada por su creatividad cultural vista como resultante de su imaginario”. Esto lo encontramos ya desde el homo habilis al homo erectus, que fueron capaces de elaborar útiles líticos en los que se refleja su conciencia estética.

Después, como Homo religiosus. Concepto que designa “al hombre en tanto que autor y utilizador de la simbología de lo sagrado y en tanto portador de creencias religiosas que rigen su comportamiento.” Desde que el homo erectus empezara a enterrar a sus difuntos, encontramos ya una consciencia de transcendencia que acompañara al homo sapiens a lo largo de su prehistoria y de su proceso civilizatorio en el que las manifestaciones religiosas verán su apogeo como vehículo de transmisión de la divinidad.

En definitiva, una obra recomendable que interesará tanto al historiador de la religión, como al antropólogo, como al filósofo, o simplemente al común de los mortales que tiene curiosidad por indagar en el misterio del pensamiento mitológico y mítico del hombre a través de sus símbolos más representativos.

Una obra en la que Ries recoge testimonios de autores tan relevantes en diferentes ámbitos como el propio M. Eliade, C. Jung, J. Vidal, G. Bachelard, P. Ricoeur y G. Dumézil, entre otros, colaboradores todos ellos de la renovación del pensamiento simbólico, y que han devuelto al imaginario a su lugar verdadero. Al lado de la lógica de la razón, existe una lógica de lo imaginario y una lógica simbólica.

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El símbolo sagrado

Julien Ries

Ed. Kairós, 2013

320 pp., 23 €

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