“Las campanadas de la torre” (1º entrega)

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BorrelloPor ALBERTO DI FRANCISCO. A fin de obligarme a no perder el hilo de los Post´s,  me ha parecido buena idea hacer una entrega, por partes, de un relato. Espero el lector sepa tener la paciencia y la buena voluntad de volver a esta columna, y que mi pluma no desfallezca en el intento de hacer un texto atrayente.

*A la memoria de mi bisabuela Giacomina D´Orfeo, venida a la Argentina desde Borrello (Italia), a la edad de 15 años, y a muchos inmigrantes que dejaron su patria y sus familias, en pos de un sueño y una esperanza.

“Las campanadas de la torre”

Lo recuerdo bien: aquella despejada mañana de Domingo, Doña Negrita había dejado el geriátrico con motivo de pasar el día en casa de su hijo, que era quien se ocupaba de buscarla cada fin de semana por medio. Era un día, como todo Domingo, dedicado a la família, y contar con Doña Negrita también en la gran mesa de madera, le sumaba una cuota de ternura.

 Las personas mayores a veces me despiertan profundas sensaciones; sobre todo cuando veo sus ojos, en la forma en que miran, o ese inexpresable brillo que a veces se les asoma. Porque, atrás de todo ese cuerpo cansado, hay una historia que seguramente sería delicia de muchos nautas del alma humana que van buscando historias de vida. Y pienso que toda vida, a su manera, sería una magnífica novela.  ¿Qué hay detrás de esos ojos vidriosos que nos miran? ¿qué luchas esconden, qué secretas renuncias, qué profundas pasiones se agitan tras ellos? Eso, creo, es cuanto más me subyuga de los mayores, que acorde se aproxima el cuerpo al final de sus funciones biológicas, pareciera (frase hecha) que el alma les asomara y hablara por las ventanas de  los ojos.

Con Doña Negrita, si la memoria no me falla, no más de una vez, y en esa misma casa, nos habíamos encontrado anteriormente; toda vez, coincidí con ella porque su nieto no era otro que mi mejor amigo.  Esa tarde que lo visité,  en el momento en que ya era pasada la “sobremesa”, volví a verla. Yo sabía que el avance del Alzheimer había robado tierras a la playa de la memoria, y no sería yo, sino nada, un fantasma, una figura más entre las figuras del desfile diario.  Así, al acercarme al sillón donde se encontraba descansando, apenas si reparó en mi beso en su mejilla y en las tímidas palabras que me salieron. Apenas una insinuación de sonrisa fue su acuse de recibo.

Si algo me gustaba de la casa de mi amigo, era el íntimo patio, donde solíamos disfrutar de nuestras charlas en un banco de plaza color marfil que tenía contra una pared, al costado del asador;, y coronados por el árbol de Parra, que dejaba pasar los tibios haces de luz en esas tardes primaverales. Como buenos argentinos, el cigarrillo y el mate  eran el marco obvio e inmejorable para la charla de cualquier cosa, nimia o de importancia, asi que no pasó mucho hasta que de mi amigo vino la esperada pregunta retórica:  “-¿Che, tomamos unos amargos, no?”

A poco que estábamos  hablando y riéndonos muy distendidos en ese banco de plaza, seguramente sobre las tantas zozobras de amores de la noche anterior, sentimos unos pasos cansinos que se acercaban, un ruidito como de pantufla que se arrastra. Allí venía Doña Negrita, con una sonrisa a punto de enarbolarse, apoyándose en su bastón con punta de goma, a nuestro encuentro. No hizo falta que nos dijera que iba asentarse a compartir unos mates con nosotros, al amparo de la Parra, asi que enseguida le hicimos lugar en el banco y mi amigo se trajo una silla.

Tomó el mate como quien tiene un tesoro entre las manos, y lo sorbió despacio y firme; una vez lo terminó (el mate canta al morir, por eso le dicen el Cisne de Las Pampas) lo devolvió a mi amigo, y fijó su mirada en mí por unos instantes, como si me escudriñara amigablemente. Finalmente, quiso como inclinarse hacia mí, como si fuese a confiarme algo, y me habló así:

-“¿Así que Usted es Di Francisco…? Yo la conozco a su abuela…digo, a su bisabuela, claro… a la Yacumina* (*forma coloquial del nombre Giacomina)…”

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Continúa en próxima entrega!

 

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