La Guerra de Invierno

Categoría: Críticas,Poesía |

 

La Guerra de Invierno

Ariadna G. García

guerra de invierno

Premio Internacional de Poesía Miguel Hernánez-Comunidad Valenciana.

 

Hiperión, 2013

 

Por Francisco José Martínez Morán

 

La nieve se extiende hasta donde se pierde la vista, y uno no es más que una mota discordante entre tanto blanco sin frontera. Cualquiera que haya viajado a estas latitudes lo sabe, lo ha experimentado. Pero en un mismo punto, al unísono, el paisaje es vehículo para el olvido y cimiento para la edificación de la memoria. Ariadna G. García, por añadidura, no viaja sola: el lenguaje compartido es el único idioma válido, la mirada que encaja en un mosaico de silencios. Así, por ejemplo, en el primero de los poemas, todavía en el aeropuerto de Helsinki-Vantaa (p. 9): Te prometo mi asombro, / la mirada / virginal y curiosa / de los gatos, / dos ojos sin historia.

A partir de aquí, desde este pórtico, que ya preludia el libro entero, desde la mera intuición del mapa sin hollar, la colección se divide en tres partes. La primera se centra, casi exclusivamente en Helsinki, que termina por convertirse en la capital de un territorio en el que lo jamás antes conocido se erige en guía y fundamento del periplo. En todo encontramos un primer tacto. Las gaviotas son heraldos del viento congelado, los barcos forman hitos de acero en los muelles, la nieve cubre y despliega su trama de senderos. En el cementerio de Hietaniemi y en la fortaleza de Suomenlinna resuenan ecos sordos de cuerpos antiguos, mientras la sauna, de nuevo en un ritual de primer encuentro, sublima y depara el fulgor ascendente del cuerpo amado: en la sauna hay piel a flor de vida, carne y secreto, promisión del deslumbramiento, leguaje íntimo en preludio de eternidad.

Llega a continuación uno de los poemas más hermosos del libro: en “Catedral ortodoxa Uspenski” (p. 19)  las imágenes de la perfección y la fugacidad alcanzan tonos delicadísimos, en una conjunción única de nieve septentrional, orientalismo y meridionalidad. La mirada está en las flores, en las malvas que crecen desde el lodo; nieva y comienza el anochecer. Los crisantemos, en la misma perspectiva que la poeta, pero desde un drama incluso más íntimo, son testigos de la ruina inminente, de la frágil belleza del paraje.

Los tres últimos poemas de Helsinki profundizan en la capacidad reformuladora de la mirada: los lienzos toman forma de tempestad, el fuego de la pupila arrasa la lejanía que la piel establece con el mundo. Y por fin, del silencio a la imagen, se recorre la distancia de un universo entero, a través del lenguaje ajeno; leemos en “Oficina de turismo de Helsinki”: Un idioma es encuentro, / asombro, plenitud. / Buscas en otra lengua / remontarte a un misterio, la promesa / de prolongar tus límites. / Un artista trabaja en sus retratos / para pintar el alma de la gente, / tú aprendes un idioma / para sentir el alma de una tierra.

Antes hablaba de la memoria, y ahora hablo del amor, que es una de sus variantes: el último poema de la primera parte se dedica a Turku, a su catedral luterana. Junto a la puerta, un río que empuja enormes bloques de hielo pone en duda toda piedra, toda permanencia que se ubique más allá de la observación. La imagen vuelve a ser potentísima: la pareja, en pleno viaje, escucha el Réquiem en Re menor, KV 626, de Mozart (su obra final e inacabada) mientras el río lo arrastra todo. La memoria se basa en esta contradicción de empuje y estatismo. La memoria, bien lo declara la poeta, se convierte en un objeto literalmente respirable. Los besos catalogan, archivan el recuerdo.

