José María Izquierdo y la necesidad del periodista hoy

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Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

 

-para-que-servimos-los-periodistas-hoy-jose-maria-izquierdoCuando la información se convierte en desinformación y los medios -periódicos, radios, televisiones- dejan de ser un contrapoder, resulta complicado responder positivamente a la pregunta, Para qué sirvimos los periodistas (hoy): “el impulso de contestar a la pregunta”, afirma nada más empezar su libro José María Izquierdo, “con un simple pero inconveniente para nada es grande”. Sin embargo, uno no debe dejarse llevar por los impulsos, al fin de cuentas, sucumbir a ellos es una forma de aceptar pasivamente la irreversibilidad de una situación y, a la vez, la inutilidad de toda crítica constructiva. Izquierdo no se abandona a esta primera respuesta, desde el inicio sabe de lo inconveniente de negar la utilidad del periodista, una utilidad que no debe medirse -no nos dejemos confundir por el recurrente y, aparentemente, incuestionable utilitarismo- en función de los beneficios de dominio o simplemente económicos -aunque éstos son, en parte, indispensables-, sino en función de la salvaguarda del sistema democrático, actualmente en estado crítico, y de la reafirmación diaria de la libertad, pues, como decía Walter Lippman, “no puede haber libertad en una comunidad que carece de la información necesaria para detectar la mentira”. Lejos de toda melancólica añoranza por tiempos pasados y de toda pesimista resignación al tiempo presente, José María Izquierdo disecciona la ya comúnmente denominada crisis del periodismo; a lo largo de las páginas de Para qué sirvimos los periodista (hoy) (Ed. Catarata), Izquierdo no sólo demuestra que esta crisis, aunque vive hoy en día su máximo apogeo, tiene sus raíces profundamente arraigadas -haciéndose eco de los datos ofrecidos por The Pew Research, Izquierdo observa cómo desde el 1980 hasta ahora los informativos nocturnos de las grandes cadenas como ABC, NBC CBS han perdido el 54 por ciento de audiencia-, sino también que la crisis del periodismo no tiene una única causa. Si bien la recesión económica ha supuesto un duro golpe a la industria periodística, anclada en un modelo que cada vez más requiere de una reformulación, reducir todo a cuestiones económicas resultaría erróneo y, sobre todo, no obligaría a un análisis crítico y auto-crítico sobre lo que es y debe ser un periodista y sobre la función que éste debe jugar dentro del marco social.

En su intento -indudablemente marcado por la más profunda de las convicciones- de negar aquel “para nada” inicial, Izquierdo analiza en cada uno de los capítulos los síntomas que no podrán obviarse para devolver, sin duda con un modelo diferente y en un marco socio-económico distinto- la salud al periodismo y el reconocimiento profesional al periodista: la implosión de lo digital a las redes sociales, de la desprofesionalización de la información a la desinformación profesionalizada, de la crisis del papel a la falsamente prosperidad de los medios digitales, de los antiguos modelos y antiguos medios a las nuevas propuestas, como Mediapro, que abren el camino hacia un futuro prometedor. Al inicio de cada uno de los capítulos, el autor cede la palabra a compañeros de profesión que, con breves pero contundentes definiciones acerca de lo que es la profesión del periodista, trazan el camino que, a continuación, sigue con atenta mirada el propio Izquierdo. “Los periodistas”, afirma Ignacio Escolar, director del diario.es, “somos útiles para la sociedad cuando aportamos información y no propaganda”, es decir, “somos necesarios cuando somos honestos e independientes, que no siempre es lo mismo que ser neutrales”; de acuerdo con Escolar, Izquierdo hace hincapié en la honestidad y en la ética del periodista, en la impostura de la plena objetividad, pues, como decía José Bergamín, no somos objetos, sino sujetos. Es precisamente el hecho de ser sujetos, el hecho de no poder abstraerse de cuánto acontece a nuestro alrededor y, por tanto, de no poder y no deber ser indiferentes -la neutralidad es, al fin y al cabo, la máscara tras la cual se esconde la indiferencia-, lo que hace indispensable la accesibilidad a la información y, consecuentemente, el papel del periodista como garante de dicha accesibilidad: “para muchas sectores dominantes de la sociedad actual, tal y como ha pasado a lo largo de la historia”, recuerda José María Izquierdo, “es preferible que el pueblo sepa lo menos posible sobre determinados temas, que no tenga los datos suficientes para entender lo que está pasando a su alrededor”. El periodista será aquel que garantice el conocimiento y la información del pueblo, aquel que combata la desinformación a la que determinados sectores dominantes quieren condenar a los integrantes de la sociedad. Por ello, no basta con la divulgación masiva de información a través de la red,  no basta con las redes sociales, es necesario el periodista como aquel profesional que, con unos conocimientos determinados, sabe jerarquizar la información, sabe interpretarla y, por último, pero no menos importante, sabe comunicarla. Como decía en una ocasión Rosa María Calaf, se debe exigir un profesional del periodismo con la misma firmeza que se exige un profesional de la medicina.