La segunda parte (pp. 27-44), escrita en una magnífica prosa poética, consta de exploraciones y guerras: de nuevo, si se me permite la analogía, de amores y memorias. Por un lado, Adolf Erik Nordenskiöld atraviesa el umbral de lo posible para adentrarse en el territorio prohibido: así el amor, así el conocimiento, así la memoria, así la vida. La travesía será un incendio voraz de cada astilla de su propio barco, una combustión sin límites del propio cuerpo. Por otro lado, los cinco textos siguientes, titulados como la colección entera, oponen vida a guerra, pero mucho más, al mismo tiempo: son declaraciones de denuncia, tristes epitafios (en la mejor línea de Lee Masters) en los que la poesía duele incisiva, más allá del mero atestado, por su punzante hermosura de verdad. Los héroes, bellos y maduros de carne viva, nada pueden contra el ingenio inagotable de las balas: Birger Wasenius, que protagoniza el texto IV (pp. 40-41), es movimiento hecho muerte en un solo parpadeo, gracias a un texto en el que la paz del deporte se desliza, en una transición inadvertida, hasta la naturaleza brutal de la batalla; los atacantes se desquician por un frío sin límites (véanse, por ejemplo, II y III), mientras los francotiradores y los estrategas se preparan para la guerra que ha de defender su infancia (en V y, sobre todo, en I, texto que protagoniza Simo Häyhä, “La muerte blanca”, potente reverso finés del Vasili Záitsev de Stalingrado): contienen la respiración, el vaho se les congela en la laringe, mucho antes de acudir a los labios; no alcanzan palabras que puedan superar la quietud fantasmagórica del miedo. El resultado es el poema VI (p. 44): el deshielo trae los cadáveres, casi secretos hasta entonces; los cadáveres, fríos como fría muerte de un destino trunco. Juventud desperdiciada, por obra del hombre, en sumideros naturales de serena gelidez.

La tercera parte del poemario trae, desde los dos primeros textos, situados en Kemi, un empuje mayor, si cabía, de hipnotismo desolado (cualidad notabilísima de la obra que recorre, en paralelo al amor, el libro entero): la poeta tiene consciencia de lo desconocido, de lo ajeno inexplorado, que ya es, por obra de su mirada, la propia intimidad de la memoria. De esta manera, en “Golfo de Botnia” (p. 49): Hablo y mi voz se adentra / en el inmenso espacio de la nada.

La siguiente página no solo nos depara un poema discursivo y algo más largo, sino que trae también la duda más acuciante de todo el libro: el sujeto lírico del poema baja a la calle congelada desde la cómoda habitación del Hotel Palomestari y, al ritmo de una melodía country que se deshilacha por la nieve, comprueba que la propia desaparición (allí más que en ningún otro espacio, en ese desolado quicio del mundo) en realidad no significa nada, si se prescinde del cuerpo amado.

Laponia, con sus carreteras infinitas y sus árboles impertérritos se abre entonces: el Círculo Polar está habitado, casi superpoblado, por las amantes. Nada falta en la simbiosis. El amor es la delicadeza de las chimeneas, la danza en las alfombras, el límite ignorado del tiempo de la vida. Los días son el Norte: solo hay un sentido para el viaje. Los lagos, los bosques, las gentes, los perros: todo es índice de un camino que se completa en la propia certeza de estar vivo y ser parte del otro. Los últimos textos, con formato de miniatura, devuelven la experiencia a su lugar sagrado de cristal y hielo, a la memoria candente de una sinfonía, a la fuerza, inconclusa.

Me viene a la mente el (casi recóndito, apenas leído) Persiles cervantino: los viajeros viajan (están condenados a hacerlo, es su esencia) más allá del Norte conocido; dan vueltas sin brújula, aman y pelean, se pierden y se encuentran, y no dejan de preguntarse por la verdad y sus múltiples facetas, siempre escurridizas, como nieve entre los dedos. Es precisamente en esa extrañeza, como sucede en La Guerra de Invierno de Ariadna G. García, donde su vida, al fin, adquiere algún sentido.

 Ariadna. Foto. Revista digital

Ariadna G. García: http://ariadnaggarcia.blogspot.com.es/

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