 

Jose_Maria_Izquierdo

 

El periodismo no es un juego, ni tampoco un hobby al que cualquiera pueda dedicarse. Las redes sociales, internet y, en general, los soportes digitales son elementos esenciales para el trabajo periodístico, sin embargo su uso no convierte al usuario en periodista. De esto no sólo debe ser consciente el profesional del periodismo, sino también el lector, el oyente o el telespectador: la información no debe entenderse como un objeto pasivo y acríticamente consumible; no todo vale, no todo es perfectamente intercambiable. El lector o el espectador no deberá nunca dejar de ser crítico frente a la información que perciba, deberá aprender a discernir de aquello que las noticias que rápidamente se divulgan a la información coherente, contrastada y, por tanto fiable. Sin embargo, añade José María Izquierdo, “todos los medios, incluidos los más grandes o más mundialmente aceptados  (.) han de ser vistos con el más afilado espíritu crítico”, pues no debe olvidarse que “por inepcia o bellaquería de los profesionales” la desinformación también se oculta tras los medios tradicionales y, en especial, tras algunos de los más populares tertulianos -evidentemente no todos, las generalizaciones no sólo nos siempre erróneas, sino injustas- que, en palabras de Izquierdo, “vomitan datos y datos falsos, mezclando las cifras con deliberada mala voluntad en muchos casos”.

 El “para nada” nunca fue la respuesta válida frente a la pregunta entorno a la función del periodista; el periodista es uno de los principales pilares sobre los cuales erigir una democracia basada en la libertad de expresión y de participación, una democracia en la que los distintos poderes no son ajenos al control y a la crítica por parte de una sociedad que no vive en la ignorancia y la desinformación que ellos desearían. “Los periodistas”, como afirma Joaquín Estefanía, ayudan a los ciudadanos a “ser libres y capaces de gobernarse a sí mismos” y, precisamente por esto, nos implica a todos, profesionales o no, el hecho de mantener y construir un periodismo sano, cuyo objetivo principal sea informar, buscar la verdad que los distintos poderes -empresariales, políticos, económicos, religiosos- buscan ocultar en pro de un aterrador y, solamente para ellos, beneficioso secretismo. “La verdad”, afirmaba Lenin, “es siempre revolucionaria” y precisamente por ello debe ser una prioridad de todos fomentar y colaborar por unos medios de comunicación que busquen y, posteriormente, informes y divulguen la verdad. “No es sencilla” señala Izquierdo al final de su libro, “esta ineludible labor de informar, informar, informar” y precisamente por ello el periodista, el buen y profesional periodista, no es una pieza más dentro de este puzle fragmentado. El periodismo es pieza fundamental que organiza, vigila y mantiene unidos y en equilibrio todas las otras piezas; es obligación de todos encontrarla y situarla en el lugar que nunca debió perder.

 

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